Yo

Foto: Lalla Essaydi

La noche se pregunta quién soy yo.
Yo soy su secreto profundo, inquieto
y negro, su secreto rebelde.
He escondido mi esencia en el silencio.
He envuelto el corazón en conjeturas.
Y me he quedado aquí, pálida, inerte,
viendo cómo los siglos se preguntan
quién soy.

El viento se pregunta quién soy yo.
Soy un soplo asombrado, renegada del tiempo,
y, lo mismo que él, no tengo sitio.
Seguimos caminando sin final,
pasando eternamente, y al llegar a la cumbre,
encontramos tan sólo el fin de la miseria;
entonces, el vacío.

El tiempo se pregunta quién soy yo.
Como él, una orgullosa que devora las eras,
y las dota de vida nueva.
Creo el lejano pasado
de una esperanza fácil, seductora,
para volver yo misma a sepultarlo.
Y así poder forjarme un ayer diferente,
y de helado mañana.

La esencia se pregunta quién soy yo.
Como ella, marcho fija en las tinieblas,
sin que nada la paz me proporcione.
Yo sigo preguntando, y la respuesta
sigue siendo también un espejismo.
Y aunque la creo cercana —como siempre—
al llegar a su lado, se ha disuelto.
Desaparece. Muere.

Yo / Nazik Al Malaika
(Bagdag, Irak, 23 de agosto de 1923 –  El Cairo, Egipto, 20 de junio de 2007)
Versión de Manuel Jiménez Lucena
Del poemario Astillas y Cenizas. Editorial: Alfalfa, Madrid 2010.

Alberto Domínguez, músico

Quiero que vivas sólo para mí
y que tú vayas por donde yo voy.
Para que mi alma sea nomás de ti
bésame con frenesí…

Hoy, dos de septiembre de 2020, Alberto Domínguez Borrás, compositor y pianista chiapaneco, cumple 45 años de fallecido; para recordarlo, Desmesuradas hace este pequeño homenaje a quien no sólo realizó música para películas como Perfidia y Casablanca, sino que consiguió colocar y mantener obras suyas en el hit parade de Estados Unidos, poniendo en alto el talento mexicano.

Alberto Domínguez Borrás, nació el 5 de mayo de 1906 en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas y falleció en la Ciudad de México el 2 de septiembre de 1975.

Hijo del pianista Abel Domínguez Ramírez y de Amalia Borraz, descendiente de Corazón de Jesús Borraz Moreno, creador de la marimba de doble teclado; Alberto Domínguez no puede negar su vena artística.

Estudió piano en la Escuela Libre de Música, en la Ciudad de México, y posteriormente ingresó al Conservatorio Nacional de Música de México, donde fue alumno de Julián Carrillo, Silvestre Revueltas y Joaquín Amparán, entre otros grandes de la música.

Junto a sus hermanos, Abel y Armando, formó el grupo La Lira de San Cristóbal, iniciando así su carrera musical. Autor de innumerables melodías, su canción “Frenesí”, escrita originalmente para marimba, fue adaptada al jazz y otros géneros musicales, convirtiéndose en un éxito internacional. Ha sido interpretada por artistas como Artie Shaw, Anita O’Day, Betty Carter, Bing Crosby, Cliff Richad, Eydie Gormé, Glenn Miller, Linda Ronstadt, Pérez Prado y Ray Charles.

Lo mismo ocurrió con su composición “Perfidia”, tema utilizado en diversas películas e interpretado por los más diversos cantantes, como Andrea Bocelli, Antonio Molina, Arielle Dombasle, Armando Manzanero, Bruno Lomas, Charlie Parker, Julie London, Laurel Aitken, La Portuaria, Los Panchos, Los Rabanes, Los Sabandeños, Luis Miguel, Nana Mouskouri, Nat King Cole, Pedro Vargas, Plácido Domingo, Sara Montiel, The Shadows y Xavier Cugat.

Otros temas de su autoría son «Mala noche», «Dos corazones», «Humanidad», «Hilos de plata», «Eternamente», «Di que no es verdad», “Pagar es corresponder”, “Mujer sin corazón”, “Inspiración”, “Un momento”, “Te voy a robar” y “Canción criolla”.

Siendo su música conocida en diferentes países, una de sus preocupaciones fue el derecho de autor, por lo que en 1945, fundó junto a sus hermanos Abel y Armando, así como Alfonso Esparza Oteo y otros reconocidos músicos, lo que actualmente se conoce como Sociedad de Autores y Compositores de México.

Fue nombrado Hijo Predilecto del Estado de Chiapas, en 1964 y en 2011, el H. Ayuntamiento de San Cristóbal de Las Casas, creó la medalla al mérito musical “Alberto Domínguez Borrás”.

Disco Alberto Domínguez / Fuente: Web

Frenesí 

Bésame tú a mí,
bésame igual que mi boca te besó.
Dame el frenesí
que mi locura te dio.

Quién si no fui yo
pudo enseñarte el camino del amor;
muerta mi altivez,
cuando mi orgullo rodó
a tu pies.

Quiero que vivas sólo para mí
y que tú vayas por donde yo voy.
Para que mi alma sea nomas de ti
bésame con frenesí.

Dame la luz que tiene tu mirar
y la ansiedad que entre tus labios vi,
esa locura de vivir y amar
que es más que amor, frenesí.

Hay en el beso que te di
alma, piedad, corazón;
dime que sabes tú sentir
lo mismo que siento yo.

Quiero que vivas solo para mí
y que tú vayas por donde yo voy.
Para que mi alma sea nomas de ti
bésame con frenesí.

Hay en el beso que te di
alma, piedad, corazón;
dime que sabes tú sentir
lo mismo que siento yo.

Quiero que vivas solo para mí
y que tú vayas por donde yo voy.
Para que mi alma sea nomas de ti
bésame con frenesí,
bésame con frenesí,
bésame con frenesí.

(Música: Alberto Domínguez Borrás
Letra: Alberto Domínguez y Rodolfo Sandoval)

Propiciatoria

Foto: Paolo Roversi

Lenta y plácida
sea la vida que corre por mis venas,
largos sueños y dulces despertares
me asistan,
escuchen mis oídos voces quedas,
mientras crece en secreto
la criatura.
¡Ay, que el llanto no empañe mi pupila!
Que por furtivo anhelo
no tiemblen mis pestañas,
ni perturbantes fantasmas me llamen,
mientras vive en mi seno
la criatura.
¿Cómo puedo estar triste
si la rama florece?
No empañe su mirada,
antes que se abra,
el velo de mis lágrimas.
El alma no me pertenece.
Mañana,
desprendida de mí
la criatura,
irá libre y ligero
mi imprudente paso,
y sin temores,
podré dejarme lastimar de nuevo.
Pero hoy, Señor,
aparta de mi lado
las cosas que me hieren:
tiende un camino de arena fina
bajo mi pie cansado,
defiende mi soledad tranquila
y pon sobre mi frente
una corona matinal
de pensamientos claros.

Propiciatoria / Alaíde Foppa (3 de diciembre de 1914, Barcelona, España – 19 de diciembre de 1980, Ciudad de Guatemala, Guatemala)

Siempre

Foto: William Eggleston

Siempre regresas.
Para ti no hay tiempo
ni tiene oscuros límites la tierra.
Siempre vuelves.
Y siempre estoy aquí, esperando tus manos,
llenándome de sueños como de lluvia un árbol.
No hay nada diferente. Todo es igual y puro
cuando vuelves.
No han pasado los días ni he sufrido. Estoy sola,
con el corazón limpio como una fuente nueva.
Tengo otra vez palabras y caminos
y contigo regresan la brisa y las estrellas.
Regresan las campanas y los pájaros,
me devuelves la música, el murmullo
de los ríos lejanos,
la claridad del monte,
la perfecta verdad de que te amo.

Maruja Vieira
(Seudónimo de María Vieira White. Manizalez, Colombia. 25 de diciembre de 1922)

En el Día Internacional del Libro

¿Qué es un libro?

“Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen.”, nos dice el diccionario de la Real Academia Española.

Sin embargo, la definición más acertada es la que le da el lector y ésta puede ir desde una obra de arte hasta un tesoro invaluable, pasando por mundos por conocer, aventuras sin fin, lumbre para el corazón, el mejor invento del ser humano, herramienta de conocimientos, etcétera.

Lo importante es disfrutar su lectura y compartirlos…

Para celebrar este 22 de abril, Día Internacional del Libro, les invitamos a leer el cuento “La tía Carlota”, publicado en la Antología de Cuentos Mexicanos, II;  compilados por  María del Carmen Millán y editado en 1976 por la Secretaría de Educación  Pública en su colección SepSetentas.

La tía Carlota*

Siempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio. Vago por los corredores, por la huerta, por el gallinero durante toda la mañana.

Cuando me canso y voy a ver a mi tía, la vieja hermana de mi padre, que trasega en la cocina, invariablemente regreso con una tristeza nueva. Porque conmigo su lengua se hincha de palabras duras y su voz me descubre un odio incomprensible.

No me quiere. Dice que traigo desgracia y me nota en los ojos sombras de mal agüero.

Alta, cetrina, con ojos entrecerrados esculpidos en madera. Su boca es una línea sin sangre, insensible a la ternura. Mi tío afirma que ella no es mala.

Monologa implacable como el ruido que en la noria producen los chorros de agua, siempre contra mí:

—…Irse a ciudad extraña donde el mar es la perdición de todos, no tiene sentido. Cosas así no suceden en esta tierra. Y mira las consecuencias: anda dividido, con el alma partida en cuatro. Hay que verlo, frente al Cristo que está en tu pieza, llorar como lo hacía entre mis brazos cuando era pequeño. ¡Y es que no se consuela de haberle dado la espalda! Todo por culpa de ella, por esa que llamas madre. Tu padre estudiaba para cura cuando por su desdicha hizo aquel viaje funesto, único motivo para que abandonara el seminario. De haber deseado una esposa, debió elegir a Rosario Méndez, de abolengo y prima de tu padre. En tu casa ya llevan cinco criaturas y la “señora” no sabe atenderlas. Las ha repartido como a mostrencas de hospicio. A ti que no eres bonita te dejaron con nosotros. A tu tía Consolación le enviaron los dos muchachos. ¡A ver si con las gemelas tu madre se avispa un poco! De que era muy jovencita ya pasaron siete años. No me vengan con remilgos de que le falta experiencia. Si enredó a tu padre es que le sobra malicia… Yo no llegaré a santa, pero no he de perdonarle que habiendo bordado un alba para que la usara mi hermano en su primera misa, diga la deslenguada que se lo vuelvan ropón y pinten el tul de negro para que ella luzca un refajo…

Por un momento calla. Desquita su furia en las almendras que remuele en el molcajete.

Lentamente salgo, huyo a la huerta y lloro por una pena que todavía no sé cómo es de grande.

Me distraen las hormigas. Un hilo ensangrentado que va más allá de la puerta. Llevan hojas sobre sus cabellos y se me figuran señoritas con sombrilla; ninguna se detiene en la frescura de una rama, ni olvida su consigna y sueña sobre una piedra. Incansables, trabajan sonámbulas cuando arrecia la noche.

Atravieso el patio, aburrida me detengo junto al pozo y en el fondo la pupila de agua abre un pedazo de firmamento. Por el lomo de un ladrillo salta un renacuajo, quiebra la retina y las pestañas de musgo se bañan de azul.

De rodillas, con mi cara hundida en el brocal, deletreo mi nombre y las letras se humedecen con el vaho de la tierra. Luego escupo al fondo hasta que ya no tengo saliva. Me subo al pretil y desde allí, cuando la cortina de lona que libra del calor al patio se asusta con el aire, distingo la sotana de mi tío que va de la sala a la reja. Una mole gigante que suda todo el día, mientras estornudos formidables hacen tambalear su corpulencia.

Sobre sus canas, que la luz pinta de aluminio, veo claramente su enorme verruga semejante a una bola de chicle. Distingo su cara de niño monstruoso y sus fauces que devoran platos de cuajada y semas rellenas de nata frente a mi hambre.

Hace mucho que espera su nombramiento de canónigo. Ahora es capellán de Cumato, la hacienda de los Méndez, distante cinco leguas de donde mis tíos radican.

Llevo dos horas sola. De nuevo busco a mi tía. No importa lo que diga. Ha seguido hablando:

—…Podría haber sido tu madre mi prima Rosario. Entonces vivirías con el lujo de su hacienda, usarías corpiños de tira bordada y no tendrías ese color.

Rosario fue muy bella aunque hoy la mires clavada en un sillón… Pero todo vuelve a lo mismo. El día que llegaste al mundo se quebró como una higuera tierna. Tú apagaste su esperanza. En fin, ya nada tiene remedio…

Silenciosamente me refugio en la sala. El Cristo triplica su agonía en los espejos. Es casi del alto de mi tío, pero llagado y negro, y no termina de cerrar los ojos. Respira, oigo su aliento en las paredes; no soy capaz de mirarlo.

Busco la sombra del naranjo y sin querer regreso a la cocina. No encuentro a tía Carlota. La espero pensando en “su prima Rosario”: la conocí un domingo en la misa de la hacienda. Entró al oratorio, en su sillón de ruedas forrado de terciopelo, cuando principiaba la Epístola. La mantilla ensombrecía su chongo donde se apretaban los rizos igual que un racimo de uvas.

No sé por qué de su cara no me acuerdo: la olvidé con las golosinas servidas en el desayuno; tampoco puse cuidado a la insistencia de sus ojos, pero algo me hace pensar que los tuvo fijos en mí. Sólo me quedó presente la muñequita china, regalo de mi padre, que tenía guardada bajo un capelo como si fuera momia. Le espié las piernas y llevaba calzones con encajitos lila.
Mi tía vuelve y principia la tarde.

La comida es en el corredor. Está lista la mesa; pero a mí nadie me llama.

Cuando mi tío pronuncia la oración de gracias cambia de voz y el latín lo vuelve tartamudo.

—Do do dómine… do do dómine —oigo desde la cocina. Rechino los dientes. Estoy viéndolo desde la ventana. Se adereza siete huevos en medio metro de virote, escoge el mejor filete y del platón de duraznos no deja nada. ¡Quién fuera él!

Siempre dicen que estoy sin hambre porque no quiero el arroz que me da la tía con un caldo rebotado como el agua del pozo. Me consuelo cuando robo teleras y las relleno con píldoras de árnica de las que tiene mi tío en su botiquín.

A las siete comienza el rezo en la parroquia. Mi tía me lleva al ofrecimiento, pero no me admiten las de la Vela Perpetua. Dicen que me faltan zapatos blancos.

Me siento en la banca donde las Hijas de María se acurrucan como las golondrinas en los alambres.

Los acólitos cantan. Llueve y por las claraboyas se mete a rezar la lluvia. Pienso que en el patio se ahogan las hormigas.

Me arrulla el susurro de las Avemarías y casi sin sentirlo pregonan el último misterio. Ése sí me gusta. Las niñas riegan agua florida. La esparcen con un clavel que hace de hisopo y después, en la letanía, ofrecen chisporroteantes pebeteros.

La iglesia se llena de copal y el manto de la Virgen se oscurece. La custodia incendia su estrella de púas y se desbocan las campanillas. Un olor de pino crece en la nave arrobada. Flotan rehiletes de humo.

Arrastro los zapatos detrás de mi tía. Como sigue la llovizna, los derrito en el agua y dejo mi rencor en el cieno de los charcos.

Cuando regresamos, mi tío anuncia que ha llegado un telegrama. Al fin van a nombrarlo canónigo y me iré con ellos a México.

No oigo más. Me escondo tras el naranjo. Por primera vez pienso en mis padres. Los reconstruyo mientras barnizo de lodo mis rodillas.

Vinieron en Navidad.

Mi padre es hermoso. Más bien esto me lo dijo la tía. Mejor que su figura recuerdo lo que habló con ella:

—Esta pobrecita niña ni siquiera sacó los ojos de la madre.

Y su hermana repuso:

—Es caprichosa y extraña. No pide ni dulces; pero yo la he visto chupar la mesa en donde extiendo el cuero de membrillo. No vive más que en la huerta con la lengua escaldada de granos de tanto comer los dátiles que no se maduran.

Los ojos de mi madre son como un trébol largo donde hubiera caído sol. La sorprendo por los vidrios de la envejecida puerta. Baila frente al espejo y no le tiene miedo al Cristo. Los volantes de su falda rozan los pies ensangrentados. La contemplo con espanto temiendo que caiga lumbre de la cruz. No sucede nada. Su alegría me asusta y sin embargo yo deseo quererla, dormirme en su regazo, preguntarle por qué es mi madre. Pero ella está de prisa. Cuando cesa de bailar sólo tiene ojos para mi padre. Lo besa con estruendo que me daña y yo quiero que muera.

Ante ella mi padre se transforma. Ya no se asemeja al San Lorenzo que gime atormentado en su parrilla. Ahora se parece al arcángel de la sala y hasta puedo imaginarme que haya sido también un niño, porque su frente se aclara y en su boca lleva amor y una sonrisa que la tía Carlota no le conoce.

Ninguno de los dos se acuerda del Cristo que me persigue con sus ojos que nunca se cierran. Los cristales agrandan sus brazos. Me alejo herida. Al irme escucho la voz de mi madre hablando entre murmullos.

—¿Qué haremos con esta criatura? Heredó todo el ajenjo de tu familia…

Las frases se pierden.

Ya nada de ellos me importa. Paso la tarde cabalgando en el tezontle de la tapia por un camino de tejados, de nubes y tendederos, de gorriones muertos y de hojas amarillas.

En la mañana mis padres se fueron sin despedirse.

Mi tía me llama para la cena. Le digo que tengo frío y me voy derecho a la cama. Cuando empiezo a dormirme siento que ella pone bajo mi almohada un objeto pequeño. Lo palpo, y me sorprende la muñequita china.

No puedo contenerme, descargo mis sollozos y grito:

—¡A mí nadie me quiere, nunca me ha querido nadie!

El canónigo se turba y mi tía llora enloquecida. Empieza a decirme palabras sin sentido. Hasta perdona que Rosario no sea mi madre.

Me derrumbo sin advertir lo duro de las tablas.

Ella me bendice; luego, de rodillas junto a mi cabecera, empieza habla que habla:

Que tengo los ojos limpios de aquellos malos presagios. Que siempre he sido una niña muy buena, que mi color es de trigo y que hasta los propios ángeles quisieran tener mis manos. Pero por lo que más me quiere es por esa tristeza que me hace igual a mi padre.

Finjo que duermo mientras sus lágrimas caen como alfileres sobre mi cara.

Guadalupe Dueñas
(Guadalajara, Jalisco. 19 de octubre de 1920 – Ciudad de México. 13 de enero de 2002) Cuentista mexicana, becaria del Centro Mexicano de Escritores, también realizó diversos guiones para televisión.

 

Covid-19, contagiarse de esperanza

Tengo miedo, siento angustia. En el 2009 viví un proceso de tristeza, de depresión; mi padre estaba muy enfermo y aunque yo me mostraba optimista, en el fondo intuía que era cuestión de tiempo para el adiós.  Ante ese estado anímico, mi sistema inmunológico no reaccionó como debería, por lo que fui presa fácil para la influenza H1N1, esa enfermedad de la que muchos comentaban: no existe; es invento del gobierno para distraernos porque quizá suban la gasolina, quizá haya una devaluación, etcétera.

Texto y fotos: Leticia Bárcenas González

A todos los trabajadores del sistema de Salud,
con mi admiración y respeto

Lo cierto es que enfermé y estuve en cuarentena en casa; los médicos del sistema de salud estatal, a quienes agradezco infinitamente, llegaban a monitorear mi estado y el de mis hijos, a quienes no contagié, por fortuna. Tomé retrovirales y estuve en cama; sin embargo, el día que me darían de alta, amanecí con una sensación de cansancio que apenas me permitió bajar la escalera, además, descubrí en mis muslos unas pequeñas pero abundantes manchas de color rojo  violáceo, así que después de un examen químico, el diagnóstico médico fue: dengue hemorrágico, hay que hospitalizar.

Fue una etapa difícil, pensé que moriría antes que mi padre. Apenas recuerdo algunas cosas de ese periodo. Mis hijos dicen que no hubo clases algunos meses por la pandemia. No sé qué otras cosas ocurrieron.

Y hoy, en este 2020, estamos viviendo una crisis sanitaria que nos ha vuelto a enviar a casa, ese lugar que se da por hecho, es el refugio perfecto para estar a salvo no sólo de la violencia, sino también de contagiarnos y/o contagiar a otros del coronavirus llamado SARS-Cov-2 (COVID-19).

Ese pequeño intruso que se coló a nuestras vidas, obligándonos a reaprender a lavarnos las manos, a valorar la importancia de tener agua potable y jabón a nuestro alcance, a la importancia misma de tener una casa, un hogar donde refugiarte.

Y entonces, pienso en los que viven en la calle, los que carecen de sistemas de agua potable o algún río o lago cerca de su vivienda, los que tienen que salir a trabajar cada día porque de lo contrario “sus patrones” no les pagarán, pese al bien intencionado discurso del presidente o la secretaria del Trabajo. O en los comerciantes, formales e “informales”, los conductores del transporte público y en todos los trabajadores del sistema de salud, desde el que hace la limpieza en la clínica, hasta las enfermeras y médicos que se arriesgan cada día para que la sociedad se restablezca, sane.

Sin embargo, en esta aldea global en la que vivimos, la casa no sólo es un espacio privado, también se ha vuelto público, porque a través de las herramientas tecnológicas podemos estar en contacto, por medio de mensajes, llamadas, fotografías, mensajes de audio, videollamadas o chats en grupos y así estar cerca de quienes queremos o saber de ellos. Esto es bueno, no estamos acostumbrados a estar “encerrados”, a estar en casa, a estar tanto tiempo juntos, aun cuando deberíamos disfrutar un poco de la soledad o de la compañía de los hijos, de los padres, de los hermanos, de la pareja.

Ahora, en la casa puede entrar el mundo entero por medio de pantallas planas o pantallas del teléfono celular; estamos dentro pero también fuera y no estamos solos, mucha gente nos acompaña, aunque no podamos tocarla.

El mundo digital, se vuelve entonces, una alternativa para vivir la cuarentena decretada por las autoridades de salud, y también para estar informado de lo que pasa a nuestro alrededor y en la aldea global; el problema aquí, es cuánta y qué tipo de información estamos permitiendo que entre a nuestros hogares, a nuestra cabeza, a nuestras emociones.

De pronto me doy cuenta que me he vuelto monotemática, todo gira alrededor del virus: que si las medidas de higiene son éstas, que si el número de infectados en el país es tal, que cuántos son los muertos al día de hoy, los alimentos que cambian tu Ph y ayudan a no contagiarte, que si el cubrebocas es bueno o no, hasta los chistes se refieren a la enfermedad COVID-19.

Y me descubro invadida por el terror sicológico que genera tanta información, por el miedo a enfermar o que enfermen quienes amo. Tengo miedo de que esto se prolongue y no sepa disfrutar el valor de este tiempo, de escuchar las risas de mis hijos, de conversar con ellos, de comer junto a ellos. Entonces, me digo que no, no debo permitir que la angustia por no saber qué pasará mañana sea más fuerte que el valor del momento presente, el valor de la vida misma. De estar en este lugar y en este día.

El 19 de marzo, a las 21:50 horas del 2020, el Sol cruzó del hemisferio sur al norte y llegó la primavera, ofreciéndonos luz y calor, las flores de muchos colores y formas, las nuevas ramas de los árboles que nos brindan sombra y frutos, las aves que nos acompañan con sus cantos, como esas cotorras verdes que llegaron a los árboles que están frente la ventana de mi oficina, y con una conversación alegre e incesante entre ellas, nos hicieron, a algunos compañeros y a mí, detenernos un momento y apreciar la maravilla de estar vivos, de poder caminar, de ver, de escuchar.

Abracemos la vida, tomemos todas las precauciones que nos indican, la pandemia es grave, sin duda; por eso informémonos, sí, pero con mesura y de fuentes confiables, no hagamos eco a los rumores ni a información seudocientífica. Valoremos este tiempo, en el que la naturaleza se recupera un poco de todo lo que le hemos dañado y aprendamos a recuperarnos también, a valorar el abrazo cotidiano, la compañía y sabiduría de nuestros mayores, la amistad, el amor, un paseo por la playa, un libro, el olor de una taza de café.

Y pidamos a nuestras autoridades que fortalezcan el sistema de salud. Nuestro país lo vale, nosotros lo valemos. Estamos a tiempo.

 

El 8M en Tuxtla Gutiérrez

Es de tarde, Florencia sube a la combi y se encuentra con la mirada de una chica, quien viste playera morada, pantalón negro y paliacate verde al cuello; ambas sonríen cómplices, se dirigen al mismo lugar.

La joven se baja antes, pasará por otras compañeras.

Texto y fotos: Leticia Bárcenas González

Florencia llega al Parque de la Juventud. Se sorprende de ver tantas mujeres, a diferencia de otros años que habían llegado pocas; la mayoría son jóvenes, en grupos o solas, pero todas esperando la indicación de formar el contingente para iniciar la marcha del #8M, Día Internacional de la Mujer, en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, México.

Aún con diferencias teóricas, incluso de organización, todas dispuestas a visibilizar su hartazgo del machismo sistémico y la violencia que se ejerce contra las mujeres. Hay hombres, sí, como espectadores, que están ahí porque son reporteros o son compañeros de las manifestantes, pero a la distancia. La formación, las consignas, las pancartas, la lucha, es de ellas.

Inicia la marcha, las consignas se escuchan: “Vivas se las llevaron, vivas las queremos”; “alerta, alerta, alerta que camina la lucha feminista por América Latina y tiemblen y tiemblen, y tiemblen los machistas que América Latina será toda feminista”; “señor, señora que nos mira indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”; “escucha hermana, hermana, aquí está tu manada”.

Entre los contingentes, hay niñas y niños acompañando a sus madres; muchas de las niñas portan pancartas con mensajes que invitan a la reflexión: “Somos la voz de las que ya no están”; “tener un hijo a los 11 no es una bendición, es una violación”; “marcho porque estoy viva y no sé hasta cuándo”: «todas las niñas merecen respeto y la libertad de elegir qué les gusta».

La gente se detiene y ve con sorpresa a las mujeres que marchan, algunos dan muestras de respaldo, otros por el contrario, sonríen burlonamente o simplemente sacan el celular para tomar fotos. En algunos locales bajan las cortinas con temor.

El feminismo, como movimiento político, cuestiona y busca destruir el poder patriarcal como eje estructural de las relaciones entre hombres y mujeres. Y hoy, Florencia y sus compañeras, exigen un alto a la violencia, violencia física, violencia doméstica, violencia laboral. Violencia por ser mujeres. Piden justicia para las desaparecidas, las asesinadas.

Llegan al zócalo y un grupo sube a un templete. Hablan sobre casos muy específicos de violencia: asesinatos de sus madres, hermanas o hijas, hay un caso de violencia familiar con la sustracción de los hijos por parte del ex marido; la coordinadora de desplazadas de Chiapas también pide justicia para ellas. Florencia escucha atenta y levanta el puño al tiempo que grita las consignas de apoyo: “No están solas, no están solas”. Una representante de las periodistas habla del porqué de su participación en la marcha, no como trabajadoras de los medios nada más, sino como mujeres que exigen un alto a la violencia y respeto a sus derechos.

Escucha atenta cada participación; sin embargo, no puede evitar las lágrimas con las narraciones de las jóvenes que se han atrevido a hablar de sus casos y denunciar a sus violadores, aun cuando sus madres no les han creído. El tío, el padrastro, el maestro, los culpables.

Sin reponerse del todo, observa a las niñas que suben al templete con sus pancartas y también piden un alto a la violencia, alzan su voz para pedir seguridad y que puedan vivir una vida libre de violencia. Imagina el dolor de las madres que no ven regresar a sus hijas, el miedo de que cualquier día sus hijas, hermanas, madres, primas, sobrinas, sean violentadas.

Toca el turno a las mujeres lesbianas, quienes denuncian el acoso que viven por su preferencia sexual, que incluso les afecta en su ámbito laboral, por lo que piden pleno respeto a sus derechos.

Florencia observa a las mujeres del templete, la tarde está cayendo y empieza a oscurecer, el edifico del palacio gubernamental que está frente a ella, se ilumina de color morado, el color de la igualdad. De fondo se oye una voz que nombra a cada una de las desaparecidas y asesinadas de Chiapas. Es hora de marcharse.

 

 

Ella se siente a veces…

Foto: Cristina García Rodero*

 

 

 

 

 

 

 

 

Ella se siente a veces
como cosa olvidada
en el rincón oscuro de la casa
como fruto devorado adentro
por los pájaros rapaces,
como sombra sin rostro y sin peso.
Su presencia es apenas
vibración leve
en el aire inmóvil.
Siente que la traspasan las miradas
y que se vuelve niebla
entre los torpes brazos
que intentan circundarla.
Quisiera ser siquiera
una naranja jugosa
en la mano de un niño
-no corteza vacía-
una imagen que brilla en el espejo
-no sombra que se esfuma-
y una voz clara
-no pesado silencio-
alguna vez escuchada.

 

Poetisa: Alaíde Foppa

Nació en Barcelona, España, en 1914. A la edad de 30 años adoptó la ciudadanía guatemalteca, como su madre. Posteriormente vivió exiliada en México. En 1980 regresó a Guatemala en donde fue secuestrada y desaparecida por el gobierno del dictador Romeo Lucas García.

 

Fotógrafa: Cristina García Rodero

Nació en Puertollano, Ciudad Real,  España el 14 de octubre de 1949. Ganadora de numerosos premios de fotografía, es la primera mujer doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha y nombrada Académica de Honor de la Real Academia Galega de Belas Artes

El Tuxtla viejo que se va

Plaza Tuxtla Gutiérrez, tomada de la web

Esta primera semana de diciembre del 2019, inició la demolición de lo que fue el Gran Hotel Brindis, con lo que va muriendo una parte de la ciudad para quedarnos en la pura nostalgia del ayer que fue. Se entiende que es una propiedad privada y sus dueños pueden hacer lo que deseen, siempre que cumplan con las normas establecidas por el Ayuntamiento de la Ciudad, pero no deja de hacernos suspirar a los que de alguna forma tuvimos relación con ese inmueble.

Alfredo Palacios Espinosa*

El hotel Brindis competía en preferencia de huéspedes con el hotel Cano que estaba en la esquina de la 1ª Norte y 2ª Poniente. Surgió a partir de los años 40 (del siglo pasado), en los mismos terrenos en que estuvo el hotel Paco. Don José María Brindis Gómez compró el lugar y construyó el Gran Hotel Brindis. Lo administró hasta 1958 en que lo vendió con el empresario Marcial Zebadúa (el mismo que construyó las plazas de toros de Tapachula y Tuxtla). Durante el tiempo que estuvo bajo la administración de don José María, su esposa doña Isaura Riquelme se hizo cargo del restaurante del hotel y la cocinera fue la famosa tía Nati Gómez, quien después se hizo célebre vendiendo el cochito horneado y que supieron darle continuidad sus hermanas, las tías Elena y Felipa, esta última mamá del ingeniero Gustavo Acuña, hombre conocedor de la escena y que alcanzó el premio nacional como director teatral.

Allá por los años 50 y 60 (del siglo pasado) era el hotel del pueblo en clara rivalidad empresarial con el hotel Bonampak –que también ya cayó-. Éste era para la gente de otro nivel económico. Al Bonampak por lo general llegaban a hospedarse personas ajenas a la entidad o chiapanecos que se consideraban fifís (como los llamaría AMLO) y al hotel Brindis llegaba gente de los municipios chiapanecos, principalmente concordeños, fraylescanos y carrancistas y es, precisamente de mis paisanos concordeños y la relación que tuvieron con este hotel de quienes quiero hablarles.

Eran tiempos de confianza colectiva, las habitaciones que daban sobre la 3ª Oriente tenían puertas a la calle, por eso mis paisanos, que hacían el viaje redondo de La Concordia-Arriaga-Tuxtla-La Concordia en los F8, después de dejar la carga de maíz y frijol en los ferrocarriles, en aquella ciudad airosa, regresaban cargados con bolsas de azúcar, galletas (principalmente de animalitos, serranas o marías) aperos de labranza y cervezas, entre otros artículos encargados por las tiendas de la cabecera municipal, estacionaban sus camiones cargados sobre esta calle. En la capital, hacían la última escala para completar su carga con los paisanos que habían llegado para algún trámite burocrático, de salud o simplemente de compras para algún casorio, bautizo o para la fiesta del Cuarto Viernes o la Navidad o con los que vivíamos en Tuxtla, pero íbamos a visitar a los familiares. En la madrugada nos trepábamos sobre los costales o cajas como sobornal en un largo viaje de casi diez horas a La Concordia.

Las habitaciones más solicitadas por mis paisanos y por los agentes viajeros eran las que daban a la 3ª Oriente por tener acceso directo a las habitaciones, creo que mis paisanos por los camiones cargados y los agentes por otras razones muy humanas. Cuentan que un día, a un buen viejo concordeño que se hospedó y estacionó su camión cargado de diversos artículos de mercancía, sin cubrir, una joven que hacía el aseo en las habitaciones le dijo:
─Tío, tenga usted cuidado con sus cosas, pueden robarlas.
─No te preocupés hijita, están contadas –contestó él.

De niño y joven después, iba al hotel Brindis a ver a alguno de mis abuelos que se hospedaban en él: al paterno, de quien llevo su nombre, cuando vivía todavía en Niños Héroes y venía por gestiones como comisariado fundador de ese ejido o a mi abuelo materno Macario Espinosa, que embarcaba reses en Puerto México (Coatzacoalcos) o traía puercos gordos para el rastro de Tuxtla o simplemente por algún trámite del ejido porque también fue comisariado o simplemente alguno de mis tíos; de ambos recibía alguna ayuda económica, que me caía muy bien, más el apetecido paquete de tasajo para que se retorciera en las brasas o de hueso asado para el tsiguamonte concordeño que es comida de dioses y el consabido costalito de frijol nuevo para la casa.

Algunas veces me invitaban a comer en el restaurante del mismo hotel o me llevaban a botanear a las cantinas que existían a la redonda. Todavía recuerdo una serie de cantinas que había alrededor del hotel: El Palacio Chino, en la 1a Norte y la misma 3a Oriente, que regenteaba don Enrique Villanueva a quien le decían El Chino y que nada tenía de chino; El Cairo en la 4ª Oriente, del Sargento Chanona; El Rinconcito, de Nereo Chanona; El Carijos, en la 1ª Norte y 2ª Oriente; El Melón, de Julián Sánchez en la 3ª Oriente, entre 2ª y 3ª Norte; La Estratosfera y Río Escondido, por mencionar algunas.

Las cantinas que estaban a una cuadra del hotel Brindis merecen párrafo aparte: Las Américas, de don Antonio Moya Gabarrón que estaba sobre la Avenida Central y callejón Oriente, también conocido como el Callejón del Sacrificio (atrás de la hoy Catedral) y La Continental de don Rosario Alfaro que se encontraba en la 2ª Oriente y Avenida Central.

A Las Américas iban por la botana pero más por los artistas que frecuentemente se presentaban, patrocinados por La Corona, de las caravanas que traían a las ferias; a La Continental de don Chayo, los paisanos iban por echar andar la Rokola que estaba de novedad por ser la primera cantina que instaló una y por diez centavos la echaban andar para escuchar a las hermanas Águila y a las Jilguerillas o a los cantantes de moda como Pedro Infante, Jorge Negrete o el Charro Avitia, además de echarse un buen caldo de espinazo bien sazonado que preparaban en esta cantina. También se armaban buenas broncas al calor de las copas que el buen Chayo sabía tranquilizar dándole a la policía buenas mordidas, que luego cobraba a los rijosos con todo y consumo y los destrozos ocasionados.

Lejos quedan los recuerdos del hotel Brindis y de los camiones de los Albores, los López, los Guillén, los Abud, entre otros, cargados de mercancía que, por la madrugada esperaban el sobornal humano para partir a La Concordia. Ese era el Tuxtla de ayer y su relación con otros municipios, que poco a poco va muriendo para dar espacio a una nueva Tuxtla, que ojalá sea para bien de quienes habitamos esta ciudad cada vez más individualizada y menos ciudadana.

*La Concordia, Chiapas, 16 de enero de 1948. Escritor, narrador, docente y dramaturgo mexicano.