Ser soltera a los 40

Fotógrafa Eve Arnold por Robert Penn en el set de la película Becket (1964)
Fotógrafa Eve Arnold por Robert Penn en el set de la película Becket (1964)

Por Hortensia Toledano *

Hace unos días fui a la boda de mi amiga Sofía, en la recepción una de mis amigas casadas, la más preocupada por mi situación, me presentó muy animada a su primo de 35 años, nada mal a primera vista, después del protocolo de la presentación me invitó a bailar; mientras los músicos entonaban animosos una cumbia, el candidato elegido hacía gala de sus mejores pasos.

Ya para la segunda canción, animado me tomó de la cintura y me acercó a él para preguntarme si estaba casada, dije no, después preguntó ¿divorciada?, dije no. Entonces, ya para la tercera melodía se atrevió a decirme: ¿Cómo una mujer tan guapa puede seguir soltera? Sonreí, encogiendo los hombros como señal de decir: no sé. No habían pasado ni tres minutos cuando me preguntó con una seguridad que hasta ahora me sorprende: Entonces, ¿te gustan las mujeres?

No pude evitar sentir molestia, obvio, la oculté con otra sonrisa mucho más fingida que la anterior y le dije: No. Después de un par de canciones más argumenté cansancio y me fui a la mesa a tomarme un caballito de tequila para pasar el bochorno que me había producido su pregunta-afirmación.

La afirmación de mi posible candidato a romance se sumó a otras más que me han llegado en cadena. La ignorancia hacia el conocimiento del otro nos lleva a suposiciones que se alejan de la realidad. El hecho de que pudieran gustarme las mujeres no es motivo de soltería, muchas mujeres de mi edad viven con su pareja del mismo sexo e incluso han formado familias como lo hacen las mujeres heterosexuales, con maternidad incluida.

No es la primera vez que me sucede este tipo de situaciones; hace algunos años, cuando tomaba un curso de mercadotecnia con una colega y amiga, saliendo de clases íbamos en mi auto y vimos a uno de nuestros compañeros caminando, como era noche y la escuela estaba en un lugar donde no pasaba seguido el transporte público me detuve para preguntarle hacia donde se dirigía, coincidencia: íbamos al mismo rumbo, decidí subirlo al auto.

Como estábamos apenas conociéndonos en la clase, nos preguntó directamente si vivíamos juntas, mi amiga que es más suspicaz, inmediatamente contestó que no, que ella vivía con sus hijas y yo sola, sólo que vivimos cerca. No contento preguntó cómo era nuestra relación, insinuando si estábamos juntas, hicimos como que no lo escuchamos y cambiamos de tema hablando de la clase de esa tarde.

En otra ocasión, ese mismo compañero se acercó a mi amiga para preguntarle si le daríamos un aventón de nuevo, ella le dijo que me preguntara porque yo era la del carro, él le respondió: Mejor dile tú, así cerquita del oído que me lleve, a ti te hará caso. Él seguía creyendo que por nuestra cercanía éramos más que amigas, cosa que no nos importó desmentirle.

He sabido por otras personas que mis vecinos, como ven que vivo sola y que la mayoría de mis visitas son mujeres, aseguran que tengo muchas novias que me frecuentan; no me incomodan sus comentarios en lo absoluto, simplemente me divierten.

Tengo 40 años, casi 41 y sigo soltera. Asunto que no me produce complicación alguna y tampoco puedo afirmar, como muchas mujeres en mi situación, que ha sido por elección, en verdad ha sido por una serie de circunstancias que me han llevado a permanecer soltera hasta esta edad. No ha sido por egoísmo, no ha sido por comodidad, no ha sido por vanidad ni mucho menos por miedo al compromiso, simplemente es circunstancial.

El ser una mujer de 40 años soltera, con o sin hijos, no nos convierte en una especie rara, la mayoría de mis amigas siguen solteras y no hay una explicación el por qué estamos así que nos generalice, algo que nos ponga en un solo costal, aunque sí hemos escuchado una y otra vez afirmaciones como:

“si estás soltera es porque eres muy exigente con tus pretendientes, si estás soltera es porque sientes que nadie está a tu altura, si estás soltera es porque la vida te tiene reservado alguien muy especial que llegará muy pronto, si estás soltera es por mandato divino, si estás soltera es porque eres una mujer egoísta y ególatra, si estás soltera es porque te da miedo el compromiso, si estás soltera es por tu carácter».

Peor aún si te atreves a mostrar enfado en público, responsabilizan a tu soltería el rato de enojo: como no tiene marido es una amargada. Y si tienes mascotas que cuidas y amas, te convierte en el estereotipo perfecto porque consideran que tus mascotas son los que llenan el vacío de tus afectos ausentes, más si eres una soltera sin hijos.

Ser soltera es solo ser y ya, no estamos intentando demostrar nada, ni siquiera somos exigentes, tampoco nos pasamos la vida buscando al perfecto príncipe azul o somos escépticas del amor, simplemente asumimos y disfrutamos nuestra soledad, que muchas veces se ve hostigada por la idea tradicionalista de la familia o los amigos, de que es imposible ser feliz estando sola.

Si bien es cierto, muchas de nosotras hemos tenido parejas que por una u otra razón se han ido de nuestra vida, pero hemos pasado inolvidables momentos de felicidad plena acompañadas, y también decepciones amorosas; sin embargo, después del duelo de un gran amor, seguimos adelante con entereza, reconquistando nuestra calma y disfrutando nuestra soledad.

No es la primera vez, ni creo que sea la última, en que alguien preocupado por mi situación quiera presentarme algún amigo soltero o divorciado, o quiera motivarme a buscar pareja en las redes sociales o que entre al sitio de moda de “adoptar un chico” para que pueda por fin conseguir mi alma gemela, aunque, por cierto, yo ya no puedo hacerlo porque es para mujeres de 18 a 35 años.

¿Eres una mujer soltera? ¿Te ha pasado algo similar? Escríbeme y comparte alguna anécdota, sólo por el placer de compartir.

 

*Hortensia I. Toledano Cañas. Originaria de Oaxaca, es licenciada en Administración de empresas y especialista en Mercadotecnia Internacional. Lectora y escritora por afición.

“Me gustaría morir sólo por diez minutos”*

A Édgar, Laura, Ana Lilia, Marco Antonio, Guillermo, María Luisa y Servando

Hay muertes que te sorprenden porque le ocurre a gente conocida en determinado ámbito y por inesperadas, otras muertes duelen porque quien se va es alguien muy cercano y no importa la circunstancia, simplemente duele. Pero suceden otras en las que te afecta porque quien muere ha formado parte de tu vida aunque no la conozcas o la conoces de lejos o por otras personas o por su obra.

Ese es el caso de René Avilés Fabila, quien murió ayer domingo y a quien conocí porque era maestro en la universidad en la que estudié, aunque yo no tomé clases con él. Sin embargo, a través de un afecto muy cercano, conocí su obra literaria y también algo de su pensamiento político. Se puede estar o no de acuerdo con este último, pero no se puede negar su valor como escritor.

La novela “Tantadel” fue el primer acercamiento y la sufrí y disfrute página tras página. Quizá fue el hecho de que los protagonistas fueran jóvenes capitalinos, como yo en ese tiempo, lo que me atrapó, o simplemente la forma de narrar de Avilés Fabila, que me hizo entrar en la historia, recorrer las calles de la ciudad y sufrir con el narrador el miedo a los fantasmas de los amantes que tuvo o podría tener Tantadel.

Y después apareció Odette, la mujer protagonista de la novela “La canción de Odette”, con sus propios miedos: la vejez y la soledad. Por eso insiste en rodearse de gente joven y culta, a quienes les abre las puertas de su mansión cada noche, en las que no sólo se habla de arte, se consume alcohol y drogas, con lo que ella trata de evadir su realidad.

El tratamiento narrativo en ambos casos, me arrastró a ese mundo trágico, de desencuentros amorosos, de fracturas interiores, de miedos, pero en medio de ello conocí dos mujeres extraordinarias.

Y bueno, no voy a hacer crítica literaria o reseñas de todas sus obras, simplemente, escribo esto para recordar a un gran escritor y así, de alguna manera, abrazar a sus dolientes, a ese afecto que me hizo conocerlo y a otros tantos lectores que lamentan su repentina partida, esa que en un segundo, como dice el escritor Manuel Vicent, desvió el curso de una vida hacia un destino inesperado.

Gracias René Avilés Fabila, donde quiera que te encuentres, por tu irreverencia y humor al escribir y describir con un lenguaje coloquial, este mundo sórdido y a veces inhabitable, pero también amoroso.

Foto: Édgar Hernández Ramírez
Foto: Édgar Hernández Ramírez

Posdata: Tenemos que conocer el Museo del Escritor, que fundó en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

*Esta frase aparece en una declaración que hace sobre la presentación de su libro “Réquiem por un suicida”, citada en http://www.proceso.com.mx/458073/fallece-escritor-rene-aviles-fabila

Ernesto Guevara «El Che», a 49 años de su muerte

Imagen El Che / Foto: Gabriela Barrios
Imagen El Che / Foto: Gabriela Barrios

…hacia las 1:10 de la tarde del lunes 9 de octubre de 1967 muere Ernesto Che Guevara…

Trasladado en helicoptero, los agentes de la CIA le realizan la autopsia, se viene el problema de qué hacer con el cuerpo, por un lado unos mencionan la convenciencia de incinerarlo, por otro deciden que es demasiado pronto que necesitan asegurar que él es el Che, así que deciden quitarle la cabeza y las manos, sin embargo uno de ellos menciona que solo las manos para evitar que pasen por carniceros, le intentan hacer una máscara mortuoria el proceso es torpe, la enfermera dirá que le destrozan el rostro, con las manos en formol pretenden autentificar las huellas digitales.

Lo entierran en una fosa común con otros tres de sus acompañantes al momento de la captura, el destino es secreto, no quieren que se convierta en una zona de peregrinaje.

—–El mundo se entera—–

Mario Benedetti escribe:

Así estamos
consternados
rabiosos
aunque la muerte sea
uno de los absurdos previsibles

Este historiador (Paco Ignacio Taibo II) entrevista al eterno secretario y amigo del Che que no fue seleccionado para la misión en Bolivia. Converso con él en la oscuridad, el barrio ha sufrido un apagón. A veces su voz se detiene, se adivinan las emociones.

– Ustedes los guevaristas, los hombres que vivieron junto al Che, dan la impresión de estar marcados, de tener una huella, con la Z en la frente como la marca de El Zorro – le digo.

– Nosotros?, nosotros eramos unos pobres diablos que quién sabe a dónde nos iría a llevar la vida…. y estábamos esperando encontrarnos con una persona como Él que nos convirtió en Hombres.

Se hace un largo silencio. Escucho un sollozo. Uno no sabe qué más preguntar.

Esa sensación de abandono de el Che produjo una profunda crisis en sus conocidos, es increíble que a más de 36 años después de su muerte, existe un centenar de hombres y mujeres hoy que hubieran deseado combatir y morir con el Che en Bolivia.

Su imagen cruza generaciones, su mito pasa correteando en medio de los delirios de grandeza del neoliberalismo. Irreverente, burlón, terco, moralmente terco, inolvidable.

 

Fragmento del libro «Ernesto Guevara, también conocido como el Che», escrito por Paco Ignacio Taibo II.

Moneda cubana / Foto: Gabriela Barrios

Trece

Trece maneras de decir Martha Argerich

Martha Arguerich / Foto: Adriano Heitman / Fuente: www.cndm.mcu.es
Martha Argerich / Foto: Adriano Heitman / Fuente: www.cndm.mcu.es

En Japón idolatran a los virtuosos del piano, pero si un músico cancela un concierto a último momento, las consecuencias son despiadadas. Al famoso Benedetti Michelangeli, una vez que se negó a tocar le confiscaron su piano personal y lo declararon persona non grata de por vida. Martha Argerich suspendió una vez un concierto en Tokio, el último de su primera gira por Japón, que venía siendo apoteótica: hasta el emperador iba a estar presente, pero Martha se peleó mal con su pareja de entonces, el director de orquesta Dutoit, y se tomó un avión a Alaska sin avisar a nadie.

A cualquier otro no se lo hubieran perdonado pero a ella sí, porque al año siguiente volvió, pagando el pasaje de su bolsillo, y dio catorce conciertos gratis. Eligió al mismo organizador que la había llevado a juicio y le hizo ganar catorce veces la indemnización que pedía, pero llevó de asistente en la gira a un angoleño peludo como un mono (uno de los tantos jóvenes virtuosos que Martha apaña cuando acuden a ella en crisis), y lo sentó a su lado en cada concierto para que diera vuelta las páginas de la partitura.

El angoleño vestía una túnica sin mangas, y en Japón la exhibición de pilosidad masculina es considerada casi tan obscena como la cancelación de un concierto, pero nadie dijo nada porque Martha Argerich es algo más que humano para los japoneses: cuando se sienta al piano, tocan un hombre y una mujer a la vez, toda la fuerza de lo masculino y toda la gracia de lo femenino envuelven a la audiencia en simultáneo, y a eso hay que sumarle la adrenalina de la incertidumbre hasta último momento.

Martha Argerich ha tocado con lumbago, con una muela infectada, con la ceja recién cosida, en silla de ruedas, en minifalda (una vez que le perdieron la valija en el aeropuerto), con briznas de pasto en el pelo (una vez que se le hizo la hora de tocar cuando caminaba descalza por un bosque), pero son más famosos los conciertos que suspendió. Lo que la sofoca desde que tenía ocho años es la vida del virtuoso en el mundo de la música clásica: “No quiero ser una máquina de tocar el piano. Un solista vive solo, toca solo, come solo, duerme solo. Y eso es muy poco para mí”. Daniel Barenboim, que la adora, dijo: “Martha es un cuadro sin marco. Hizo lo imposible por destruir su carrera pero no lo logró”.

El primer concierto que canceló fue a los diecisiete, “para saber qué se sentía”. A los veinte, con una fulgurante carrera por delante, estuvo tres años sin acercarse a un piano, mirando televisión en un departamentito en Nueva York, cuando se le acabara la plata trabajaría de secretaria: para algo iban a servir esos dedos demoníacamente rápidos. A pocas cuadras vivía su admirado Horowitz. La idea era encararlo y decirle lo que tantos jóvenes virtuosos en crisis han ido a decirle a un colega admirado: “Sálveme. Ayúdeme a volver a tocar”. Pero nunca se animó a hablarle: Horowitz llevaba diez años sin tocar en público, se sometía a periódicas sesiones de electroshock y sólo aceptaba hacer discos si iban a grabarlo a su casa. Argerich, como bien sabemos, volvió a tocar. Después de su consagración en el Concurso Chopin en Varsovia de 1965, aceptó que la arrastraran a Abbey Road a grabar un disco porque en Londres estaban todos sus amigos.

La depositaron frente al piano, pidió una cafetera llena, se quedó mirando vacilante el teclado y después tocó tres veces de corrido el repertorio que había elegido: dejó la cafetera vacía y se fue sin escuchar las tomas siquiera. Se instaló en una especie de pensión musical llamada el London Club, un alegre nido de virtuosos (Barenboim, Jacqueline Du Pré, Nelson Freire, Fou-Tsong, Kovacevich), con un solo teléfono a la entrada que atendía el que pasara, y goteras, y pianos y sofás apolillados y ceniceros que rebasaban, y total libertad y camaradería: estaban los que iban ahí para tocar y los que iban para no tocar. Para casi todos era un interludio dichoso nomás, antes de seguir con su vida; ella entendió que quería vivir así siempre. Alquiló un viejo orfanato del siglo XIX en Ginebra (cuya puerta no tenía llave), lo pobló de pianos y gatos y sofás y recibió a cada joven virtuoso en crisis que acudía a ella para rescatarse.

Los adoptaba hasta que se recuperaban, jugaban al dígalo con mímica y al baile del rabbi Jacob, cocinaban para las hijas de Martha y las cuidaban cuando ella salía de gira, porque en el medio Argerich tuvo tres hijas con tres hombres distintos pero la vida en comunidad le daba el aire que le quitaba la vida en matrimonio.

En un hermoso documental que filmó su hija menor está la historia íntima de madre y cría. En una escena están todas, ya adultas, sentadas en el pasto pintándose las uñas de los pies; las hijas deciden pintar cada dedo de su madre de un color diferente. Annie, la del medio, la chispeante (hija del ya mencionado Dutoit), dice que su recuerdo más nítido de la infancia es estar echada abajo del piano, mirando hasta dormirse los pies descalzos de su madre. “Esto es mamá, más que el pelo, el cigarrillo y el mohín: ¿dónde han visto pies tan enormes y tan femeninos a la vez?” Stephanie, la menor, la torturadita (directora del documental e hija del mencionado Kovacevich), cuenta la primera vez que acompañó a su madre a tocar: el calvario que fue la previa (“Todo es muy solemne, muy dramático, no me gusta, me siento rara, tengo fiebre, no quiero tocar”), la angustia con que escuchó todo el concierto desde bambalinas, con las manos agarrotadas, hasta que vio a su madre avanzar hacia ella: “Yo estaba exhausta y ella diez años más joven”. Lyda, la mayor, la más sufrida y la única que ya es madre (además de cellista profesional), les recuerda cuando operaron a Argerich de un feo melanoma en 1999: después de tres horas y media en quirófano lo radiante que salió, en contraste con el agotamiento de los cirujanos (se había negado a que usaran escalpelo electrónico para abrirle la caja torácica: “Un pianista necesita todos los músculos de su cuerpo para tocar”).

Hasta el día de hoy Martha Argerich necesita hablar en el escenario con la persona que tiene más cerca mientras toca y le desagrada que le besen la mano o que le quieran tocar el pelo. Ya no vive en Ginebra sino en Bruselas, pero la nueva casa sigue llena de gente, gatos y pianos. Como Chejov, que construyó una casa para su familia y sus amigos y una cabaña alejada para irse a escribir, ella tiene una covachita en París donde sólo entran un piano, una cama, un televisor y una foto de Liszt pegada con cinta scotch en la pared. Su próximo proyecto es una pensión para artistas retirados, como la que fundó Verdi en Milán para los cantantes que se quedaban sin voz.

De todas sus formidables confesiones ocasionales (“Cuando los pianos no me quieren, no los toco”; “Creo que nunca me sentí exactamente mujer; sólo alcanzo a ver la nena de cinco años y el muchachito de catorce que hay en mí”; “Chopin es celoso, excluyente, te hace tocar mal cualquier otra cosa que toques”; “¿Cómo estuve hoy: como un caballo salvaje o como un caballo de calesita?”), mi preferida, porque la pinta de cuerpo entero, es: “Soy un poco infantil. Si lo fuera del todo no lo diría”.
(Juan Fort)

Fuente: Academia Internacional «Martha Argerich»

https://www.youtube.com/watch?v=MkrwU5Pd93c

La utilidad de la belleza

Lo útil de lo inútil 2

 

¿Qué es la belleza? ¿Para qué sirve? ¿Cómo la apreciamos? ¿Forma parte de nuestra vida? Estas cuestiones tan aparentemente simples, encuentran respuesta al leer el  manifiesto “La utilidad de lo inútil”, de Nuccio Ordine, a quien Benito Garrido entrevista para conocer algunos puntos claves del libro (www.culturamas.es).

En la charla, Nuccio Ordine advierte que en una sociedad contaminada por la lógica utilitarista, es más fácil poner en claro la importancia de un objeto que la importancia de un cuadro o un poema, aunque estos últimos estén ligados al espíritu. Cómo explicar para qué sirve un verso si no tiene una aplicación práctica como una cuchara o unos zapatos.

En la misma entrevista, el filósofo Ordine expresa que el deseo interior de disfrutar de la belleza es lo que nos convierte en otras personas y que, a veces, tenemos más necesidad de esas cosas llamadas inútiles que de las útiles.

También dice que Kant explica que la adhesión hacia lo bello es algo gratuito y desinteresado. Sin embargo, hace énfasis que en el proceso de deshumanización que estamos viviendo y que se fundamenta en la lógica del beneficio, ésta ha invadido aspectos de nuestra vida donde no tendría que haber llegado, como nuestros afectos.

Ya en su manifiesto, Nuccio Ordine escribe: “Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea —la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos— no despierta ningún interés. La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño”.

Al leerlo recapacité en lo certero y pertinente de su pensamiento, en las prisas cotidianas por llegar de un trabajo a otro porque el sueldo no alcanza para cubrir las necesidades básicas, el agotamiento, el estrés, las prisas, siempre las prisas; entonces recordé otro texto leído recientemente por invitación de una amiga, en el que el comunicólogo y gestor cultural Daniel Morales escribe sobre cumplir retos y cambiar la vida.

En él, Morales reflexiona sobre la tiranía de la vida moderna que no nos permite tener tiempo libre para muchas cosas y sugiere que el método de hacer algo diariamente por 30 días, nos impulsa no sólo analizar nuestro comportamiento sino descubrir que no es tan difícil cambiar, es cuestión de decidirse y experimentar.

Entre los retos que propone está el de tomar fotos. Y señala que al principio puede parecer fácil pero conforme pasan los días tendremos que sacar nuestra creatividad.

Hace días, casi a principios de mes, una amiga y ex compañera de universidad, nos invitó a varios amigos a descubrir que cada día tiene por lo menos un detalle sorprendente que las más de las veces no percibimos porque los problemas nos abruman; aceptamos el reto y desde ese día empezamos a tomar una foto si no diaria, sí con regularidad y compartirla en el grupo que hemos formado. No usamos cámaras sofisticadas ni lentes especiales o profesionales, sólo camarita del celular y nuestro ojo, nuestra sensibilidad, nuestra peculiar y personal forma de ver el mundo e interpretarlo. El objeto de nuestra foto es algo que nos guste pero también puede ser algo que nos sorprenda, que rompa con la cotidianidad.

Hoy, al leer la entrevista con Nuccio Ordine, coincido en que debemos buscar la forma de luchar para que no nos supere el homo economicus en que nos estamos convirtiendo, y que una forma simple es mirar a nuestro alrededor y capturar la belleza que nos rodea, alimentar nuestro espíritu y compartir esas nuevas sensaciones con esas cosas que algunos consideran inútiles, y que sin embargo, son el alimento de nuestra esencia como humanidad.

“Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.”  La utilidad de lo inútil.  Nuccio Ordine.  Editorial Acantilado, 2013.

 

Túneles, toronjas y detalles en puertas que nos cuestionan...
Túneles, toronjas y detalles en puertas que nos cuestionan…

 

Paisajes, pingûinos y hasta la muerte...
Paisajes, pingûinos y hasta la muerte…

 

Esculturas, texturas y colores sorprenden al mirar...
Esculturas, texturas y colores sorprenden al mirar…

 

Calles, formas geométricas y hasta un hombre bomba en bicicleta...
Calles, formas geométricas y hasta un hombre bomba en bicicleta…

 

Líneas, luces, movimiento y quietud...
Líneas, luces, movimiento y quietud…

 

Árboles con o sin hojas, carretas del pasado y casas que miran somnolientas...
Árboles con o sin hojas, carretas del pasado y casas que miran somnolientas…

 

Lectura amorosa

Foto: Joey Harrison
Foto: Joey Harrison

Por Nelly Eblin / nellyeblin@gmail.com

A mis amadas amigas, todas amantes lectoras.

“Aquel que camina una legua sin amor
camina amortajado en su propio funeral”.
W. Withman

La primera cita

La aparición del lenguaje es aún muy discutida si se relaciona a la evolución del cerebro humano. Sin embargo, todo nos lleva a pensar que ambos se gestaron y evolucionaron paralelamente y que gracias a este hecho nuestro universo diversifica y expande sus múltiples posibilidades de interacción para la raza humana.

Fue primero la llegada de lo simbólico, seguido por la aparición del habla y finalmente la escritura. De esta última, hace 3 mil años, entre sumerios y fenicios, parecen ser los vestigios más antiguos y con ellos las primeras puertas a mundos mágicos, a viajes indestructibles por la conciencia humana, a través de la lectura. Ha de suponerse que en donde existió un primer escritor, hubo, también, un primer lector y un primer guiño de deseos de conquista.

Felipe Garrido, señala en su libro Cómo leer mejor en voz alta que “nadie encontrará interesante lo que no entiende”. En este mundo de lecturas diversas la frase cabe con soltura y para no correr riesgos se expone más a detalle, renglones abajo, en qué consiste y para qué nos sirve una lectura amorosa.

Foto: Andy Prokh
Foto: Andy Prokh

Quién quiere enamorarse

Todos no es la respuesta correcta. A muchos nos da miedo el solo pensarlo. Amar es exponerse a ser humano. Amar la lectura es exponerse a eso y a algo mucho peor: exponerse a descubrir nuestra medies. Sin embargo, es una experiencia única y bien vale la pena correr el riesgo. Siempre es preferible, como dice Gabriel Zaid “Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes”.

Amar no tiene ninguna finalidad específica. Se ama para sentirse bien, para colmar nuestros cuerpos de sensaciones eléctricas y nuestras mentes de dulces sueños. Claro que el amor presenta situaciones ventajosas como la felicidad, la cual podría calificarse como un estado de tranquilidad relativa. Además, al contrario de lo que podría pensarse, aumenta nuestra energía, optimismo, buen dormir, etcétera, etcétera. Así, en resumen, hacer ejercicio de esta facultad es lo más aconsejable y bueno a desear. La lectura, como el amor, tampoco debería cumplir una función específica. Es decir, las ventajas al incorporarla a nuestra cotidianidad como el incremento de nuestro acervo cultural, el desarrollo de nuestra capacidad de análisis, la apertura y pluralidad a nuestros juicios, etcétera, etcétera. Sólo deberían ser consecuencias y así la invitación a la lectura no existiría porque no tendría sentido como tampoco lo tiene un letrero en el que se lea: Anímese a amar hoy y conozca las ventajas que esto le traerá a su vida. Este ideal, al que llamaré lectura amorosa, equivale a lo que algunos señalan como “leer por leer”. Es decir, lee por puro gusto, por la sensación placentera, por sentirse reconfortado, cobijado por una manta de 2000 milenios, tejida allá en los primeros días del hombre y de su recién estrenado cerebro.

Foto: August Sander
Foto: August Sander

Cuándo inicia la conquista

Hay quien dice que el gusto por la lectura es un esquema de reproducción. Si eso fuera cierto, con seguridad el idilio amoroso inicia, en el más de los casos, entre sábanas, acostados, a punto de dormir, mientras un familiar amoroso nos arrulla con lectura de un clásico. Pero, otros más sugieren que el flechazo se da en nuestros días de adolescencia, cuando, por azares del destino, llega a las manos alguna historia que sonría a nuestras aspiraciones de héroes, heroínas, príncipes o princesas, villanos o villanas, ermitaños o ermitañas, etcétera. Además, como situación amorosa, la lectura puede ser bienvenida después de los años mozos, señalada como una puerta a la plenitud y descanso.

Aunque no podemos indicar con exactitud cuándo se inicia el romance, sí podemos afirmar que el ideal es semejante a la exigencia amorosa que debiera brindársele a cualquier infante. Enseñar a un niño a amar, brindándole amor a lo largo de su vida, no es garantía de un adulto feliz, pero sí la posibilidad de elecciones más certeras. De igual manera, formarnos como lectores debe tener inicio en la niñez, de forma que al crecer bajo este esquema, nuestras oportunidades de hacer mejores elecciones sean también amplias y confiables y no peligrar en una realidad como la que señala Ricardo Garibay: “Pueblo que no sabe leer no sabe ver ni oír ni hablar, menos aún sabe pensar…”

Por supuesto, en ambas situaciones -amor y lectura- se corren múltiples riesgos, pero ambas, también, proporcionan mucho placer.

Foto: Enrique Meneses
Foto: Enrique Meneses

Cómo estimular a cupido

Coma camarones, use ropa sexy, use lubricante y mil y un trucos más en los asuntos del placer se aconseja para obtener un buen resultado. Pero, al igual que en la lectura, la clave está en disfrutarlo.

Desgraciadamente, no existe una receta mágica o un método con garantía asegurada para la formación de lectores –como no lo hay de buenos amantes-, pues como Garrido señala “La lectura voluntaria, la lectura por gusto, por placer, no se enseña como una lección, sino que se transmite, se contagia como todas las aficiones”.

Aun cuando esa receta no exista, se puede aconsejar como necesario para iniciar el deleite tener en claro para qué, por qué, cómo y qué nos cuenta el autor del texto. Es decir, es necesario comprender el sentimiento de lo comunicado, sentirse familiarizado con lo escrito. Felipe Garrido, citado de nueva cuenta –y quizá este escrito sea un pretexto para exponer las reflexiones que me provocó leerlo-, nos dice que “Nadie encontrará interesante lo que no entiende”.

Y, además, siendo este un ejercicio intelectual, es requisito, también, mantenernos en forma, la lectura tiene que ser cotidiana si buscamos reditúe. Un buen atleta, entrenado, goza de buena salud, fuerza muscular, energía y optimismo. Un buen lector posee -goza de- sentido crítico, criterio amplio, fácil aprendizaje y habilidad comunicativa. Estos son los ideales y los métodos para acceder a ellos pueden ser diversos. Contamos para esto con los estímulos sociales, familiares e individuales, los cuales debemos buscar evoquen situaciones placenteras.

Foto: Ruth Orkin
Foto: Ruth Orkin

Asesinos del placer

Mi maestro de literatura, cuando aún era una escolar, dijo un día “el que tiene la palabra tiene el poder”. Usualmente hay múltiples invitaciones a participar de ese poder que nos brinda la palabra y casi siempre aluden -dichas participaciones- a textos leídos. La parte difícil de todo esto es buscar la estrategia adecuada para que cuando eres maestra, por ejemplo, el grupo se vea motivado a leer y a expresar su opinión sobre lo leído sin que se sienta atrapado en un cuadro de coacción, obligación y displicencia.

Cuando las cosas no marchan tan bien y la lectura se volvió forzada y los comentarios aislados me pregunto en dónde se murieron las ganas. No es fácil revivir a los muertos, pero a veces sólo basta detenerse a observar cómo la lectura se mete en nuestra cotidianidad con habilidad, en silencio y hacer participar de este hecho a un grupo. Al igual que las matemáticas, en la que unos la entienden mejor a través de la astrología, la música o las cuentas del mercado, la lectura también nos permite diversos abordajes. Una visión más reflexiva y plural de este hecho propiciará, quizás, situaciones colectivas placenteras. Quién no detestó las espinacas, por mucho tiempo, después de haber ingerido, a cucharadas forzadas, platos enteros. Y, cuántas de esas personas volvieron a comerlas al descubrir sus múltiples propiedades. Por supuesto, las primeras cucharadas debieron no ser muy agradables pero pasado el tiempo han de haber cobrado una nueva y mejorada sensación. Ojalá la problemática de la lectura se resolviese como la de las espinacas. Y ojalá, también, recuerde desde mi quehacer diario en el aula lo que Juan José Arreola expresó con mucho acierto: “Nadie amará lo que quiere convertir en objeto de amor para los demás, si él no lo ama”.

Foto: Cartier Bresson
Foto: Cartier Bresson

El segundo aire

A veces los reencuentros con el amor se dan en plena juventud y, así, a los 18 o 19 años ya contamos con varios desencantos y cansancio amoroso, pero siempre hay una oportunidad certera para acometer con más fuerza en estos terrenos. Para otros, ese reencuentro amoroso, es llamado “el segundo aire” debido a que llega con los manchones de canas sobre la cabeza. No importa a qué edad. Lo que sí es importante es que llega y pinta nuestra vida de rosa.

Relectura se llama aquí. Y, también, es sentirse nuevamente enamorado. Ricardo Garibay dice al respecto que “…releer es andar caminos caminados que hoy nos llevan a donde nos llevaron la primera vez; y es fascinante”. Estoy de acuerdo y son estas líneas invitación abierta para todos y todas las lectoras a una primera vez o a la segunda, tercera o cualquier número de vueltas que el corazón necesite.

Amor en la Literatura

Foto: Paul Almásy
Foto: Paul Almásy

Cuando un día pasa, deja de existir. ¿Qué queda de él? nada más que una historia.
Si las historias no fueran contadas o los libros no fueran escritos,
el hombre viviría como los animales: sin pasado ni futuro, en un presente ciego.
Federico Campbell

Hay una interminable lista de autores y científicos que se han dado a la tarea de estudiar el amor a lo largo de la historia de la humanidad, incluso existen citas que autores reconocidos respecto al tema e historias de amor que se han convertido en leyenda a través del tiempo.

Uno de los más importantes maestros de la prosa francesa, Blas Pascal, dijo  “El corazón tiene razones que la razón ignora” con la cual este pensador se adelantó cuatro siglos a la comprensión del corazón como órgano neurosensible, dotado de un sistema nervioso independiente y bien desarrollado con más de 40 mil neuronas, lo que al parecer le permite tomar decisiones y pasar a la acción “sin consultar” al cerebro.

En Desmesuradas, no buscamos hacer un tratado sobre el amor, sólo deseamos compartir con nuestras lectoras y lectores, tomando como pretexto este mes en que se hace un homenaje a este sentimiento, algunas ideas que hemos encontrado en una de nuestras pasiones, la Literatura. He aquí un pequeño compendio de palabras de amor y pasión dichas por algunos autores a través de sus personajes:

 

Óscar Wilde, en “De profundis”

El amor griego, el amor platónico, es la forma de afecto más elevada que se conoce.

Nunca había visto tanto amor en un par de ojos.

Todo hombre mata todo aquello que ama. Que todos escuchen esto. Algunos lo hacen con una mirada amarga. Algunos con una palabra aduladora. El cobarde lo hace con un beso. El valiente con una espada. Algunos matan su amor cuando son jóvenes. Algunos cuando son viejos. Algunos lo estrangulan con manos de deseo. Algunos con manos de otro. Los más bondadosos usan un cuchillo. Porque la muerte tan pronto se vuelve fría.

Bosie me quiere más que a nadie. Tanto como puede querer. Y permitir que lo quieran.

La vida nos engaña con sombras. Le pedimos placer y nos lo brinda junto con amargura y decepción. Y nos vemos contemplando con corazones endurecidos los dorados cabellos que una vez deseamos con tanta intensidad y besamos con tanta locura.

En este mundo hay sólo dos tragedias una es no obtener lo que se quiere, la otra es obtenerlo.

Mi vida parece habérseme ido. Estoy atrapado en una terrible red. Pero mientras piense que él piensa en mí, mi dulce rosa, mi delicada flor, mi azucena, es en prisión donde probaré el poder del amor. Veré si puedo dulcificar las amargas aguas por la intensidad del amor que te profeso.

El mundo está a mis pies y no puedo controlarme a mí mismo. No puedo controlar mis sentimientos por ti.

La esencia misma del romance es la incertidumbre.

Elena Poniatowska, en “Las siete cabritas”

Las mujeres caminan, sudan, aman, son colchón de tripas, dan a luz, se acostumbran a la muerte. Cada una tiene su muerto dentro. (Mujeres en la Revolución Mexicana)

La gente que se quiere mucho, cuando se pelea se odia tanto que da miedo. Se separaron y nunca volvieron a darse los buenos días.

Las mexicanas solemos girar en torno al amor como burras de noria, insistimos en un rey Salomón que nos bese con los besos de su boca, nos diga que nuestros pechos son gemelos de gacela, nuestro vientre un montón de trigo cercado de lirios y que bajo nuestra lengua hay un panal de leche y miel. Se nos va la vida en ese gran engaño que es la esperanza. Nos empeñamos en los lirios hasta el momento de subir al cielo, tomarlo por asalto y quedar más desmanejadas que la nebulosa de Andrómeda. La bóveda celeste está cubierta de mujeres-estrellas que giran locas como las siete hermanas en la ronda del amor hasta que un buen día el rey Salomón se compadece y las apaga.

Elena Poniatowska, en “Querido Diego, te abraza Quiela”

Te amo Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho. En la calle, así me ha sucedido, me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared.

Hoy como nunca te extraño y te deseo Diego.

Entonces yo rezaba, llena de amor sin objeto no tenía a quien querer ¿Tiene objeto mi amor, ahora Diego?
Faltándome tú, me siento frágil hasta en mi trabajo.

Te abrazo y te digo de nuevo que te amo, te amaré siempre, pase lo que pase.

Diego no es un niño grandote, Diego sólo es un hombre que no escribe porque no me quiere y me ha olvidado por completo.

Me baño con agua fría para espantar las aves de mal agüero que rondan dentro de mí, salgo a caminar a la calle, siento frío, trato de mantenerme activa, en realidad, deliro. Y me refugio en el pasado, rememoro nuestros primeros encuentros en que te aguardaba enferma de tensión y de júbilo.

Yo estaba como drogada, ocupabas todos mis pensamientos, tenía un miedo espantoso de defraudarte.

Durante tantos años que estuvimos juntos, mi carácter, mis hábitos, en resumen, todo mi ser sufrió una modificación completa.

Foto: Robert Doisneau
Foto: Robert Doisneau

Gabriel García Márquez, en “Del amor y otros demonios»

Y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar en ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serlo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella.

Trató de disuadirlo. Le dijo que el amor era un sentimiento contra natura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.

…la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida.

Mario Benedetti, en “Gracias, vientre leal”

No tenemos que dejar que nos aplaste la costumbre. Siempre hay que crear, siempre hay que inventar.

Algunas noches vos me haces una caricia nueva, una caricia inédita, y fíjate qué curioso, esa caricia nueva también sirve para revitalizar las viejas caricias, como si las contagiara de su novedad.

No hay riesgos mayores y riesgos menores. Hay riesgos. Punto. Y a ésos no pienso sacarles el cuerpo.

Mi cabeza puede atenerse a principios y hasta asumir compromisos. Pero para mi vientre vos sos mi único compromiso. Lo que pasa es que es un vientre leal.

Mario Benedetti, en “Pacto de sangre”

Estuvimos tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer… jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la convivencia.

 Jane Austen, en “Persuación”

Nosotras no nos olvidamos tan pronto de ustedes, como ustedes se olvidan de nosotras.

Nuestro amor es más grande; cuando la existencia o la esperanza han desaparecido.

Seguramente si nuestro amor es recíproco, nuestros corazones se entenderán. No somos un par de chiquillos para guardar una irritada reserva, ser mal dirigidos por la inadvertencia de algún momento o juzgar como un fantasma con nuestra propia felicidad.
(Personaje Anne)

Para mí usted será siempre la misma.

Nunca dudé que usted había sido amada y buscada por otros, pero seguramente sabía que había rehusado por lo menos a un hombre con más méritos para aspirar a usted que yo y no podía menos que preguntarme: ¿será por mí?
(Personaje Capitán Frederick)

Foto: Robert Doisneau
Foto: Robert Doisneau

Rosa Montero, en “Bella y oscura”

Te echo tanto de menos… Por eso te escribo, aun sabiendo que nunca vas a poder leer estas líneas; las palabras crean mundos, y son capaces de crearme ahora, mientras te estoy escribiendo, la ilusión consoladora de tu presencia.

No era el sexo, desde luego que no. O no sólo eso. Era saber que él era mi otra parte y que no había nada más que yo precisara, ni agua, ni techo, ni tan siquiera respirar. Y en esas tardes, cuando le deseaba con tanta necesidad y tanto entendimiento, no existía la fealdad, ni la vejez, ni el miedo.

Desgraciada la persona que nunca ha sentido, siquiera un instante, que ella y su pareja eran los dos únicos humanos que jamás habían habitado este planeta. Y desgraciados los que sí se han sentido así alguna vez. Porque lo han vivido y lo han perdido.

Es parte de mi vida. La conozco bien y ella sabe de mí. A veces une más el conocimiento que el cariño.

Todos quisieron mi cuerpo y lo han tenido; algunos, más bestiales y crueles, también tuvieron mi dolor o mi miedo. Pero sólo un hombre obtuvo mi voluntad y mi tiempo. Aquel hombre me hizo su esclava, porque le amé y le amo. Y la pasión es una enfermedad del alma que te hace perder la libertad irremisiblemente. No hay pasión sin esclavitud; y si quieres a alguien sin ese sentido de derrota, sin esa dependencia ansiosa del ser amado, entonces es que no le amas de verdad. El amor es la droga más fuerte y más perversa de la naturaleza; es un mal luminoso, que te engaña con sus chispas de colores mientras te devora. Pero una vez que has conocido la vida febril de la pasión, no puedes resignarte a regresar al mundo gris de la vida sensata.

Mary Renault, en “El muchacho persa”

Dudo que en la vida se hubiera acostado alguna vez con alguien por quien no experimentara afecto. Toda la vida había necesitado el amor como la palmera necesita agua.

¡Qué perverso es el corazón! Darío no me había ofrecido amor ni me lo había pedido… se me abrasa el alma porque había habido otro antes que yo. Era necesario que le tuviera todo para mí.

George Bataille, en “Mi madre”

¿Qué es el amor?
La necesidad de salir de sí mismo. El hombre es un ser animal adorador. Adorar es sacrificarse y prostituirse. Todo amor es también prostitución.

El ser más prostituto es el ser por excelencia, Dios, puesto que es el amigo supremo de cada individuo, puesto que es el depósito común, inagotable del amor.

Lo que el amor tiene de aburrido es ser un crimen, para el cual se necesita un cómplice.

LXVI
…Gusto inconmovible de la prostitución en el corazón del hombre, de donde nace su horror a la soledad.
Quiere ser dos.
El hombre de genio quiere ser uno, por lo tanto solitario.
La gloria es seguir siendo uno y prostituirse de una manera original.
Es a este horror de la soledad, a la necesidad de olvidar su yo en la carne externa, a lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar.

Mientras estoy escribiéndote, entro en el delirio. Todo mi ser en sí mismo se crispa y, dentro de mí, grita mi sufrimiento.

Pero habíamos extraviado el sentido de las palabras. Cuando nos miramos, nos trastornamos totalmente al advertir hasta qué extremo teníamos ahogada nuestra mirada, como si regresáramos del más allá. En el deseo en carne viva ya no tenía más fuerzas para sonreír.

…la felicidad que yo experimento es tan lamentable como un veneno…

El placer comienza cuando el gusano está en el fruto. Sólo es detectable nuestra felicidad cuando se carga de veneno. Lo demás es niñería.

…Hansi no me ama de la misma manera y quisiera curarme. Por lo cual, me calmaba y me conducía a la noche silenciosa, de sensualidad sin desorden, aunque desmedida.

Foto: Manuel Outomuro
Foto: Manuel Outomuro

Autores varios:

Ver sufrir a un hombre tan recio y tan valiente no es un espectáculo agradable. Aquel león sangraba al recibir en la herida el veneno corrosivo de la infamia que quería manchar a Tina Modotti una vez más, ya muerta. El comandante Carlos rugía con los ojos enrojecidos; Tina era de cera en su pequeño ataúd de exiliada; yo callaba impotente ante toda la congoja humana reunida en aquella habitación.

Pablo Neruda / Confieso que he vivido

 

Ponme como sello sobre tu corazón, como sello tu brazo; porque el amor es tan fuerte como la muerte, la insistencia en la devoción exclusiva es tan inexorable como el Seol. Sus llamaradas son llamaradas de un fuego, las llamas mismas no pueden extinguir el amor, ni pueden los mismos ríos arrollarlos…

El Cantar de los Cantares

 

Me dieron ganas de quitarme el frío frotándome contra ti, hundiendo mi cara entre tus senos, que llevaban horas pronunciándome invitaciones.

Antonio Malpica / La nena y el mar

 

Esas mujeres, y otras, son inolvidables; algunas más sólo se quedaron en la entrepierna, nunca subieron al corazón, a la memoria: son polvo, son sombra, nada…

Héctor Cortés Mandujano / Beber del espejo

 

Fui amorosa, prudente como, según mi madre, debían ser las mujeres que desean retener a un hombre. Ella confiaba en esa fórmula, aunque mi padre jamás volvió a su lado.

Cristina Pacheco / cuento Las Olas en Mar de Historias

 

…en todos los momentos en que se veían, en todas las horas que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron…

Horacio Quiroga / Una estación de amor

 

Un hombre versado en esas artes, hablando elegantemente y adiestrado en las reglas de la galantería, se gana rápido y cabalmente el corazón de las mujeres aún después de un corto tiempo de relaciones.

Vatsyayana / El Kama Sutra

 

Hay sentimientos que no debemos expresar. Nos incitan a actuar de manera que no debemos.

Marqués de Sade.

 

El corazón muere lentamente. Desprendiéndose de esperanzas como si fueran hojas. Hasta que un día no queda ninguna. No hay esperanzas. No queda nada. Pinta su rostro. Sus ojos son agua profunda. Una geisha no puede desear. Una geisha es una artista del mundo flotante. Baila. Canta. Te entretiene. Lo que tú quieras. Lo demás son sombras. Lo demás es secreto.

Arthur Golden / Memorias de una Geisha.

 

Mirando el paisaje, trataba de calmarme y de engañar mi angustia llenándola como si te pudieras curar una pulmonía con dos aspirinas o una infección intestinal con un sorbo de melox.

Silvia Molina / El amor que me juraste

 

El amor consuela como los rayos del sol después de la lluvia

José Mancisidor / Frontera junto al mar

Foto: Robert Doisneau
Foto: Robert Doisneau

 

Eros y los arrechos

Foto: Ira Chernova
Foto: Ira Chernova

 

Por Leticia Bárcenas González

Arrecho, según consta en Nuestro modo. Un acercamiento al habla de Tuxtla Gutiérrez, de Enrique A. García Cuéllar, “Es una persona de fuerte erotismo, proclive a lograr los favores del objeto de su arrechura”, o sea, de su lujuria, cachondez, voluptuosidad o como quieras llamarle.

¿Y quién no es arrecho, por lo menos en alguna etapa de su vida? ¿Quién no ha vivido una pasión de amor?, pero de amor sensual, ese que tiene que ver con el cuerpo: el olor, las manos, la boca, la piel, el sudor, los ojos, el cabello, la voz, un lunar, un movimiento.

Y si como dicen los diccionarios, lo erótico es lo perteneciente o relativo al amor sensual, es lógico que en algún momento -o muchos- nos quedemos extasiados frente a un elemento que nos provoque, nos sorprenda, nos haga vibrar sutilmente, porque lo erótico no es evidente, nos sorprenda, nos haga vibrar sutilmente, porque lo erótico no es evidente, es un enigma que nos invita a descifrarlo, por eso nos provoca deseo.

Lo amoroso atraviesa lo erótico, pero no lo abarca… lo erótico va más allá, es pasional y transgresivo, porque en nuestra sociedad está prohibido disfrutar el cuerpo, propio o ajeno. La sexualidad es secreta. Y es precisamente esa tensión entre la prohibición y la transgresión la esencia del erotismo, que aunque sea un invento cultural nos hace más placentero el sexo.

En cuanto a lo pasional, ya lo ha señalado P. Aulagnier en Los destinos del placer, el objeto del deseo se convierte “para el yo de otro en la fuente exclusiva de todo placer, y ha sido desplazado por él en el registro de las necesidades (…) El placer se ha tornado una necesidad”. Entonces, lo que nos da placer pasa a primer plano y cuando esa necesidad es compartida por el otro, una simple caricia, el roce de una pluma sobre el papel, una melodía, la textura de un cuadro o la sintaxis con la que ha sido escrita una carta de amor pueden producir el mismo efecto: siempre los cuerpos estarán implicados.

Pero, ojo, no es el objeto del deseo en su totalidad lo que nos lleva al placer sino la disolución de los otros objetos, la sensación de “perderse del todo” en la fusión del yo con el otro, la “disolución relativa del ser” diría George Bataille.

Y en ese espacio, lleno de significantes lingüísticos y no lingüísticos, de procesos de resignificación, el cuerpo entero es el instrumento erótico por excelencia, es lo que despierta nuestras “bajas” pasiones (¿será por el lugar en el que más se avivan?). Es la iconografía de nuestra libido que busca la desnudez del otro pero también la propia, para así desentrañar en el encuentro de los cuerpos lo más “verdadero” del propio ser, la razón de ser de su deseo.

El erotismo es entonces el refugio desde donde la sexualidad se resiste a ser incluida en los discursos que intentan aprehenderla, normalizarla, negativizarla mediante la prohibición. Lo perverso, obsceno, depravado o indecente es otro asunto, ello va a depender de cada cultura, de la moral que se haya acordado en un determinado espacio y tiempo, de las normas que se hayan creado para la parte de la sexualidad que repercute en la sociedad… en lo íntimo las cosas son diferentes, es un asunto personal, allá cada quien con su arrechura.

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El cuerpo en el arte

El erotismo y la sexualidad siempre despiertan un interés muy especial en las personas, tal vez por ello mucho se ha escrito, dibujado, filmado y fotografiado sobre la sensualidad, el cuerpo y las pasiones. Pero no siempre ha sido así.

En el antiguo Egipto el cuerpo era un modelo de quietud, de estática eternidad, en cambio para los griegos, no sólo el cuerpo sino la belleza misma responden a una búsqueda de perfección que se encuentra en el orden y las medidas, de ahí la naturalidad de sus esculturas, la perfección de sus modelos.

Después con la llegada del cristianismo llega la oscuridad para el cuerpo, que se vuelve pecado; el desnudo no tiene cabida en esa visión. La imagen del cristo crucificado será la única referencia, lo más cercano al desnudo humano lo veremos en los querubines.

Cuando la sociedad se seculariza el panorama plástico se abrfe a nuevas manifestaciones del arte, se inicia una “nueva libertad” para el artista y el cuerpo sale de su letargo, renace como tema y no vuelve a dormir.

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Pozol, tradición chiapaneca

Doña Candelaria, pozolera/Foto: Gabriela Barrios
Doña Candelaria, pozolera  /  Foto: Gabriela Barrios

Escrito por María Esther Zúñiga López

El pozol es una bebida tradicional, refrescante y nutritiva, consumida en el estado de Chiapas; según las exigencias del paladar, se puede disfrutar blanco reventado, caliente o de cacao.

Los antiguos indígenas mayas y zoques lo llamaban Pocholt y lo consumían para saciar su sed; lo elaboraban con masa de maíz cocido, cacao y semillas de pocholt, de donde se cree que se tomó su nombre original, pero también se dice que este término le fue otorgado en memoria del príncipe Pocholt, gran divulgador de las propiedades del maíz entre la población indígena de Tenochtitlan. A la llegada de los españoles la palabra pocholt fue castellanizada y se le denominó pozol como se le conoce hasta nuestros días.

En la época prehispánica el pozol se batía en un jicalpestle con agua; tiempo después se le agregó cacao, adoptando diferentes nombres según la región, por ejemplo, los chiapanecas de Acala, Suchiapa, Chiapilla y Chiapa de Corzo llamaban al pozol blanco, Naa´nbima y al de cacao Naa´bima yasi.

Pozol de cacao y blanco/Foto: Gabriela Barrios
Pozol de cacao y blanco  /  Foto: Gabriela Barrios

En la actualidad el pozol se prepara de diferentes maneras, el pozol caliente es el que se pone a hervir y se muele en molino de mano, a diferencia del reventado que se cuece dos veces para después molerlo; ambos son batidos con agua e ingeridos con chile molido y sal, o bien con panela, “melchocha”, “cazueleja de elote” y hasta con tacos fritos o suaves, según los caprichos del paladar.

El pozol de cacao, favorito para la gran mayoría de los consumidores, es al mismo tiempo el que más presencia tiene en las fiestas religiosas de diferentes municipios de Chiapas; no es raro que en algún zomé o enrama el prioste o mayordomo ofrezca a los asistentes una rica taza de pozol de cacao que al igual que “los visitantes y turistas mueven galán la jícara en círculos y otros más discretos de un lado a otro para revolver el chingaste o muzú”, afirma Candelaria Hernández, pozolera de Chiapa de Corzo, mientras con gran habilidad hace bolitas de pozol para despachar la deliciosa masa blanca o café a las señoras que llegan al mercado por sus alimentos.

Candelaria Hernández, mujer chiapacorceña de tez blanca, canas y algunas arrugas que marcan el paso de los años, afirma que en un principio hizo el pozol para subsistir económicamente. En la actualidad lo prepara por costumbre y amor a las tradiciones de Chiapa de Corzo, municipio en donde más fama tiene esta bebida refrescante, porque el que prueba el pozol chiapacorceño seguro regresa o definitivamente se queda en estas tierras, según lo afirman las creencias de los habitantes de esta ciudad.

Doña Candelaria Hernández/Foto: Gabriela Barrios
Doña Candelaria Hernández  /  Foto: Gabriela Barrios

Asimismo, en el municipio de Suchiapa el pozol se consume en la fiesta de Calalá, pero su preparación difiere un poco a la chiapacorceña, ya que ahí se elabora con un chile llamado “borote” que le da a dicha bebida un matiz rojo y un sabor picante.

El pozol, además de ser una bebida refrescante contiene un alto valor nutritivo. En algunas regiones de Chiapas se acostumbra tomarlo agrio -se guarda la masa dos o tres días, después se bate- y sirve para curar infecciones estomacales o para disfrutarlo acompañado de sal con chile.

Curiosamente en el vecino estado de Tabasco también se prepara un líquido similar al pozol, pero ahí se le conoce como “Chorote”, que se prepara con poca cantidad de cacao; dato que llama la atención porque los tabasqueños son grandes productores de ese grano.

El pozol a pesar de ser una bebida tradicional, va a la vanguardia, ya que tanto en el mercado, puestos ambulantes y tiendas artesanales podemos encontrarlo, en masa o en su nueva presentación: en polvo. Ésta fue lanzada al mercado en junio de 1996 por la familia Sosa Mancilla que muy celosamente guarda el secreto de la fórmula.

Pozol en Chiapa de Corzo/Foto: Gabriela Barrios
Pozol en Chiapa de Corzo  /  Foto: Gabriela Barrios

El pozol en polvo no contiene ingredientes ni colorantes o saborizantes artificiales; en su manufactura se utilizan ingredientes naturales como el cacao, comenta el profesor Zelin Sosa. La ventaja de este producto es que puede permanecer hasta dos meses después de su elaboración sin descomponerse; ya que está totalmente deshidratado.

No sólo esta bebida refrescante se ha modificado a través del tiempo, también el recipiente con el que es consumido se ha transformado. En un inicio se utilizaba la jícara o bochi, recipiente natural que se da en un árbol llamado morro; después fue sustituido por tachuelas de lámina galvanizada; y éstas por tazas de peltre. Actualmente es consumido en tazas de plástico e incluso en bolsa y con un popote.

El pozol lleva en su sabor un ingrediente de arraigo, representando una de las tradiciones de gran valor no sólo para los chiapacorceños sino también para el estado en general, ya que cohesiona e identifica, considerándolo así como parte de nuestro patrimonio cultural.

Sirviendo el pozol/Foto: Gabriela Barrios
Sirviendo el pozol  /  Foto: Gabriela Barrios

Sólo hemos venido a soñar

Escrito por Leticia Bárcenas González

Altar 6 /Foto: Alcides Díaz S.
Altar 6 /Foto: Alcides Díaz S.

México es un país rico en mitos, tradiciones y rituales; lleno de magia, leyendas y creencias que nos muestran una visión de la vida flexible y rica, ya que tratamos de vivir justificando cada momento, explicando cada movimiento, la lluvia, el sol… la muerte.

En el México prehispánico la muerte no era el fin de la vida, sino el camino hacia otro mundo. Según esta visión, a cada fallecimiento le correspondía un determinado lugar:

Chichihuacuauhco
Lugar del árbol nodriza, al que llegaban los niños que morían en edad lactante. El árbol se encargaría de seguir alimentándolos mientras descendían de nuevo a la tierra.

Tlaloccan
Lugar del agua o de Tláloc. Aquí llegaban los tlaloques, personas que morían ahogadas o quemadas por un rayo. A estos seres se les relacionaba directamente con la regeneración de la vida.

llhuicatl Tonatiuh
Lugar del Sol, al que llegaban los guerreros que morían en combate. Ellos acompañarían a Tonatiuh (el Sol) en su recorrido nocturno y combatirían junto a él toda la noche para que pudiera salir victorioso al amanecer, momento en que lo escoltarían las mujeres que murieron al dar a luz.

Mictlan
Lugar de la quietud o el eterno descanso, donde se encuentran todos los que mueren en forma natural. Para llegar a él había que atravesar varios sitios llamados inframundos en los que se enfrentaban situaciones de peligro. Los antiguos mexicanos no tenían la concepción de cielo ni infierno.

Apanoayan: lugar donde está el río.

Tepemehmonamictia: inframundo en el que se encuentran dos cerros tan juntos que no permiten el paso de materia alguna; aquí se iniciaba la desintegración corpórea.

Itztepetl: aquí se encontraba un cerro «erizado» de pedernales.

Cehuecayan: lugar de la nieve.

Itzehecayan: inframundo sumamente frío, donde el viento corta como navaja.

Teocoylehualoyan: aquí se enfrentaban a un tigre que les podía comer el corazón.

Apanhuiayo: lugar de agua negra, habitado por una lagartija llamada xochitonal.

Chíconauhapan: inframundo en el que se debían cruzar nueve ríos.

Al igual que en la cultura egipcia, los aztecas sepultaban a los muertos con algunos objetos de cerámica como vasijas, máscaras y figuras que los representaban, además de su ropa y enseres de trabajo para que en la otra vida pudieran desempeñar el oficio que realizaban en la tierra.

Asimismo, acostumbraban adornar respetuosamente las tumbas de sus difuntos, y las celebraciones se llevaban a cabo en fechas diferentes a las de hoy.

Altar 8/Foto: Alcides Días S.
Altar 8/Foto: Alcides Días S.

A los niños se les recordaba en la novena veintena o micailhuitontli, época de flores también llamada tiaxochimaco (aproximadamente del 8 al 28 de agosto); a los adultos en la décima veintena o micailhuic, época en que caen los frutos, conocida como tlaxochimaco (aproximadamente del 7 al 26 de septiembre).

Tal vez de ahí, la tradición de los altares alegremente vestidos con la flor cempasúchil (cempo-veinte, xochitl-flor) y ricamente ataviados con frutos de la temporada, más aún, con los alimentos predilectos de sus difuntos.

En la época de la Colonia, junto con el cristianismo, se introdujo la idea dualista del bien y el mal representados con un cielo y un infierno, así, la muerte se simboliza con un esqueleto portando una guadaña y un reloj de arena.

No obstante, esta visión fue cambiando a tal grado, que a fines del siglo XIX el mexicano José Guadalupe Posada le dio un toque plenamente lleno de humorismo. Es en ese periodo que también se inicia la publicación de los versos llamados calaveras, cuya función era ridiculizar a los personajes públicos y a la burguesía; actualmente se regalan para resaltar no sólo defectos sino cualidades y actitudes de los amigos.

Aunque parezca que todo es irreverente, los mexicanos respetamos y tememos a la muerte, hecho que se manifiesta en el culto de día de muertos.

Con la llegada de los españoles en lugar de perderse la costumbre de adornar las tumbas, se enriqueció con nuevos elementos hasta convertirse poco a poco, en artísticos altares bellamente ataviados con flores, frutos, guisos mexicanos, velas y copal. Los primeros fueron elaborados por los mismos indígenas en los atrios de las iglesias.

Altar 1/Foto: Alcides Díaz S.
Altar 1/Foto: Alcides Díaz S.

Actualmente, en la mayoría de las comunidades mexicanas se acostumbra realizar altares en los que se coloca la ofrenda. Ésta consiste en velas, agua, flores, papel picado, guisos, sal, bebidas, fruta, pan y las clásicas calaveritas de azúcar, chocolate o amaranto, las cuales llevan el nombre de los difuntos y de los vivos que se las comerán. Sin embargo, al hablar de estos altares no debemos olvidar el sincretismo que en ellos se ve representado, pudiendo interpretar de la siguiente manera los elementos que los constituyen:

Frutas, pan y guisos: representan la tierra y lo mejor de sus jugos. Simbolizan además, la alianza de vivos y muertos, más específicamente el pan, cuya levadura representa a Cristo.

Flores: embellecen y alegran el altar tanto como los cantos, ya que el día de muertos es un reencuentro con los seres queridos ausentes y no un día de dolor. En algunos lugares acostumbran hacer caminos con los pétalos de la flor cempasúchil para guiar a las almas hasta el altar.

La sal: ayuda a mantener el cuerpo para el viaje de ida y vuelta. Es también un elemento de purificación.

Agua, atole y chocolate: simbolizan el agua, fuente de vida y en la visión cristiana reflejo de la purificación. El agua pura es también símbolo del bautismo, medio por el que se inicia el camino a la vida cristiana. En cuanto a los alimentos y bebidas se tiene la idea de que el espíritu de los difuntos regresa para saborear sus platillos predilectos, absorbiéndoles la esencia.

Velas y veladoras: representan el fuego, el calor y actualmente la luz y la fe en Cristo; se cree que con ellas se alumbrará el camino que recorre el espíritu de los muertos desde el más allá, por ello es importante que cada alma tenga su propia vela. Siempre debe haber cuatro formando una cruz para orientar a las ánimas, ya que así representan los cuatro puntos cardinales.

Copal e inciensos: simbolizan las oraciones y alabanzas a Dios, pero también sirven para ahuyentar a los malos espíritus.

La campana: representa al viento. En algunas comunidades indígenas todavía se simboliza a la usanza náhuatl, con flautas y caracoles. En otras es más fuerte la influencia cristiana y se emplean esferas, que representan el ciclo cumplido, sin principio ni fin, siendo así, el camino que se recorre para llegar a Dios, dador de vida, esperanza y amor, según la visión católica.

De esta manera quedan representados los cuatro elementos de la naturaleza, incorporándoles un significado cristiano. No obstante, también existen otros componentes de nuestra ofrenda a los muertos:

Calaveritas de dulce que nos «pelan los dientes» para recordarnos lo efímero de la vida y nuestra próxima imagen; papel picado, representación de nuestro trabajo y creatividad; cruces hechas con caña que son como las “canillas” de los muertos que regresan a convivir con los vivos; imágenes de santos, fotografías, incluso algún juguetito que perteneció al niño difunto o el cigarrito y la botellita del abuelo, el esposo o el hermano.

Actualmente a los niños difuntos se les festeja el primero de noviembre y a los adultos el día dos. En algunas comunidades se acostumbra ir al camposanto y permanecer con sus difuntos mientras duran los festejos llevando comida e incluso música. En otras, el día dos llevan las flores al panteón y la comida que se puso en el altar se reparte entre los amigos y familiares.

Los niños acostumbran pedir de casa en casa parte de esta ofrenda llamándole «calaverita» o “calabacita” por lo general, acompañados de una calabaza o caja con una vela dentro y alegres dichos, como los chiapanecos:

Altar 2/ Foto: Alcides Díaz S.
Altar 2/ Foto: Alcides Díaz S.

 

 

 

 

 

«Ángeles somos
del cielo bajamos
pidiendo limosna
para que comamos»

“¿Qué dejó el almita, tía?
– ¡Qué viva la tía¡ (al recibir la ofrenda)
– ¡Qué muera la tía! (al recibir negativa)»

 

 

 

 

Por su parte, los adultos también piden su “calaverita” u “ofrenda”. En Mixquic, Distrito Federal, aproximadamente a las siete de la noche del día dos recorren las calles en pequeños grupos, tocando una campanita; al llegar a una casa piden permiso para entrar a rezar a las ánimas benditas, si la respuesta es afirmativa, entran y rezan frente al altar, al terminar sus oraciones dicen: “A las ánimas benditas le prendemos sus velitas, ¡campanero, mi tamal!”; al recibir la ofrenda tocan nuevamente la campanita.

En muchos barrios de Tláhuac, DF, desde la víspera del día primero de noviembre, las calles están iluminadas con veladoras, ya que cada familia coloca por lo menos una en su puerta, con el fin de que las ánimas no se extravíen y lleguen a tiempo para disfrutar sus alimentos.

Así, podemos seguir describiendo cómo se “festeja” la visita de los difuntos en cada rincón de México, pero este espacio es insuficiente. Los invitamos a no dejar morir esta bella tradición, pero sobre todo, a explicarles a las nuevas generaciones que ello forma parte de nuestras raíces como mexicanos y como decían los antiguos mexicanos:

Altar 3/Foto: Alcides Díaz S.
Altar 3/Foto: Alcides Díaz S.

 

 

«…sólo hemos venido a levantarnos como de un sueño,
sólo hemos venido a soñar,
no es verdad que venimos a vivir sobre la tierra.
Cada primavera en nuestro ser refresca,
y reverdece en nuestro corazón como una flor en nuestra carne,
algunas florecen y después se marchitan…”
«…¿acaso en verdad se vive sobre la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un momento aquí;
aunque sea de jade se hace astilla,
también el oro se rompe…»