Foto: Marino Parisotto

Alguien, en algún momento de la noche,

pierde la costa, una mujer que pudo amar

y darle un hijo, darle una patria a su hijo.

Alguien enciende un cigarro

con el fuego de Vesta,

mientras las naves de Eneas cabecean en la playa,

donde las algas comenzaron

a convertir la madera en una tregua con el destino.

La lágrima que no pudo derramar

tiene el nombre de una reina,

el día en que me nombró suyo

la soledad imitaba la lluvia,

su pecho era una cueva

donde la oscuridad moró con el amor.

Olvidé los muros de mi ciudad,

eternamente ardidos

en la memoria del poeta,

por ti, Dido.

En tu lecho dejé mis armas

de extranjero huyendo del naufragio,

quise creer que tenía un sitio en la tierra,

un pedazo de reino para mis muertos.

Mi padre se volvió una isla

que la muerte rodea

y sueño con su voz,

envuelto en los vapores de la sibila.

 

Es la noche que entra por la ventana

y abandona a una mujer

en los brazos del fuego.

La luz es tenue

cuando ella ruega a las aguas

que le devuelvan lo que migró,

Le pide al hombre que creyó suyo

como el árbol suplica a las aves

“no dejes que el invierno entre bajo tus alas”.

Quizá un día fantaseaste

con sus manos envejecidas sobre tu rostro,

quizá un día esperaste

que sus naves ardieran en el horizonte

con sus sueños vanos.

Y ahora buscas arrancarle su silencio de estatua,

rasguñas su rostro y solo encuentras

sal bajo tus uñas,

Él ha huido esta tarde, viendo el mar.

 

Lo odias, hay tres cosas encendidas esta noche.

La pasión que cicatriza cuando se apaga

una colilla contra el pecho,

cruzar el umbral de la puerta

y ver el marco donde su reflejo falta.

El impulso de las luciérnagas

que salen desde el fondo de la hoguera,

donde las cosas pierden su nombre

y se puede soplar un año

en un puñado de ausencia,

y un corazón bramando sangre,

enloquecido por la venganza,

un corazón que gruñe y enseña los dientes

“maldita sea tu sangre y tu tierra, forastero,

elemento sin rumbo

jalado por cuatro caballos que persiguen las estrellas”.

Estrella impronunciable eres, hijo de Venus,

Eneas, tú navegas a la sombra de la aurora muerta.

 

Los motivos de Eneas / Fernando Fernández Rivera*

* Primer lugar del II Concurso de Poesía Rubén Bonifaz Nuño, convocado por el Colegio de Letras Clásicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Fuente: La Gaceta. No. 570. Literatura y Discurso. Fondo de Cultura Económica. Junio de 2018.

4 comentarios en “Los motivos de Eneas

  1. “El cuchillo bajo el que se quebró mi cerviz era un
    hombre llamado Eneas.
    Aquel Eneas, aquel, piadoso con los suyos solamente;
    acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto,
    con astucias de bestia perseguida;
    invocador de númenes favorables; hermoso narrador
    de infortunios y hombre de paso; hombre
    con el corazón puesto en el futuro.

    —La mujer es la que permanece; rama de sauce que
    llora en las orillas de los ríos—.

    Y yo amé a aquel Eneas, a aquel hombre de promesa
    jurada ante otros dioses.

    Lo amé con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento
    de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz.
    ( . . . )
    Pero el hombre está sujeto durante un plazo menor a la
    embriaguez.
    Lúcido nuevamente, apenas salpicado por la sangre de
    la víctima,
    Eneas partió.

    Nada detiene al viento. ¡Cómo iba a detenerlo la rama
    de sauce que llora en las orillas de los ríos!

    En vano, en vano fue correr, destrenzada y frenética,
    sobre las arenas humeantes de la playa.

    Rasgué mi corazón y echó a volar una bandada de
    palomas negras. Y hasta el anochecer permanecí,
    incólume como un acantilado, bajo el brutal
    abalanzamiento de las olas.

    He aquí que al volver ya no me reconozco. Llego a mi
    casa y la encuentro arrasada por las furias. Ando
    por los caminos sin más vestidura para cubrirme
    que el velo arrebatado a la vergüenza; sin otro
    cíngulo que el de la desesperación para apretar mis
    sienes. Y, monótona zumbadora, la demencia me
    persigue con su aguijón de tábano.

    Mis amigos me miran al través de sus lágrimas; mis
    deudos vuelven el rostro hacia otra parte. Porque la
    desgracia es espectáculo que algunos no deben
    contemplar. “
    R.C

    1. Gracias, muchas gracias, Elisa. Es sumamente conmovedor este poema que nos compartes, sobre el amor de Eneas y Dido. Saludos.

    1. Hola Fernando, ha sido un verdadero placer leer tu poema; por eso decidimos que más gente lo conociera. Te deseamos mucho éxito y ojalá puedas compartir más de tu obra con nuestras lectoras y lectores.

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