Paisaje interior

¿dónde está el tiempo de las noches pasadas,

el sueño de mis antiguas exploraciones?

Te busco y te diluyes, te evaporas,

eres la máscara de la distancia, paso de un cuerpo a otro,

siempre lo otro, el sueño, rostro indescifrable, torre de agua,

pilar de sombras y actos y presencias,

vaho del sueño, espanto del yo que es todo y es

perpetuamente nada

mundo sin faz ni imagen, la memoria se levanta, daga del

ser,

la memoria se erige como sombra…

Foto: Leticia Bárcenas González
Foto: Leticia Bárcenas González

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paisaje interior (Fragmento) / Ignacio Ruiz (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 1976)

Poemario: La canción del desterrado. Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (Chiapas). 2004. Serie Biblioteca popular de Chiapas.

Tercer silencio: Elena Poniatowska

“Con sólo mostrar su rechazo a determinadas acciones políticas, los jóvenes cumplen con su responsabilidad ciudadana, con sólo decir que no, como lo hicieron en 2012, hace dos años, se comprometen con la salud política del país”, señaló categóricamente la escritora, activista y periodista mexicana Elena Poniatowska Amor en su charla con los jóvenes de la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach). El auditorio de la máxima casa de estudios se vio abarrotado no sólo por la comunidad estudiantil sino por lectores de la respetada escritora, quien ha dedicado su vida profesional a escuchar y hacer escuchar las voces no sólo de los artistas y personajes destacados en la historia de México, sino también la de los débiles, para denunciar y señalar las injusticias y hechos históricos que han marcado a nuestro país.

Libro Elena Poniatowska La Noche de Tlatelolco. Foto: Emilio Ruiz
Libro Elena Poniatowska La Noche de Tlatelolco. Foto: Emilio Ruiz

En su intervención, hizo una remembranza de los hechos acaecidos en 1968: “Nadie vino en ayuda de los estudiantes, era una plaza muy cerrada y los demás mexicanos no sabían lo que estaba sucediendo, entonces se sintieron muy solos porque en la plaza de las Tres Culturas es un espacio muy cerrado, encajonado entre varios edificios y creo los estudiantes sintieron que nadie los iba a apoyar jamás.

La indiferencia era tan alta como la de los rascacielos, además llovía. Después de todo, Tlatelolco es sólo un enclave dentro de la ciudad, quizá una de las ciudades más grande del mundo. Habló del espíritu de los jóvenes de esa época: el movimiento estudiantil es sólo una revuelta de jóvenes ilusos que creían que la ciudad era suya, que podían cantar de alegría y dejar salir al poeta que traían o que traen todos los jóvenes dentro. Dejar salir a su ángel de la guarda, al ego, al subconsciente, a la entrega, al amor por el otro, a las fuerzas del bien y del mal; adolescentes ingenuos que se imaginaron que las 500 mil personas iban a protegerlos siempre, que apoyados por la multitud serían invencibles, jóvenes alucinados y espléndidos, que creían poder gritar impunemente frente al balcón presidencial, al entonces jefe de la Nación y sobre todo al jefe del Ejército Mexicano, Gustavo Díaz Ordaz: Sal al balcón hocicón. Sal al balcón bocón.

 

El movimiento estudiantil -continuó Elena Poniatowska- sacaba de quicio a todos aquellos que en la Cámara de diputados aplaudieron de pie las medidas tomadas por el Presidente Díaz Ordaz y ejecutadas por su segundo, Luis Echeverría, el 2 de octubre. El Movimiento Estudiantil desafiaba el orden establecido y ponía en peligro la autoridad del gobierno, la de los empresarios y los jefazos. Los embotellamientos, el súbito incendio de un autobús a la mitad de San Juan de Letrán, hoy Eje Lázaro Cárdenas, el de la T.A. encendida de los transportes públicos, las vitrinas hechas añicos, las interrupciones de tránsito, las colectas en la calle, las porras y los estribillos estudiantiles: Di por qué dime Gustavo, dí por qué eres cobarde dí por qué no tienes madre dime Gustavo por qué y En la calle de Insurgentes que chinguen a su madre los agentes. Los grafittis, los mítines relámpago, las arengas en el mercado, la brusca irrupción de una nueva realidad molesta para la rutina de los oficinistas, los hacía exclamar: ¿Por qué no están estudiando? Su lugar es frente a sus libros, la sociedad paga sus aulas y sus carreras, son una bola de irresponsables.

 

La de los estudiantes era una protesta muy localizada, los universitarios y los politécnicos eran alborotadores, el descontento no se había generalizado, muchos estaban conformes con el gobierno, un refresco y una torta bastaba para que se adhirieran al PRI, en nuestro qué país de acarreados. México era la sede internacional ¡qué gran honor! Y con sus desmanes, los locos, esos irreverentes y pendencieros estudiantes ponían en peligro el prestigio del país, el de su dirigencia. Hizo además una retrospectiva de las reflexiones que se suscitaron a partir del movimiento estudiantil: A partir de esa fecha, muchos nos inclinamos y nos preguntamos quiénes éramos, quiénes somos, y qué queríamos, nos dimos cuenta que habíamos vivido en una especie de miedo latente y cotidiano, que intentábamos suprimir, pero que había reventado; sabíamos de la miseria, de la corrupción, de la mentira, de que el honor se compra pero no sabíamos de las piedras manchadas de sangre de Tlatelolco, de los zapatos perdidos de la gente que escapa, de las puertas de hierro de los elevadores del conjunto habitacional, todas esas puertas perforadas por ráfagas de ametralladoras, los edificios de la Avenida Juárez volvieron a caérsenos encima, la gente caminó de nuevo a toda prisa mirándose los pies y algo muy cercano al pánico pudo leerse en su rostro, qué horrible normalidad, diría doña Margarita Nolasco, al ver que nadie reaccionaba.

 

Poniatowska Amor, mencionó también parte de su experiencia periodística al escribir su libro tan renombrado La noche de Tlatelolco: A raíz del dos de octubre, consigné las voces de muchachos, de muchachas, de madres y de padres de familia, me decían sí, sí yo le cuento, pero cámbieme de nombre, yo le cuento pero nunca vaya a poner quién soy yo, salvo los líderes presos de la cárcel preventiva de Lecumberri y salvo los nombres de algunas madres de familia, guardé esos nombres en el fondo del corazón, a riesgo de no saber hoy, a 46 años quién es quién, quiénes son. Muchos se negaron a hablar. Esta tragedia escindió la vida de muchos mexicanos, antes y después del dos de octubre. 1968 fue un año que nos marcó a sangre y a fuego. 1968 es el año del descontento de los jóvenes en todo el mundo entero.

 

Hubo otros movimientos estudiantiles en Francia, en Checoslovaquia, Japón, ninguno tan violento como el nuestro. El fuego intenso duró 29 minutos. Luego los disparos decrecieron, pero no terminaron. Una señora dijo al diario Excélsior: esto lo veía yo en las series televisivas llamadas Combate y jamás pensé que las vería en realidad. Con la entereza que ha demostrado esta activista social, nos compartió sus reflexiones respecto a la actualidad de nuestro país: Hoy a 46 años del movimiento estudiantil en 2014, ¿han terminado los balazos? Desde luego que no. En las calles de la Ciudad de México y en muchos lugares de la República, donde campea la violencia, el movimiento de 1968 fue la punta de flecha de otros enloquecidos movimientos de pureza en nuestro país, otros escritores como José Revueltas, otros ingenieros Heberto Castillo, otros Gilberto Guevara Niebla, otros Raúl Álvarez Garín, otras Roberta Avendaño “Tita”, otras Ana Ignacia Rodríguez “La Nacha”, otros Salvador Martínez de la Roca “El Pino”, han aparecido en nuestro país desde entonces. Quedan varias incógnitas, nunca se ha revelado el número exacto de muertos, aunque el periódico de Londres The Guardian, dijo que eran 250, cifra que retomó Octavio Paz en su libro Posdata, publicado en 1970.

 

Quizá nunca sepamos el número exacto de muertos en la noche en Tlatelolco; sin embargo, resonará en nuestros oídos durante muchos años la pequeña frase explicativa de un soldado al periodista del periódico El día, José Antonio del Campo, a quien le explicaron: Son cuerpos aquellos que están ahí amontonados. Son cuerpos, señor.

 

Finalmente, quisiera hablarles de un líder del 68, de Raúl Álvarez Garín que nos dejó hace unos días, la noche del 27 de septiembre del 2014. Raúl muere en los días del asesinato de 22 personas en Tlataya, Estado de México y otros 22 muertos en dos días en Chihuahua; muere en el momento en que aparecen cinco normalistas muertos en Ayotzinapan, muere en medio de una cacería de opositores en Morelos, ¿qué diría Raúl del joven futbolista de 15 años, José Evangelista, cuyos tenis aparecieron encima de su ataúd, porque vino a jugar fut como parte del equipo de los avispones y encontró la muerte en su autobús, volcado por obra de pistoleros y policías en la carretera Iguala-Chilpancingo? ¿Qué diría de los seis asesinados y los 43 normalistas desaparecidos en Iguala? ¿Qué diría de la muerte de tres jóvenes el 21 de septiembre en Maravatío a mano de cinco policías michoacanos? Raúl Álvarez Garín muere en un país en manos de la guerra sucia contra el narcotráfico, en un país que nos hostiga, en un país en el que se encarcela a los adolescentes, se les acusa y se les considera violentos, alcohólicos, drogadictos, desertores de la escuela, ignorantes e inservibles ¿Qué diría de un país en el que se mata a los chavos? En un país despiadado con su gente pobre, despiadado contra los migrantes, implacable con los niños. Un país que daña a sus habitantes, un país en el que todos los mexicanos podrían preguntarse ¿quién nos protege? ¿En dónde hemos venido a asentarnos? ¿Qué diría de lo que está sucediendo ahora en el reglamento y las modificaciones al plan de estudios del “Poli” que disminuye el grado académico a técnico y convierte a cada muchacho en mano de obra barata? Hizo referencia a lo que escribió Adolfo Sánchez Rebolledo sobre la matanza de Iguala: Mientras el Estado mexicano sea incapaz de asegurar la gobernabilidad mediante la justicia y la ley, la delincuencia seguirá colonizándolo, aprovechando para sí misma el orden legal.

 

No podemos pasar por alto el hecho de que estas matanzas involucran a los más débiles, a esos ciudadanos cuya desaparición no perturba –porque no existen para ellas– la vida cotidiana de las élites, lo cual muestra no sólo el filo irracional, demencial, de la violencia criminal, sino su siniestro clasismo, su carácter instrumental.

 

Elena Poniatowska finalizó su intervención con palabras ex profesas a los jóvenes universitarios: De los jóvenes depende, claro está nuestro futuro, el gobierno y las circunstancias, el futuro de México. Los jóvenes son el futuro y ya dieron una muestra de lo que pueden hacer con su movimiento, en el Distrito Federal, en una Universidad donde “papi” suele darle su coche a su hijito, en una universidad de ricos, la Universidad Ibero, la del “yo soy 132”, ese movimiento que cambió la visión que los estudiantes de las escuelas públicas tenían de la Ibero, nada mejor pudo unirlos como universitarios que esa declaración en el momento en que enseñaron con entereza sus credenciales en el internet aclarando que eran estudiantes y no porros ni gente pagada como pretendió divulgarlo el PRI, con sólo mostrar su rechazo a determinadas acciones políticas, los jóvenes cumplen con su responsabilidad ciudadana, con sólo decir que no, como lo hicieron en 2012, hace dos años, se comprometen con la salud política del país.

Escucha o descarga la ponencia:

El amor es un escudo contra la maldad: Héctor Cortés Mandujano

El fin de semana concluyó el 14º Festival Internacional de las Culturas y las Artes Rosario Castellanos 2014, realizado en el municipio de Comitán de Domínguez, Chiapas, México, en el que se llevó a cabo un foro literario con la participación del escritor chiapaneco Héctor Cortés Mandujano, Premio Nacional de Novela Breve «Rosario Castellanos» 2004, quien dio lectura a fragmentos de su obra titulada “Aún corre sangre por las avenidas”.

Al respecto, Desmesuradas comparte con ustedes una entrevista con el escritor, en la que habla de esa novela y otra titulada “Mar en movimiento”, mención honorífica en el mismo certamen.

El amor es un escudo contra la maldad: Héctor Cortés Mandujano

Leticia Bárcenas González

Aún corre sangre por las avenidas es una crítica a la naturaleza humana, a partir de un crimen brutal registrado años atrás en Tuxtla Gutiérrez. La violencia, presente en toda la novela, deja ver el lado oscuro de una ciudad que puede ser cualquier parte del mundo, aunque sus personajes utilicen un lenguaje muy tuxtleco. Con esta obra, Cortés Mandujano, ha demostrado que se puede escribir sobre Chiapas sin hablar necesariamente de los indígenas y del movimiento zapatista, al mismo tiempo que borra la idea absurda de que sólo se puede hacer literatura desde el centro o norte del país, por lo que se siente satisfecho, aun cuando hubo gente a la que le molestó la temática y su forma de contarla, “no nos gusta ser criticados, nos encanta que nos halaguen, así es la naturaleza humana en general. Entiendo que hay gente que adora Tuxtla Gutiérrez, y que de pronto le puede parecer agresivo u ofensivo que alguien que no es de Tuxtla, como es mi caso, se refiera a su ciudad no en los términos en que a ellos les encantaría.”

Foto: Alexis Sánchez
Foto: Alexis Sánchez

En Aún corre sangre por las avenidas tocas “algunas partes oscuras de Tuxtla Gutiérrez”, como una forma de demostrar tu amor por esta ciudad. ¿Es una labor de la literatura decir la verdad?

—Sí, aunque no podría extenderlo hacia toda la literatura, pero por lo menos a la literatura que a mí me interesa escribir sí, y es una verdad que al final de cuentas es mía. No necesariamente tiene que ser avalada o compartida por todos los demás, al final de cuentas la verdad es algo tan intangible y tan huidiza que suponer que lo que tú dices es una verdad tan firme que nadie la puede socavar, sería una tontería, una vanidad, que por lo menos yo no tengo. Dentro de la novela digo cosas que me parecen denunciables, cosas que no me gustan, en esta circunstancia en la que me ha tocado vivir.

—Cuando obtuviste el Premio hubo gente muy molesta, no porque ganaras el Concurso sino por lo que decías de Tuxtla. ¿Aún te siguen invitando a salir del estado?

— (Risas) De momento no, pero aunque me inviten no les voy hacer caso. Digamos que como mi intención no es necesariamente hacerle el gusto a nadie no me preocupa mucho lo que puedan pensar, lo que sí me preocupa es escribir bien, contar bien, y tener claro que lo que digo puede ser una verdad para mí, aunque no necesariamente para los demás.

García Ponce señaló, en una entrevista, que la ventaja de la cultura es poder tocar zonas oscuras e iluminarlas. ¿Cómo se logra ese proceso?

—Bueno, habría que preguntarle a García Ponce (risas). Efectivamente, cuando hay algo que nadie comenta, que nadie dice pero que todos saben, en el momento que te acercas a ese hecho o a esa zona se puede caer en la cuenta de que es cierto, pero no estás descubriendo esa zona obscura porque esa zona obscura ya está ahí. Hace tiempo dije en otra parte de la República que Tuxtla Gutiérrez era una ciudad atravesada por un río de mierda y me dijeron: eso es mentira, y dije no, sí es cierto. Preguntaron que cómo la gente lo soporta, parecía absurdo pero todo mundo sabe eso del río Sabinal, no es algo oculto, el río pasa y apesta, pero justamente cuando hablé de ello en un programa de radio, la gente se indignó como que si estuviera diciendo una mentira, como que si el río Sabinal lo hubiese inventado yo o lo ensuciara yo solito. Creo que esta hipocresía generalizada que tenemos de enseñar sólo lo bonito, nos ha hecho daño. A estas alturas del partido debemos saber cómo somos los hombres y las mujeres. Ya nadie debería llamarse engañado, si estás pensando que somos seres ideales y angélicos estás equivocada.

—Dice Alejandro Jodorowsky que hay lugares en el mundo en los que habita un sufrimiento enorme, que cada uno de nosotros podría ayudar a aliviar: ¿Tu trabajo literario contribuye a ello?

—Por lo menos no de esa manera, no lo tengo como una cruzada porque creo además que no es necesariamente mi vocación, a mí no me gusta dar consejos que no me piden, pero trato de que, por las circunstancias justamente de lo que escribo, que lo que digo pueda ayudar a alguien. Hace tiempo cuando publiqué un libro (Lejos del reino de las hadas) y en un programa de radio estaba hablando de él, llamó una muchacha de preparatoria y dijo que me felicitaba y que le gustaba lo que escribía; el locutor le pregunto por qué si es un libro sobre la brutalidad, la violencia, la muerte. Y la niña dijo algo que a mí me asombró: porque nos enseña lo que no debemos hacer (risas). Evidentemente muchas de las cosas que yo toco pueden ser brutales, pueden ser tiernas, pueden ser de distintos modos, tal vez sí están buscando aliviar el dolor o por lo menos compartirlo. O quizá decir que lo podemos evitar de veras, y lo podemos evitar simplemente haciendo lo que nos toca sin pensar en que vamos a modificar al mundo, al mundo completo. Hace tiempo que platiqué con niños, a raíz de otro libro, y uno de ellos me preguntó qué podemos hacer para salvar al mar, le dije, mira no te preocupes por el mar preocúpate por salvar el río que pasa cerquita de tu casa, preocúpate por salvar el arbolito que esta ahí, muy cerquita de donde vives, échale agua, no mates ningún animal, trata en la medida de lo posible que hagas lo que hagas no dañe a otros, pero olvídate del mar, si haces lo que te toca puede que ayudes al mar de manera indirecta. A veces estamos preocupados por salvar al mundo, no mames, eso no se puede, o sea, no puedo salvar al mundo evidentemente pero sí puedo, tal vez, relacionarme bien con la gente que tengo al lado y eso me parece que puede servir, en este sentido puedes aliviar, si quieres, la soledad, el dolor, la falta de amor o de cariño de alguien que esté cerca de ti, y creo que eso basta, salvo que seas Buda o la madre Teresa de Calcuta, gente que ha decidido vivir la vida entregada a los otros, algo que yo no hago.

—¿La violencia también será una forma de demostrar amor?

—Sí, claro. Detrás de todos los asesinos y detrás de toda la gente que realiza actos espeluznantes, hay un niño, una niña que quería que la quisieran. Creo que, aunque suene muy cursi, el sentimiento amoroso que tengas cercano a ti funciona como una suerte de escudo contra la maldad, si te sientes amado y amas, creo que puedes, efectivamente, no matar a alguien, no herir a alguien, en términos generales, pero creo que alguien que no es amado, que no ha tenido la posibilidad de que lo amen y de amar pues tiene un rencor hacia el mundo y en ese momento lo representamos tú y yo, lo representamos un hombre y una mujer, y si el mundo me ha jodido, si el mundo está en contra mía, ¿por qué diablos tengo que respetar al mundo? Te puedes inmolar por los demás si te sientes amado y puedes matar a todos los demás si sientes que nadie te ama.

En Aún corre sangre por las avenidas uno de los personajes habla sobre su trabajo: hacer lucir bien a los cadáveres, y se describen algunas características importantes según el tipo de muerte que se haya tenido. Me intriga algo: ¿en verdad los ahorcados, antes de morir, eyaculan? ¿Las ahorcadas tendrán orgasmo?

—No sé. Bueno, es una pregunta complicada (risas). Los ahorcados eyaculan, es una cuestión médica incluso criminalística, que yo, como abogado, estudié en algún momento de mi vida. Hay una novela del Marqués de Sade en el que un tipo se cuelga en aras del placer, se cuelga de un lazo y en el momento en que eyacula, la chava que está con él corta el lazo para que no muera, entonces ese cuate regresa a la vida fascinado porque es la mejor eyaculación que ha tenido, después lo hace de manera constante, un artista de veras (risas). En el caso de las mujeres es más complejo pues se supone que sólo existe el orgasmo clitórico, entonces…salvo que las colgaran de ahí (risas).

—No creo que sientan mucho placer (risas).

—Tampoco yo. El asunto de la eyaculación está relacionado con otra cosa, con algo orgánico que tenemos los hombres y que las mujeres no (risas).

—Retomando la novela y ese mundo de carencias de tu personaje niño. ¿Alguna vez has experimentado el hambre feroz, el frío que deja sin aliento, el miedo que cala los huesos?

—He tenido mucha hambre en momentos de mi vida, especialmente cuando fui adolescente y coincidimos, mis hermanos, mi mamá y yo, y vivíamos en una casa pero teníamos muchas necesidades, no todos teníamos trabajo e íbamos cascareando y había días en que no teníamos ni para comprar tortillas, entonces no comíamos sólo tomábamos agua para pasarla, pero nunca me pareció que eso fuera un hambre feroz. El frío que deja sin aliento sí, porque soy muy friolento. Un día íbamos a Guadalajara en un camión a presentar una obra de teatro mía: “La muerte, esa bestia negra”, que fue elegida para ser representada en la muestra nacional de teatro en Guadalajara, pasamos de madrugada por Toluca y la verdad es que me sentí morir, fue como una hora en que yo no sabía qué hacer, no me quería mover, quería gritar, fue una de las cosas más espantosas que me ha pasado en la vida, un frío brutal, brutal. Miedo. Fui un niño miedoso, le tenía miedo a lo sobrenatural y a algunos animales del campo, después le he ido teniendo miedo a otras cosas pero nunca he sentido un miedo paralizante, así de espeluznante que no me permita moverme, no. Soy muy racional, lamentablemente, cada vez me vuelvo más racional, tengo miedo a menos cosas.

—Dices ser más Eros que Tánatos, pero ¿alguna vez has deseado morir?

—Sí, como todos. Tal vez haya alguien que no y lo felicito desde aquí, pero yo sí, varias veces. Especialmente en la adolescencia. Mi adolescencia y creo que la de todos los hombres o de la mayoría, por lo menos, es terrible porque va en contra de todas tus certezas. Va en contra de la infancia que es fundamental. La adolescencia te ingresa a la vulgaridad de la vida y entonces no te gusta nada. Vas descubriendo el mundo de veras. Cuando eres niño te pueden pasar las cosas más terribles del planeta y las tomas con mucha ligereza, sufres, lloras y luego te pones feliz con casi nada. Digamos que se necesita mucho para que un niño no sea feliz porque tienen espacios para ser feliz aún en las situaciones más desgraciadas y más terribles, pero la adolescencia es, creo, la parte más desagradable de los hombres, no sé de las mujeres, parece que a ellas no les da tan duro ese asunto. No te queda el cuerpo, los huesos son más grandes. Tu cuerpo es como un traje que no te viene, te queda mal. Descubres ahí también, para bien o para mal, el sexo como una fuerza impresionante, descubres las diferencias sociales, descubres si eres guapo o feo, idiota o inteligente, seguro o inseguro y todo te cae de madrazo. Sin que nadie te haya anticipado que en ese momento tienes que definir casi todo lo que te queda enfrente: si eres heterosexual u homosexual, si vas a ser mujeriego o te vas a concentrar en una sola mujer, si vas a jugar futbol o no, no sé, es una cantidad impresionante de cosas que tienes que decidir y todos los mensajes son contradictorios, entonces es horrible. Yo tuve la suerte, desde la infancia, de encontrarme mujeres maravillosas que me fueron ayudando a reconocerme como ser humano y como hombre. Y en la adolescencia, las bendigo también desde aquí, tuve la suerte de encontrarme mujeres maravillosas que no sólo me enseñaron varias cosas en el terreno sexual sino me dieron varios ejemplos que no he olvidado. Cuando encuentras un nuevo placer es como cuando a un niño le regalas muchos dulces, como que quiere probarlos todos, comerlos todos, y luego va descubriendo que no todos son sabrosos, que no todos le gustan. Así es el enfrentamiento que tienes con lo erótico, te lastima a veces, te gusta mucho; evidentemente, a partir de eso fui descubriendo que me gusta más el placer que el dolor y por eso, en ese sentido, soy erótico, no porque considere que (risas) tenga las capacidades de Don Juan, pero no me interesa sufrir, no tengo ningún interés por sufrir. Me interesa más el placer, no sólo el sexual, sino cualquier placer.

Foto: Alexis Sánchez
Foto: Alexis Sánchez

Escribir es algo irremediable

Poseedor de un profundo compromiso creativo, Héctor explora nuevas formas de contar, lo mismo la realidad en que le tocó vivir que lo que le dicta la fantasía, como su novela Mar en movimiento, en la que una familia se ve transformada en fantasmas mientras unos invasores usurpan su lugar. “Es una novela del perdón porque la familia de Álvaro pudo haberse vengado de los invasores; sin embargo, no sólo no lo hacen sino que los ayudan para que sean felices.”

—¿Héctor Cortés tiene fantasmas? ¿Cuáles son?

— (Risas) Si tengo varios. Muchos, que están relacionados casi todos con la familia. El recurrente es que tal vez me hubiera encantado tener una familia convencional, no la tuve. Tal vez me hubiese encantado lograr relaciones fraternales con mis hermanos, no las tengo. Me hubiese gustado ser un hombre conformista de mi relación con las mujeres, o sea, me hubiese gustado tener una mujer de la que me hubiera enamorado desde los catorce años y vivir con ella todo el tiempo. Me hubiera encantado ser el hombre de una sola mujer, no lo soy. (Risas.) Hay muchas cosas que creo me hubiesen gustado, como dedicar mi vida a ayudar a los demás, en algún momento lo pensé cuando era adolescente, no lo he hecho. Y quién sabe si lo haga. Existen cosas que creo pude haber hecho y no hice. Y hay algunas que tal vez no haga y que van a seguir gravitando en mi conciencia y en mi modo de entender el mundo como cosas que hubiesen sido interesantes, importantes, mágicas incluso, para mi desarrollo como persona pero uno es lo que es y tampoco me siento muy incómodo en ser como soy, entonces, digamos que he ido logrando -a estas alturas también sería un tonto si no lo hubiera hecho- un equilibrio entre lo que quiero y lo que puedo, entre lo que soy y lo que me hubiera gustado ser. En ese sentido, en ese equilibrio precario que tengo, no estoy tan inconforme con lo que he logrado entender en el mundo y tampoco estoy tan inconforme con lo que soy.

—¿Qué es la familia para ti?

—Ayy, la familia, criadero de alacranes, dijo Octavio Paz. No tengo un concepto de familia en el sentido convencional. Mis papás no fueron papás convencionales: mi mamá era una mujer seca, sin capacidad de expresar cariño, amor. Que tampoco ella tenía la culpa, así la educaron. Mi papá, por otro lado, era un tipo divertido, generoso, pero no necesariamente con nosotros. Yo admiré y quise mucho a mi papá pero no dejo de reconocer que era un tipo extraordinariamente irresponsable. Con mis hermanos tengo muy poco que ver, entonces no tengo esta imagen previa de la familia, no es una gran imagen. Ahora, con la familia que tengo, me problematiza mucho el ser papá. Evidentemente quiero mucho a mi hija y siempre he estado cerca de ella pero el papel de papá no es un papel que me agrade demasiado y creo, también, que tampoco es un papel que haga con mucha brillantez (risas). Habría que preguntarle a mi hija, pero por lo menos la imagen ideal que tengo de padre no soy yo. Por el otro lado, en el terreno de marido, de esposo, tampoco creo que soy así como la lotería, entonces, creo que mi mujer es maravillosa pero no siento que estoy a la altura de sus maravillas porque, lamentablemente, no soy un hombre que tenga como prioridad ser el mejor esposo o mucho interés en casar, antes sí lo tenía, idealmente con la imagen que los demás puedan tener de mí; antes me preocupaba el asunto de la amistad, del amor, de la paternidad y todo eso, en función de lo que los demás piensan que debe ser, pero cada vez me he ido convenciendo que al final de cuentas lo que me interesa es ser lo más cercano a la honestidad que pueda y no andar haciéndome bolas con que soy el mejor padre, soy el mejor esposo, soy el mejor amigo, porque no es cierto, entonces trato de ser honesto conmigo y con los que me rodean y doy lo que puedo y lo que quiero y hasta ahí llego.

—En esta novela hay un cuadro que es muy importante, fundamental, y es precisamente sobre el mar, ¿qué significa para ti?

— (Risas.) Tengo, por lo menos ya, dos novelas sobre el mar: Mar en movimiento y Vanterros que se desarrolla en el mar fundamentalmente, es curioso porque soy de tierra adentro y no conocía el mar hasta los seis años, en que fui con mi mamá, entonces, creo, debe haber un lazo muy afectivo con el mar por ese viaje que hice con ella. A esa edad no te das cuenta que tu mamá es de determinada forma y la quieres y aceptas todo lo que te dé, sea una nalgada o un beso, sin mayores problemas. Recuerdo mucho que encontramos moneditas en la playa y es un recuerdo muy grato el que tengo. Después, ya un poco mayor, regresé al mar. Lo que tengo es una relación muy extraña con el mar porque me meto mucho nadando y estuve a punto de ahogarme varias veces. Ahora ya no, la edad te va volviendo más prudente o más cobarde. Pero en mi juventud estuve a punto de ahogarme muchas veces. El agua, en mí, despierta una sensación inexplicable de querer meterme, de entregarme, de cogerme al mar. (Risas).

—El mar es hombre. (Risas).

—A la mar. (Más risas).

—En la novela Mar en movimiento, los personajes, rehenes de un maleficio, se vuelven fantasmas. ¿Tú eres un rehén de la literatura?

—No un rehén. Creo que soy un hombre que voluntariamente, o no sé si involuntariamente, se ha entregado a la escritura. He ido descubriendo poco a poco, y creo que de manera muy lenta, que en lo único que he sido constante y lo único que me apasiona verdaderamente, que no me aburre y que no puedo dejar de hacer es escribir y leer, por eso no me siento un rehén sino realmente feliz, de que si la elección ha sido de la literatura, me haya elegido a mí. Me siento muy seducido por la literatura. Creo que mi vida completa gravita en torno a ella. Me gusta, a veces, más la literatura que la vida directa. Me apasiona leer y disfruto mucho cuando descubro una frase afortunada, hay muchos libros geniales, maravillosos, y cuando escribo y encuentro que lo que escribo puede tener un contacto con el otro, entonces digo: újule, lo logré. Entonces, no, rehén no, me siento como un hijo de la literatura. La literatura como una gran madre amorosa que me ha dado alegría, placeres.

—Entonces, escribir, no es una cuestión de actitud.

—Creo que el escritor verdadero, no quiero decir que necesariamente yo lo sea, no quiero sonar pretencioso, pero escribir es algo irremediable. En mi caso hay un momento en que acepto que soy escritor porque al principio no lo hacía. Y ser escritor implica que, aunque trabaje en otras cosas mucho, aunque me tenga que desvelar, aunque no haga muchas cosas, tengo que preservar el espacio de lectura y escritura para que yo sea feliz. Sin leer y escribir yo no podría alcanzar la felicidad, aunque me pusieran los placeres de todo tipo en mi mesa. Es decir, para mí la felicidad está ligada a la literatura.

—Dice Jodorowsky que el acto poético es una llamada a la realidad loca, chocante, maravillosa y cruel. ¿La narrativa cumple la misma función?

—No creo mucho en esas divisiones. Creo que hay narradores que son poetas y poetas que no son poetas. La poesía no es poner las líneas de determinado modo. Antes, a los escritores simplemente se les decía poetas y luego empezó a hacerse la división entre poetas y narradores. Hay poetas que me entusiasman mucho y hay poetas que, desde mi punto de vista, no valen la pena. Entonces creo que es una división engañosa y que la buena literatura, como todo lo que es bueno, te vuelve otra cosa. Hasta la comida, si tienes el privilegio de comer un buen platillo, eres otro. Si tomas un magnifico vino, te transformas. Si lees un libro maravilloso, no importa que sea una novela, un ensayo, un poema; si oyes una canción bien hecha, si vas a una sinfonía y los músicos están inspirados, si eres capaz de apreciar la noche, de gozar con un árbol, con las nubes. Tienes un impacto emocional y emotivo que te transforma y creo que eso lo puedes lograr con la literatura. Transformarte, y allí se pulverizan los géneros y sólo hay lo bueno y lo malo.

—¿Aún corre sangre por las avenidas y Mar en movimiento representan a dos Héctor Cortés Mandujano, el que ama con la verdad y el que enamora con la ficción?

—(Risas) No sé, me representas porque soy así de complicado. Hace tiempo acababa de presentar Carámbura y salió Beber del espejo, entonces me decían, oye, uno es un libro para niños y el otro es casi un libro pornográfico, a lo que respondí: es que así soy yo. (Risas). No tengo problema para aceptar la parte de niño que tengo, ni tengo problema para llamarme de cualquier modo y evidentemente no tengo tampoco ningún problema para decir las cosas que me parece que están mal; soy un hombre atravesado por un montón de factores, desde los meramente familiares hasta los que se han desarrollado a partir de mi visión del mundo, entonces, Mar en movimiento se me hace que es una novela muy imaginativa y espero que muy amable para quien la lea. Aún corre sangre por las avenidas, es un libro fuerte. Es un libro que te avienta demasiadas cosas violentas a la cara pero creo que al final de cuentas me muevo en esos extremos.

Terminé de escribí un libro que es exclusivamente para niños ingenuos y terminé recientemente una novela que se llama En memoria de los que hemos sido desdichados, que igual es una novela brutal que examina los componentes humanos del hombre y la mujer y del porqué decidimos matar a alguien. Es una novela también sobre la muerte violenta pero desde una perspectiva más ensayística, más filosófica del por qué somos violentos.

—¿Y esa cuando saldrá?

—No sé, cuando alguien la publique. (Risas).

—¿Alguna vez te has sentido encerrado en tu propio cuerpo?

—Bueno, siempre estoy encerrado en mi propio cuerpo, lamentablemente. Creo, hay varias posibilidades de salirte de tu cuerpo, una es el sueño, las otras son las drogas, el alcohol, las drogas duras, a las que no me he acercado demasiado. La otra, obviamente, es el placer. Cuando sientes mucho placer ya no sabes lo que eres. Y la más constante, para mi, ha sido la literatura, es decir, puedo llorar fácilmente con un poema, puedo sentirme conmocionado con la muerte de un personaje en una novela y en ese momento no sé quién soy, es decir soy placer, dolor, soy algo que no necesariamente está dentro de mí mismo y he logrado también como regalos magníficos: cuando veo un atardecer o como hace poco, que fui a San Cristóbal, y vi cómo iba subiendo la neblina, de veras, sentí que estaba a punto de morirme, son cosas que me producen mucho placer y ante las cuales estoy indefenso también y cuando algo me produce un placer inmenso, me hace suponer que soy algo más que este cuerpo que soy. Y me parece que esa es la función nuestra, la de todos los seres humanos: descubrir eso que llamaba sonidos negros Federico García Lorca. El momento en que no eres tú y que estás integrado a algo y ese algo te produce placer total. Qué me lo produce, ya te lo decía, la literatura, pero también la naturaleza y también el placer erótico y algunos otros placeres.

¿Qué ha hecho el tiempo con Héctor Cortés, el escritor?

—Me ha responsabilizado más. Algo que me gusta y que no me gusta. Me ha comprometido conmigo y me ha hecho darme cuenta de que entre más leo más ignorante soy, que entre más logros pueda adquirir más humilde tengo que ser. Creo que he avanzado como escritor porque he logrado entender que escribir o tener cierto éxito como escritor no es algo que te debe hacer vanidoso, no puedes creer que eres mejor que alguien porque puedas escribir una página relativamente bien escrita. Creo que te responsabiliza también contigo porque, ya lo he dicho, de repente estoy de madrugada leyendo o escribiendo y a veces pienso ¿para quién estoy haciendo esto? Nadie me lo pide, si dejara de escribir ahorita, si no publicara nunca más un libro el mundo seguiría tal cual sigue.

—Entonces, sí piensas en tus lectores.

—Sí, pero pienso más en mí. Es decir, de pronto estoy encerrado en la madrugada con un libro pero estoy tratando de dejar de leerlo porque me tengo que levantar temprano para venir al trabajo y estoy escribiendo y dejo de ir al cine, dejo de hacer otras cosas por meterme a escribir pero pienso, bueno, ¿por qué lo hago? Lo hago porque eso me hace feliz y si soy un hombre feliz, lo más feliz que pueda, evidentemente voy a hacer mejor las cosas y la gente que está en mi entorno va a tener más ganas de acercarse a mí y platicar conmigo y de verme porque no estoy amargado por las circunstancias. Tengo un gran agradecimiento para la gente miserable que he encontrado en mi vida porque me he dado cuenta que no quiero ser como ellos y también estoy profundamente agradecido por la gente maravillosa que he tenido la suerte de encontrarme porque aprendo que quiero ser tan generoso como tal amigo, tan sonriente como tal amiga, tan amable como este cuate, tan apacible como mi mujer, es decir, eso lo agradezco mucho pero también tienes que agradecer a esa mala gente que camina y va apestando la Tierra (risas), como decía Antonio Machado, porque te enseñan a no ser como ellos. A mí me parece que toda la gente mala con que te cruzas en algún momento de tu vida y toda la gente desagradable, grosera, prosaica, toda la gente que hace cosas que tú desprecias, te enseñan que te puedes convertir en eso y yo, en ningún momento de mi vida quiero convertirme en lo que son esa gente que lamentablemente he tenido que conocer.

—Con tantos premios obtenidos, ¿te preocupan las listas de ventas de tus libros?

—(Más risas) No. Tengo la fortuna de vivir en este estado y de haber publicado poco fuera, hasta el momento es una fortuna, porque no vivo de eso, lo que me da la total libertad. Es decir, el siguiente libro puede ser una verdadera tontería y no me preocupa porque no estoy a sueldo de una editorial, entonces escribo lo que se me pega la gana y me hacen, a veces, el favor de publicar eso que escribo y no está mal, a mí me parece maravilloso, y si de pronto hay tres personas que deciden leer mi libro digo, ay, Dios los bendiga y si son tres mil, pues qué maravilla. Tal vez no debería decirlo, pero en el caso de estos dos libros, Aún corre sangre por las avenidas lo editó el Coneculta y es un libro que tiene el cuidado de César Meraz que es alguien que sabe muy bien su oficio, por eso es un libro muy bonito, muy cuidado en todo; Mar en movimiento es un libro que no está cuidado, tiene líneas viudas, tiene errores de edición, tal vez no está bien pegado, etcétera, pero no me preocupa demasiado eso, lo que me interesa es que lo lean. Hay cosas en las que yo no tengo control y a mí me interesa que Mar en movimiento circule, que la gente pueda leerla así como está y que le guste, a esperar que venga Alfaguara y me diga: Papito te voy a editar tu novela. No estoy tan casado con el asunto de que se venda o no se venda. En realidad, lo que me importa es que la gente que lea un libro mío diga, este tipo me interesa.

—¿De todas las cosas que te han dicho tus lectores en torno a tus libros, cuáles te han conmovido?

—Híjole, sería un ejercicio muy vanidoso, porque sí me han dicho cosas muy lindas. He tenido suerte porque ha habido jóvenes, niñas, niños que me han dicho maravillas. Te doy dos ejemplos: Una niña que leyó Carámbura, me dijo que hasta ese momento la llevaba doce veces leída; su maestra, que sabía de la obsesión de esta niña por el libro, me la presentó y le pidió que me dijera una parte. Se sabía de memoria el primer capítulo, estaba realmente conmovido porque yo no me lo sé, por supuesto.

Foto: Alexis Sánchez
Foto: Alexis Sánchez

El otro caso: en Villaflores fui a presentar Beber del espejo y después del rollo que normalmente te echas, de en medio del auditorio se levantó una chava como de diecisiete años y dijo “El orden no existe, el mundo es un caos.” Reconocí la línea porque es de un cuento viejísimo mío, así empieza, y entonces ella siguió diciendo otra parte del cuento y cuando terminó la presentación se acercó a mí y dijo que ese cuento le sirvió para entender muchas cosas de su vida, algo que me pareció impresionante porque el texto habla sobre la indeferencia que tenemos hacia los alcohólicos. Es el caso de un hombre que se dedicaba a cargar muertos en Tuxtla hace muchos años y que era despreciado por todos. Escribí esa historia porque me la contaron cuando estaba borracho y me quedó tan grabada que, al otro día, con una cruda tremenda, escribí ese cuento que es muy furioso contra la naturaleza humana y contra la forma de contar cuentos. Es, entonces, un cuento que transgrede las formas de contar cuentos y habla mal de los seres humanos y habla mal de mí mismo. Por eso me conmovió la chava. Y hay una persona que tú conoces, no te voy a decir su nombre, que tiene Vanterros en su baño y dice que lee un capítulo todos los días y tiene súper subrayado el libro y cada vez que me ve me dice las nuevas cosas que ha descubierto al releerlo, algo que me parece realmente maravilloso. Dice que quiere escribir un ensayo sobre cada capítulo porque cada capítulo podría ser ensayístico. En general he tenido la suerte de que haya gente que me lea y gente que además de leerme le parece que lo que hago puede ser interesante o importante para su vida, un privilegio que no sé si merezca pero que me deja en claro que lo que hago toca algunos corazones, que es, al final de cuentas, lo que quiero hacer.

—¿Crees que el mundo tiene remedio?

—(Risas). Si nos fuéramos todos los seres humanos sí tendría remedio. (Risas). Creo que sí, no sé cómo, no sé cuándo. Siento que he caído en cierto triunfalismo literario, por ejemplo Vanterros iba a terminar con el Apocalipsis, sin embargo, a última hora se me ocurrió que ese no fuera el final y entonces el final es como un renacimiento, un nuevo empiezo del mundo. En Aún corre sangre por las avenidas su personaje central se iba a ir al carajo pero cuando se le aparece el ángel, en la novela, me di cuenta que el tipo no podía morirse, había que darle chance. Mar en movimiento es una novela del perdón. Así que, aunque te dijera lo contrario, la visión que tengo en mis libros es una visión de cierta esperanza, fundada. Te platicaba de la gente despreciable que me he encontrado pero en realidad me he encontrado mucho más gente maravillosa. Y hay gente que intenta hacerme daño pero hay mucho más gente que me quiere, me cuida. Entonces, en términos de mi mundo, del mundo que yo vivo, es evidente que no podría ser catastrofista, creo que hay más gente buena que mala, por lo menos en mi experiencia, y he aprendido a ser feliz y no tendría porque hacer infelices a mis personajes aunque estén en historias terribles como en Aún corre sangre por las avenidas. El mundo sí tiene futuro, por lo menos el mío, el que me toca y el que me gustaría para todos.

 

*Entrevista publicada en cinco partes en el diario El Heraldo de Chiapas, 9 de septiembre de 2005.

9

Me verás perdido en cada capa del mundo
Si alzas la cabeza, si bajas la persiana,
si sales al balcón, si regresas a tu cuarto
Estaré ahí, aunque nada te motive a pronunciarme
Aunque nunca te percates de mi boca
Aunque creas que el reflejo de la luz te cubre
Aunque vengas tan dispuesta y tan ufana
Me verás, a propósito de cualquier luna
Descendiendo de un trapecio, allanando tu mirada,
devolviéndote las ansias sin culpa,
la moral de tu fluido carmesí
Estaré porque todo me seduce
La fusión de la seda y el encaje
El alcance persecutorio del violín
La magnífica obertura de los cuerpos
La victoria que sólo ocurre en la noche

Gustavo Ruiz Pascacio (Tuxtla Gutiérrez, 1963)
De su más reciente poemario: No viene la primavera en las líneas de mi mano

Foto: Leticia Bárcenas González
Foto: Leticia Bárcenas González

Segundo silencio: Ayotzinapa

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”

¿Quiénes son?, ¿están perdidos?, ¿por qué?, ¿están muertos?, ¿ya están muertos?, cuestiona un pequeño vendedor de palomitas y chicharrines a una mujer que sostiene un cartel con las fotos y nombres de los 43 normalistas de la escuela Isidro Burgos, de Ayotzinapa, desaparecidos entre el 26 y 27 de septiembre en Iguala, Guerrero, México.

La mujer se nota incomoda ante las preguntas y sólo responde un sí, en voz baja. El niño sigue observando el cartel mientras come una palanqueta, “son muchos”, dice y se pierde entre la gente.

Texto y fotos: Leticia Bárcenas González

El contingente al que pertenece la mujer, salió del parque Jardín del Arte a las cinco de la tarde, entre consignas: “Esta marcha no es de fiesta, es de lucha y de protesta; ¡Justicia, justicia, justicia!; Vivos se los llevaron, vivos los queremos; Ayotzinapa vive y vive, la lucha sigue, sigue; Porque el color de la sangre jamás se olvida…”

Unos jóvenes aprovecharon los viniles que anunciaban el encuentro entre la selección mexicana de futbol y la selección de Honduras, y otros que muestran diversos apoyos del gobierno a mujeres y campesinos, para hacer en el reverso de éstos pintas con aerosol en las que manifestaban su repudio a los acontecimientos y pedían justicia.

En la calle algunos automovilistas no entendían de qué se trataba la marcha y mostraban cara de disgusto, otros se detenían a observar. Antes de la marcha un médico dijo “es necesario dejar claro que este no es un movimiento magisterial, somos la sociedad civil que se organiza para demostrar que está cansada de lo que está haciendo mal el gobierno”.

El calor no cedía. Los clicks de las cámaras tampoco, la foto del contingente, la foto a la máscara de cerdo, la foto a la chica guapa, a aquella otra con su bicicleta y playera verde fosforescente. A las mantas, a las cartulinas.

Un chico, de cabello rizado y una banda roja sujetándoselo, empezó a pasar lista a los normalistas desaparecidos:

Víctor Manuel González Hernández: ¡Presente!

Saúl Bruno García: ¡Presente!

José Ángel Navarrete González: ¡Presente!

Jorge Aníbal Cruz Mendoza: ¡Presente!

José Ángel Campos Cantor: ¡Presente!

Jorge Álvarez Nava: ¡Presente!

Ismael Caballero Sánchez: ¡Presente!

Y continúa la enumeración para terminar exclamando a una sola voz: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

La gente en las calles voltea, los empleados de los negocios salen a la banqueta, leen las mantas, algunas personas se asoman desde los balcones o ventanas de los segundos pisos, se solidarizan o muestran enfado.

El ruido de los autos y los cláxones no logra silenciar las voces: “Alerta, alerta que camina la lucha estudiantil por América Latina…”

Puños en alto, aplausos, pasos calmos, no hay prisa por llegar, el otro contingente viene del lado poniente. Al pasar frente a las instalaciones del Partido Verde Ecologista los gritos de “esos son, esos son, los que chingan la nación”, no se hicieron esperar.

“Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar por un gobierno obrero, campesino y popular”, esa y otras consignas hacen recordar algunas marchas de 1988, en las que estudiantes, amas de casa, trabajadores y campesinos, apoyaban la candidatura de Rosario Ibarra para presidenta. Las consignas no han cambiado…

Doña Rosario, esa “ama de casa, de vida breve, común y corriente” como la describió una vez la escritora Elena Poniatowska, inicia su lucha en 1973, cuando su hijo Jesús Piedra es desaparecido por el gobierno represor, y se convierte paso a paso en un símbolo, en un espejo de las contradicciones del sistema político mexicano. Su voz es la voz de madres y padres que en su familia padecieron la brutalidad del aparato policiaco y que dejó en claro la falta de garantías para aquellos que se atreven a disentir.

41 años han pasado desde la desaparición de Jesús Piedra Ibarra y hoy, la sociedad mexicana tiene una larga lista de jóvenes por quienes levantar el puño y gritar: “Gobierno farsante que matas estudiantes…”

Hay momentos en que el calor o la desesperanza, no lo sé, hace parecer que los gritos en realidad son un lamento, una oración.

Al llegar al parque central se unen más personas que por diversas circunstancias no participaron en la caminata pero llegan a demostrar su solidaridad, algunas se saludan con alegría, con el gusto que da el reencuentro de amigos.

Empieza el acto protocolario, un joven lee una carta dirigida a un normalista de Ayotzinapa.

Las cámaras y los celulares sirven para hacer el registro: el orador, la multitud, los carteles, los rostros de quienes desde el balcón de palacio de gobierno observan, la chica con una bandera blanca y negra, los mismos fotógrafos. Que no quede en blanco la memoria.

El ular de las sirenas de una ambulancia distrae a la audiencia. El chico termina su lectura levantando el puño. Un hombre delgado, de playera azul y lentes oscuros, ha estado muy atento, se nota conmovido y aplaude. Vuelve la consigna: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Toman la palabra diversos oradores; la música también sirve para expresar el repudio a la violencia: “Ya no más sangre, ya no más muertes señor presidente…” canta Aire Nuevo Music & Feeling

Llega un contingente de docentes de la sección 7. Traen consigo cajas forradas para simular féretros, veladoras y más pancartas. La tarde empieza a caer, las voces de los nuevos oradores también… los ánimos vuelven a revitalizarse, se invita a una profesora normalista de Ayotzinapa a tomar la palabra, nombre a los estudiantes que fueron sus alumnos.

Arriba al zócalo tuxtleco el contingente de los estudiantes de la Escuela Normal Rural Mactumactzá, visten playera negra la noche los recibe al igual que la gente reunida; se desplazan ordenadamente, colocan en el piso una manta roja y se colocan alrededor de ella, del lado sur los hombres, del lado norte las mujeres, al poniente hombres y al oriente la gente los observaba, los escucha atenta: “Hasta la victoria siempre, sí señor; hasta la victoria siempre, sí señor…”

Encienden veladoras, dos oradores más toman la palabra. Por hoy, termina el evento.

La lucha seguirá dicen a coro los normalistas presentes.

La noche cobija la plaza, los pasos se dispersan, las voces se niegan al silencio.

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

 

Gustavo Ruiz Pascacio, poeta y ensayista

“Es el país de las historias profanas contadas a contraluz en un rincón gótico. Es la bocanada de humo más próxima a la hoguera donde serenan sus almas los errantes y los infaustos. Es el alivio a la seducción de los claroscuros en un instante retinal…” No, no es México ni algún otro país latinoamericano, la poesía de Gustavo Ruiz Pascacio habla de un país interior de memorias y desvelos.

Revisando el archivo de Desmesuradas,  disfrutamos nuevamente la charla con el poeta Gustavo Ruiz Pascacio, autor de los libros «Escenarios y destinos» (Coneculta-Gobierno del Estado de Chiapas 2008) y “La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma” (UNICACH 2010), entre otros, por lo que invitamos a quienes no lo conocen, se acerquen a él y a su trabajo, y a quienes lo conocen, encuentren en esta entrevista realizada en 2003 a un ser de carne, hueso y gran sensibilidad.

El amor, la filosofía y la poesía: ‘son inútiles, pero indispensables’

Leticia Bárcenas González

Gustavo Ruiz Pascacio, con su obra/ Foto:Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio, con su obra/ Foto:Cortesía

Nacido hace 40 años en el Barrio de San Roque, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, Gustavo Ruiz Pascacio, Premio Nacional de Ensayo Luis Cardoza y Aragón 2003 para crítica de artes plásticas, fue galardonado en Monterrey, Nuevo León por su trabajo La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma. El jurado del premio, convocado por el Instituto Nacional de Bellas Ates, estuvo conformado por Paulina Lavista, María Minero y Xavier Moyssén.

Aún bajo los reflectores de este galardón, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, edita y presenta su poemario El amplio broquel de la melancolía, del que el poeta y ensayista dice: “Es un parteaguas en mi trabajo poético. Pasa por cuatro escenarios tangibles de la figura central del poeta que son la casa, la calle, la tumba y, finalmente, el escudo de la melancolía. El escudo de la vida desde el lado sufriente y desde el lado gozoso, ese es el escudo de la melancolía para mí.”

Esta charla, con Expreso Chiapas, se da en su casa, un lugar lleno de luz en el que aún hay huellas de sus fantasmas “los de la carne”, por supuesto, y que, a decir de Gustavo, le acompañan en sus momentos oscuros. Me invita un refrescante y delicioso vaso con agua de papaya, preparada por él, ya que también sabe cocinar y, asegura, lo que mejor le sale son los caldos… de cultivo.

Como buen ariano, dice ser celoso y posesivo aunque reconoce que es menos posesivo de lo que la astrología dice, ya que “lo he sido pero no ha traído buenas cuentas, así que estoy en otro proceso.” En cuanto a las otras características de su signo zodiacal (Inteligentes, ordenados y entregados al trabajo) aclara “Trato de ser ordenado y disciplinado hasta donde puedo. Hasta para mis manías soy disciplinado, las manías son manías y hay que disciplinarse”, afirma entre risas. Al preguntarle cuáles son esas manías, sonríe y hace un gesto como de contarlas, “La principal es el asombro por lo otro y por el otro, y es ese asombro lo que me lleva a explorar las multitudes o la intimidad, de mi mismo que encuentra al otro, y la intimidad del otro amado o del otro desamado, o desarmado”. Reímos.

Sin embargo, al hablar de su trabajo como creador, Gustavo Ruiz Pascacio, se vuelve serio; lo imagino en su salón de clases, en la Unach, como profesor:

–¿La poesía tiene una finalidad? ¿Cuál es?

–Alguien dijo una vez que en esta vida había tres cosas inútiles: el amor, la filosofía y la poesía; inútiles pero indispensables. La finalidad central de la poesía, para los lectores, es de alguna manera detonar todas las posibilidades emotivas que el ser humano tiene inherentemente, y que de una u otra manera, la vida cotidiana de este mundo posmoderno, sobre todo, nos ha dificultado encontrar. En ese sentido la poesía sí tiene una finalidad en términos estrictos de pensar en propósitos utilitarios, corro un riesgo al decir este término. Ahora, si tú me preguntaras para mí qué es la poesía, te diría que es revelación. Revela no sólo el interior humano sino lo que está más allá de nuestra realidad, que no alcanzamos a palpar pero que eso no implica, y no significa, que no esté ahí. Uno de esos elementos centrales que no palpamos es el interior de nuestra sensibilidad y la capacidad humana que tenemos de asombrarnos, de maravillarnos, de sufrir y de gozar.

–¿Y es cierto que en poesía lo más importante es la forma y no la anécdota?

–Es una conjunción, el poeta, por sobre todas las cosas, aun cuando estemos en un periodo donde las teorías de interpretación históricas están en un colapso y en donde, incluso, hay teóricos que niegan a la historia como disciplina, como ciencia, en donde hay una negación también del sentido de lo humano, considero que independientemente de todo ello, la poesía debe volver al canto, eso implica volver a una conjunción de lo que tú llamas anécdota, y yo llamaría contenido, y evidentemente, la forma. ¿Por qué? Porque en la poesía todo es diálogo. En la poesía se produce un detonante que es el ritmo y la sincronía. Todo el proceso cósmico, todo el proceso universal es eso, ritmo y sincronía, y si no lo encontramos en el poema, entonces, no encontramos el poema.

–Cuándo has terminado un poema y lo lees ¿te sorprendes?

–Me sorprendo desde el momento en que tengo la posibilidad de construir y de encontrar el poema, porque, pienso, el poema no sólo se escribe en términos llanos, el poema se encuentra, el poema se construye. El poema es un ente, un ser más, que está y no está porque finalmente está hecho de lenguaje. El lenguaje es lo que somos pero lo que somos es sólo lo que podemos reducir a conceptos y a formas.

–¿Cómo eliges el título de un poema?

–Por lo regular elijo títulos de poemarios. Generalmente no escribo poemas aislados, escribo más bien, o pretendo escribir, siempre un poema de largo aliento: lo que ocurre es que lo voy dividiendo en partes, o el poema se va manifestando y se va dando en partes. Entonces, lo que escribo son poemarios en términos de un largo aliento. Y el título se revela, llega y al llegar lo que uno decide es si accede a la posibilidad de desarrollar todo lo que ese título implica o si lo deshecha; en ese sentido, cuando el título me llega y me asalta, trato de llevarlo al plano de mi racionalidad y entonces empiezo a trabajar los posibles escenarios en los cuales pueda cantar ese título y ese poema. De ahí, defino si va a tener tres o cuatro partes, qué tanto de extensión puede tener, cuáles son los temas que va a tocar, con qué aliento lo va a hacer, desde que voz tonal lo va a desarrollar, en fin, tiene que llevar un proceso previo a la escritura. Ya el acto de la escritura es diferente. Pero el proceso previo a la escritura, pienso, debe pasar por ello, porque no sólo pasa por el tamiz de la inspiración en términos casi dionisiacos, sino que también, y sobre todo, tiene que pasar por el tamiz de la reflexión.

–Entonces, ¿los títulos surgen primero y después el poema?

–En mi caso, los títulos del poemario surgen primero y ya después se va atando y se va construyendo el poema en sus diferentes facetas.

–¿Te preocupa que los lectores de tu poesía la comprendan de una manera distinta a como tú la pensaste?

Gustavo Ruiz Pascacio visitando Puebla/ Foto: Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio visitando Puebla/ Foto: Cortesía

–No, Al contrario, me anima mucho que así sea, porque la poesía, como toda manifestación artística, tiene una multiplicidad de sentidos y aunque nosotros, los escritores, y los poetas en particular, quizá tenemos un público hipotético, cuando estamos escribiendo de alguna manera dialogamos con nuestros fantasmas, dialogamos con un desconocido que es nuestro lector, y aunque existe un lector hipotético, existe también un lector inesperado y ese lector inesperado puede estar en consonancia con nuestros estados anímicos que resolvieron la emotividad del poema, pero también pueden no estarlo y eso finalmente me lleva a la sorpresa.

–En algún lugar leí que un poeta decía que la poesía es la aventura de la libertad ¿Qué opinas?

–Sí, así es, en el sentido de que nos hace más capaces de poder integrarnos y a la vez de poder disgregarnos. La poesía tiene un doble andamiaje, un doble motor, por así decirlo: integra todo aquello que el ser humano encuentra emotivamente pero a su vez lo disgrega porque lo transmuta, lo convierte en algo más allá del poema, en ese sentido, pienso que esa capacidad de integrar y disgregar, es decir, de asociar y volver a disasociar, sólo lo puede dar el espíritu de la libertad.

–¿Escribir te angustia?

–Depende de lo que escriba. Hay temas, situaciones, anécdotas, circunstancias que angustian, pero hay circunstancias también que relajan, te vuelven de pronto más luminoso. Todo depende, hay momentos oscuros, hay otros lumínicos, en uno y otro puede estar presente la angustia, el dolor, pero también la festiva posibilidad de amar.

–¿Eres una persona pasional?

–¡Sí, por supuesto que lo soy! ¡Uno tiene que vivir con pasión! Con pasión tiene uno que angustiarse, con pasión tienes que animar los sentimientos más sublimes que puedas encontrarte en el camino, eso sólo lo da la pasión. Hay un verso que me fascina mucho, está en ese gran libro llamado Biblia, que se llama El Cantar de los cantares: “Tan fuerte como la muerte es el amor y la pasión, tenaz como el infierno”.

–¿Qué despierta tu pasión?

–En términos generales la literatura. Decidí tener un proyecto de vida que es la literatura, y estrictamente, digamos, en términos de género, obviamente el efecto más importante en este camino es la poesía, pero también escribo ensayo. Me apasiona mucho la investigación literaria.

¡Me apasiona la vida! La vida tiene que ser apasionante en todo momento y en todas sus circunstancias; me apasiona desde una caminata en la madrugada hasta un partido de futbol, soy un apasionado del futbol. El futbol no es una actividad para mentes pequeñas como alguien alguna vez lo definió. Creo que el futbol es la capacidad masiva, universal, que nos devuelve al origen tribal de lo que somos, en ese contexto es fundamental; cuando uno entra a un estadio de futbol, cuando uno ve a la masa, cuando uno, de pronto, intenta entrar al interior de  esa masa y descubrir sus motivos, sus encuentros, sus desencuentros, sus agonías, sus necesidades, sus efectos, es mágico, es extraordinariamente mágico. Y de pronto ver a esos veintidos tipos que están ahí horadando entre una y otra forma, esos aspectos tribales te hace encontrar que ese es el origen de lo que somos finalmente. ¡Eso es pasional! ¡Eso es simple y sencillamente apasionante!

Gustavo Ruiz Pascacio en su casa/ Foto: Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio en su casa/ Foto: Cortesía

Gustavo dice que en su tiempo libre practica futbol y el frontenis de cancha chica, le emociona hablar del tema, pero irremediablemente regresa a su pasión primera, la escritura. “Le voy a las Chivas del Guadalajara. No sé si por un efecto nacionalista o nacionalero. ¡No! Es más por una especie de tradición familiar. Te lo platico. En el Tuxtla de finales de los 70, la única posibilidad de comunicación con el exterior era el cine, la radio y las charlas que podías tener con los familiares mayores, tus tíos o tus abuelos. Recuerdo que mi padre se sentaba conmigo y escuchábamos los partidos de futbol que transmitía la XEW, entonces, para mí, esa posibilidad de encontrarme con la radio y con esa masa que no veía pero que estaba ahí, con el alarido que estaba de pronto ahí, de la emoción que era transmitida solo por una voz; para mí fue importantísimo para detonar ciertos aspectos de mi imaginación, ya lo demás lo detona el libro y lo detona la experiencia de lectura, pero esas circunstancias, esa anécdotas, esas posibilidades de encuentro con aquello que es lo maravilloso de lo que está ahí, pero que sabes que hay una invención, que además no está ahí. Eso para mí fue extraordinario.

–¿Qué leías de niño?

–Empecé leyendo cómics, como todos. Leía Kaliman, y me da mucho gusto que un amigo cercano, Arturo Guichard,que es doctor en filología clásica, catedrático en la Universidad de Salamanca, en España, tenga en su biblioteca la colección de Kaliman. Para mi es interesantísimo porque da una posibilidad de lectura del  comic más allá de lo que usualmente pensamos. Yo empecé leyendo Kaliman y Memín Pinguín. En una ocasión, cuando tenía ocho o nueve años, mi padre llegó con una gran caja de libros y nos llamó, a mi hermana y a  mí, y nos dijo que acababa de adquirir esa colección, que él no nos iba a dejar dinero, que la única posibilidad de herencia era la educación y que si alguien quería acercase a los libros, allí estaban. Entonces, a los nueve años estaba leyendo La Divina Comedia, Orlando Furioso (de Ariosto), Jerusalén libertada (de Tasso), obviamente, no entendía algo, pero que bueno que no entendí porque ahí es donde me di cuenta que la literatura no es lo que piensas, la literatura lo que te deja es la comprensión de la sensibilidad humana. Finalmente, a mi me dio esta posibilidad de comprender una sensibilidad humana y me dio un detonante para la imaginación, extraordinario. Con eso me di cuenta que uno sí puede dialogar con los libros, que uno sí puede dialogar con los autores, que uno sí puede debatir con los autores, que uno sí puede encontrar su propio libro en cada obra.

–¿Cuándo o a qué edad empezase a escribir poesía?

–Bueno, primero escribía canciones. En la prepa escribía canciones y leía, leía bastante. Quería estudiar literatura pero se me atravesó en el camino una sicóloga, en la prepa, y me dijo que para qué iba a estudiar literatura, me iba a morir de hambre, que yo lo que debería estudiar era derecho, entonces, le hice caso; me fui a estudiar derecho y fue verdaderamente atroz, terrible, deleznable, pero me tuve que aguantar porque no tenía otra posibilidad en ese momento, entonces, terminé la carrera, vine a la casa y le dije a mi papá: aquí está (el título), me voy a estudiar literatura. Bueno, me fui a trabajar un año y ya después de haber trabajado ese año, decidí estudiar literatura. Entonces, empecé a escribir, de manera más formal, por así decirlo, integrándome a talleres, aproximadamente en 1985. Desde esa fecha he estado ya de lleno en el trabajo literario y prácticamente desde 1987 a la fecha, vivo y como de la literatura. No me preguntes cómo vivo y cómo como, ¿verdad?, pero vivo y como de la literatura.

–Dice el poeta argentino Jorge Santiago Perednik que en poesía, la pasión es una de las reglas del juego, ¿cuáles serían las otras?

–Las otras son, pienso: una, el asombro, otra, la certeza de que lo que estamos cantando y escribiendo es algo que está ahí y que no está ahí, es lo inasible. Otra posibilidad más es la conjunción con lo que somos. La conjunción con lo que somos es una regla, la conjunción con lo que somos es el lenguaje, la conjunción con lo que somos nos lleva a, lo que te decía inicialmente, el ritmo y la sincronía. El ritmo y la sincronía creo que serían las últimas y las primeras reglas, a la vez, de la poesía. ¿Por qué las últimas y las primeras? Las primeras porque todo deviene de un ritmo y de una sincronía, en la vida y en el cosmos, y segundo, las últimas, porque dependiendo de esa capacidad de ritmo y de sincronía vas a tener le resultado final que es el poema. El resultado final que es el poema, es también parte de un proceso sincrónico que sigue más allá de ese poema, entonces, resumiría en esas: el asombro, la certeza de lo inasible, la conjunción del lenguaje y el ritmo y la sincronía de un todo.

–¿Cuál es tu opinión sobre la poesía que se realiza actualmente en México?

–Creo que a raíz de la desaparición física de Octavio Paz, hay un reacomodo en la poesía mexicana. Un reacomodo en cuanto a las variantes, a las posibilidades temáticas, a la forma de concebir la poesía, como género y como modo de vida. Desde ese punto de vista, hay una generación encabezada por gente como José Emilio Pacheco, como Eduardo Lizalde, que, de alguna u otra manera, son ya las voces consolidadas en la poesía mexicana, y de ahí tendríamos una generación inmediata, de entre una década posterior o de quince años posteriores en nacimiento a ello, que estaría encabezada, tal vez, por Antonio Del Toro, por Fabio Moranto, por David Huerta, fundamentalmente, esto a nivel nacional.

–¿Y en Chiapas?

–En Chiapas hay un problema central que es creernos esa conseja popular que dice que quien levante una piedra encuentra un poeta. En Chiapas no somos los vástagos de la piedra, no. Los vástagos de la piedra es una invención jocosa y “faciloide”, no. En Chiapas la poesía requiere una revisión fundamental y, pienso, ya hay algunos poetas que sí están ejerciendo esa revisión fundamental a la poesía como acto de lenguaje; esos poetas los podemos contar con los dedos de una mano.

El poeta disfrutando el paisaje/ Foto:Cortesía
El poeta disfrutando el paisaje/ Foto:Cortesía

–¿Quiénes son?

–A nivel nacional, evidentemente, Efraín Bartolomé, que es un parteaguas porque es el retorno al sentido ministerial de la poesía, y eso, en Chiapas al menos, no se había ejercido antes de él. Y ya desde nuestro estado hacia el exterior, pensaría en las voces de Roberto Rico, de Luis Arturo Guichard, de Carlos Gutiérrez, y de un poeta nacido aquí, en Chiapas, poco conocido en el estado porque su trabajo lo ha realizado más al exterior pero que es un joven muy talentoso, Ignacio Ruiz Pérez, y completaría este grupo con el trabajo de Marco Fons. Creo que son los poetas que han decidido creer en una poética, es decir, creer en la posibilidad de una consonancia del lenguaje a través de la palabra, con sus diferentes posibilidades, con sus variantes, cada uno dentro de sus escenarios, cada uno dentro de sus temáticas, pero fundamentalmente estaríamos hablando de ellos.

–¿Se ha superado la sombra del poeta Jaime Sabines?

–Creo que estas voces que he mencionado apuestan a ello, desafortunadamente sigue existiendo un modo sabiniano de escribir. El problema no es parecerse a Sabines, ese no es un problema, porque la poesía de Sabines tiene momentos puntuales muy importantes y fundamentales de la poesía hispanoamericana. El problema es asumir a Sabines como el eje rector de las voces de la poesía en Chiapas, ese sí es un problema. Y no nos hemos querido dar cuenta, quienes estamos inmiscuidos dentro del ejercicio de la poesía, que una cosa es que la poesía de Sabines sea adoptada por la colectividad y por los lectores múltiples que tiene, y otra es que la poesía de Sabines decida y genere los elementos rectores del lenguaje poético en Chiapas, hacia eso sí se debe ejercer, desde mi punto de vista, una actitud critica.

–¿Crees que la poesía actual perdurará en el tiempo?

–No lo sé, tendría que regresar dentro de cien años y tal vez, por efecto de alguna doctrina esotérica lo podría realizar pero en términos de la tangebilidad no lo creo.

Al fotógrafo y a mí nos sorprende su respuesta, Gustavo se da cuenta y ríe, nos ofrece más agua y retoma la respuesta: “No lo sé. Si la poesía actual tiene una vocación de lenguaje que va más allá de la temporalidad, del tiempo histórico que nos toca vivir, creo que sí, porque como decía Borges: si dentro de 300 años en alguna biblioteca de viejo, alguien encuentra un libro mío, lo abre, se emociona y empieza a dialogar conmigo, entonces quiere decir que soy inmortal. Ese es el sentido de inmortalidad precisamente, eso, no hay nada más, y eso es lo que hace tangible y válido que podamos seguir leyendo hoy en día a Dante, que podamos seguir leyendo El Cantar de los cantares, eso es lo que lo hace válido, es su intemporalidad.

–¿En poesía es posible la reproducción de un texto en otro idioma, es decir, existe la traducción o es una mera reescritura? ¿Es válido leer traducciones?

–Es un problema acercarse a las traducciones de literatura porque lo más recomendable es que esa traducción sea una versión a una segunda lengua. Si nos acercamos con los ojos de ser unos lectores que estamos leyendo una versión a una segunda lengua de una obra escrita no en nuestra lengua materna, así sí es recomendable, pero si nos acercamos pensando que es una traducción literal entonces estamos equivocados, porque cada lengua tiene su forma de ver el mundo, cada lengua tiene su forma de expresar, incluso, figurativamente el mundo.

La imaginación es universal y eso ya es una garantía pero las posibilidades semánticas y sintácticas de cada lengua son completamente diferentes entre unas y otras, aún en lenguas que tengan un mismo tronco lingüístico como las lenguas romance, la traducción que se pueda hacer del italiano de la Divina comedia al español, no debe ser una traducción literal, que no nos lleva nada, no implica nada, no implica un proceso de aprehensión de la intencionalidad de esa lengua; no hablo de la intencionalidad del autor, sino de la intencionalidad comunicativa de la lengua que es una cuestión diferente.

Leer traducciones sí es importante, porque debemos estar en contacto con todas las manifestaciones artísticas, y en el caso de literatura, con mucha mayor razón, pero con el tiempo los lectores se van volviendo más agudos y más críticos, esto va siendo parte de la astucia y maña, así como creo que hay una astucia y maña periodística, y hay astucia y maña fotográfica, creo que hay una astucia y maña de lectura, entonces ya logras identificar a estas editoras “patito”, que tienen malas traducciones, de las que tienen traducciones confiables por la tradición que tienen como empresa, por el prestigio que tienen sus traductores, en fin, todo esto es importante.

Ruiz Pascacio, también hace referencia a las editoriales que se preocupan porque el autor, si está vivo y si conoce la lengua a la que

Gustavo Ruiz Pascacio, leyendo su obra/ Foto:Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio, leyendo su obra/ Foto:Cortesía

va a ser traducido, coteje, se comunique con los traductores, les dé su punto de vista. O que cuando están traduciendo textos, incluso antiguos, buscan especialistas filológicamente en ellos, ya que “No es el mismo inglés en el que escribió (William) Shakespeare que el inglés con que escribe (Arthur) Conan Doyle, por ejemplo, es decir hay serie de variantes socioculturales, históricas, lingüísticas, en fin. Y eso mismo lo vemos en nuestra lengua, es decir, concretamente, en la tradición chiapaneca, no es el mismo lenguaje que encontramos en Efraín Bartolomé que el que vamos a encontrar en Jaime Sabines. Los dos pueden abordar el contexto amoroso, los dos pueden abordar el problema de la cotidianidad, pero desde dónde va a ser abordado, con qué elementos lingüísticos, bajo qué recursos figurativos, con qué bagaje imaginativo. Sus espacios geográficos, sus espacios poéticos y sus espacios lingüísticos son diferentes, si esto ocurre en una literatura que podemos regionalizar en la literatura chiapaneca, escrita en lengua castellana, ahora imagínate si esto lo extendemos a todo el mundo.”

Gustavo habla emocionado, irradia vitalidad, asegura que en su vida hay amor “Siempre debe haberlo.” Y que en ese sentido,

también trata de llevar a la práctica lo del ritmo y la sincronía, “trato de serlo y de hacerlo.” Reímos, la charla ha llegado a su fin, antes de despedirnos toma su guitarra y nos canta una hermosa canción.

Gustavo Ruiz Pascacio nos recuerda que “La palabra no es retorno a la vida sino retorno a los que somos.”

 

*Entrevista publicada en dos partes en el diario Expreso Chiapas, 14 y 15 de noviembre 2003.

José López Arévalo, in memoriam

José López Arévalo

Pepe López Arévalo escribió su última palabra y no fue en su ya famosa columna Línea Sur, sino en su corazón; escribió para despedirse de la familia, las amigas y los camaradas que lo acompañaron amorosa y solidariamente en la lucha que libró contra el cáncer. José López Arévalo, activista estudiantil, militante comunista, preso político, periodista, ¿qué más se puede decir de él?

            Que su andar por la vida fue congruente con su pensamiento, que su hablar y su escribir fueron irreverentes, como las imágenes de las chicas que mostraba en su columna, que para él escribir era una enfermedad de la que no podía ni quería escapar porque era una enfermedad libertaria… Como un homenaje luctuoso comparto con ustedes una entrevista que me concedió hace casi una década.

Leticia Bárcenas González

–¿Cómo defines la naturaleza de Línea Sur?

–Como una columna intimista porque más que lectores uno busca cómplices. Es una columna que difiere de las otras. Inicialmente se buscaba un poco más de irreverencia, pero en realidad termina en una serie de complicidades con sus lectores porque son los que marcan muchas veces la pauta. Por ejemplo, cuando le das lectura lo que más le caracteriza para el lector poco común y que no conoce de periodismo es, pongamos, las fotos de mujeres desnudas; cuando he hecho intentos vagos, no de cambiar pero sí ser menos continuo en esa línea de sacar mujeres hermosas –obviamente–, sino también de sacar alguna caricatura política o algo así, me hablan a la redacción para decirme no, no, no, a chingar tu madre con el arte, queremos que sigas sacando mujeres desnudas. Entonces, es una columna que de entrada difiere de las otras porque a los lectores que llega no son de la clase política, llega a los sectores a los cuales los otros medios no llegan. Tratamos de ser una competencia diferente; quienes escriben para el poder están preocupados por quién va a ser el secretario de Gobierno, quién lo va a suplir, cuáles son las pugnas internas en el gobierno o las pugnas entre los funcionarios públicos, cosas que, creo,  al locatario, al ama de casa o al estudiante “normal”, no les interesan, ni les va ni les viene. Entonces, te agradecen más un chiste –aunque sea reciclado–, alguna anécdota, algún desmadre, una crónica bohemia; creo que lo agradecen por lo menos por dibujarles una sonrisa.

José López Arévalo
Pepe López Arévalo leyendo Xmedios en su bunker / Foto: Xmedios

–Por su contenido cualquiera diría que tu columna es machista…

–Ufff, todo lo contrario. Es completamente feminista porque a nivel de cuentos y chascarrillos comulgo más con las ideas feministas, el sacar mujeres guapas y estéticas, con erotismo, creo que es un homenaje a las mujeres. A parte de que tengo muchas amigas lesbianitas que también lo agradecen.

–Por las fotos que publicas parece que eres un adicto a las páginas porno.

–No, no. Creo que es una mala lectura porque no saco fotos pornográficas. Son mujeres vestidas, a lo mucho enseñan los senos, que son además generosos. No saco fotos grotescas ni nada por el estilo. He sacado, inclusive, algún desnudo masculino pero tienen poca aceptación hasta entre las mujeres. Como que no les gusta, lo rechazan, no están acostumbradas al desnudo masculino.

–Esas mujeres fenomenales de las que escribes y tus célebres borracheras ¿son la neta o literatura pura?

–La mayoría son la neta, protejo nada más los nombres de las personas involucradas no porque estén casadas, no, yo sí estoy casado pero mi mujer es liberal, es libre, no tengo problemas por eso, pero las amigas luego sí, por su mamá, por su papá o por sus amistades, por no quemarlas. La mayoría sí son vivencias, no necesariamente personales, a veces son de algún cuate, por ejemplo luego escribo que en el sillón se revolcaron y se mordieron las nalgas, hablo por alguna amiga o por algún amigo, no necesariamente soy yo.

–Entonces tu Marypower no te censura.

–No, para nada. No podría. No podría porque ella también hubiera sido censurada de antemano porque sabía el ritmo cardiaco en el que yo me desenvuelvo.

–¿Por qué escribir y no otra cosa?

–Escribir es para mí algo compulsivo, aunque sin caer en los extremos de Letras prohibidas, en donde el Marqués de Sade es reprimido y llega a escribir con sangre y hasta con la mierda. Yo no podría dejar de escribir. Si veo una película llego a mi casa o a la oficina a escribir qué tal me pareció, si es que trasciende algo en mí, ya sea por chingona o por mediocre. Igual un buen libro, lo leo y me nace describirlo para decir está bueno o es una porquería; una mujer guapa o quizá una mujer fea, cualquier cosa que genere un cambio en mí. Y eso es una chingonería, que no he perdido la capacidad de asombro. Escribir es una enfermedad, no puedo dejar de escribir.

José López Arévalo / Foto: Xmedios

–En esto de escribir, ¿lo tuyo es la putería, como te dijo un amigo?

–Eso me lo dijo directamente el dirigente del Mercado de Los Ancianos. Dijo no, no, no escribas de política, lo tuyo es la putería, es lo que disfrutamos, así que échale más por ese lado. Y definitivamente a mí me gusta más eso. Si a mí, en un momento determinado me pagaran por ese trabajo, me dedicaría a escribir de sociales, espectáculos y vivencia diaria. Sería un cronista de desmadres, cantinas y puteros. Desgraciadamente a nadie le interesa eso, me refiero a nivel de empresarios, a nivel de pueblo si les gustaría un chingo. A pesar de que digan que ya hay un muchos periodistas, existe un gran vacío de cronistas, de sociales por ejemplo –salvo el Duque de Santo Ton que hace algunos intentos–,  pero en realidad ninguno me hace ver ni sentir la emoción de los que se están casando, ni siento que le están poniendo el anillo nupcial, ni intentan meterse en la cabecita de alguno de los contrayentes o de quienes los rodean. No hay crónica social ni crónica policiaca, no hay crónica de algo, es pura, no digamos que porquería, pero la mayoría sí. No dan ganas de leer los periódicos, locales al menos.

–¿Tus kamarradas te buscan por lo que escribes o por el vodka?

–Creo que primero por mis amigas, tengo un chingo de amigas. Soy una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre. Tengo muchas amigas, llego a ser su confidente, su alcahuete, su papá, hermano o hijo que no tuvieron. En ese nivel me buscan mucho, tengo muchas, muchas amigas, de eso sí me puedo preciar, y a ellos les gusta tener un cuate que tenga muchas amigas y aparte, el desmadre, la irreverencia. Además mi cueva es un lugar bastante libre al que cualquiera llega, que si le pegó su mujer o no lo cogieron bien en la mañana, pues se siente con ganas de venir a platicar o echar la cervecita o a desayunar, y como uno es libre, pues en ese momento se solidariza con los cuates.

–¿A Kemosaby le gustaría entrarle a la polaka o al table dance?

–No, a ninguna. Al table dance no porque sería un acto de cinismo, debería primero meterme al gimnasio y estirar un poco, a lo mejor con algún ladrillo, mi pequeño clítoris que tengo entre las piernas. Pero a la política no, aunque de alguna manera hacemos política, el periodista no es ajeno a esto; al denunciar o al propagandizar los rollos políticos de tal o cual partido sin duda estamos involucrados en la política, aunque no necesariamente en la política electoral. La política electoral en realidad no me atrae, pero tal vez sí podría ser suplente de alguna dama que fuera candidata a lo que sea; pero a nivel de echar desmadre, de ir a las cantinas y a los puteros, no por ganar sino por ser un poco irreverentes y por darle algo de sabor al caldo.

Pepe Arévalo2_Archivo Xmedios
"Escribir es una enfermedad, no puedo dejar de escribir." / Foto: Xmedios

–¿Cuál es el camino de la clandestinidad al periodismo?

–Para empezar no se programa, es un proceso de evolución o involución, depende del ángulo en que se mire, en el cual se van perdiendo, o ganando, virtudes o defectos que hacen que su gradualismo te lleve a otro extremo de tu vida sin que te des cuenta, hasta que en un momento determinado estás “estacionado” y descubres que el ayer queda algo retirado, inclusive ya ni te acordarías de cómo o por qué actuaste de tal o cual manera. En mi caso no fue un proceso de descomposición y menos de traición, tan es así que los grupos guerrilleros y rurales todavía me tiene en buena estima, pero sencillamente no me llenó las expectativas; quizá fui víctima también de lo que se llamó la crisis de los paradigmas, la caída del Muro (de Berlín), el proceso de reflexión y también de las crisis que hubo al interior de los grupos acá. Fue muy desgastante para mí ver a compañeros líderes inducir procesos de depuración en los cuales perdieron la vida amigos y amigas muy valiosos, que me dolieron mucho y me hicieron ver que a lo mejor yo no estaba hecho para eso, a lo mejor me faltó estatura, no sé. Pero he tratado de ser congruente con mis sentimientos y tan pronto sentí que los proyectos del cambio y de la revolución ya no iban conmigo, me salí de ese proceso para no, en un momento determinado, vivir desencantado o ser un blanco fácil de la delación al ya no creer. Creo que me salí a tiempo; igual otros salieron, otros siguen, respeto a todos, yo también lo único que quiero es que me respeten y por mí, como decía mi abuelita, que cada quien haga de su culo un arrabal.

–El Che Guevara o Marcos.

–El Che Guevara, Marcos para nada. Quizá se le admire por su irreverencia y su sarcasmo; sus paradigmas llevan a muchos sectores pequeño burgueses a admirarlo, pero yo, no dudo que es un cuate muy congruente y lo respeto y le tengo cierto grado de admiración pero el Che Guevara es otra cosa. Hay un mundo luz de distancia.

–Entonces, no crees que todos somos Marcos.

–No, para nada; malaya todos fuéramos narcos, para que todos tuviéramos paga…

–No, narcos no, Marcos.

–No, definitivamente no, no todos somos Marcos. A parte hay mucha incongruencia entre los postulados del zapatismo y sus hechos, el mundo en el que todos quepamos que tanto pronuncian. Yo conozco los círculos zapatistas de los campesinos y es una intolerancia tremenda donde hay ajusticiamientos y hay zonas en donde “barren” para mantener su dizque liderazgo y sus creencias. Y él (Marcos) mismo lo reconoció cuando hablaba de que el zapatismo o la lucha armada tuvo mucha intolerancia.

[box style=»rounded»]Kemosaby y el cuerpo

Cabello: Empezaste muy duro, pero diría deseo.

Ojos: Café claro.

 Boca: Sensual.

 Lengua: Ohh, felación.

 Cuello: Rico.

 Hombros: Besables.

 Senos: Duros.

 Manos: Acariciadas.

 Ombligo: Sexi.

 Nalgas: Quiero.

Monte de Venus: Cunnilinguis.

Piernas: Duras.

Rodillas: Para hincar.

Pies: Para masajear.[/rescue_box]

 

[box style=»rounded»]Silueta

José López Arévalo es periodista de profesión, lleva ya una década publicando Línea Sur y casi 20 años haciendo columna. Nació en Yajalón, Chiapas; tiene 44 años y es además director del semanario electrónico Este Sur.

Dice tener 5 hermanos de padre y madre, y de papá un chingo. Su estado civil lo define como unión libre y multiorgásmico; tiene cuatro hijas (“ya ves que soy feminista”, “soy huevos de oro, como dicen en mi pueblo”).

Se declara aficionado a la bohemia, al ajedrez, a la amistad, a ir al cine y a la lectura, obviamente.[/rescue_box]

*Entrevista publicada en Xmedios, Comunicación y sociedad, No. 2, Agosto 2003

Intocable, el luchador

luchador

A veces la vida nos premia con momentos inolvidables, nos orilla sin que lo busquemos o lo deseemos a ser testigos de hechos que pueden pasar a la historia por su trascendencia política, social, cultural o simplemente emotiva. A cada uno de nosotros nos puede venir a la mente un lugar, una hora, un olor o un rostro especial al leer estas líneas. He pensado, al escribirlas, en marchas, presentación de libros, partidos de futbol y en noches de lucha libre en el extinto Centro Deportivo Roma, ubicado en pleno centro de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, donde en el año 2006, me tocó por azares del destino, presenciar la primera vez del luchador Intocable en esta ciudad.

Leticia Bárcenas González

Son casi las nueve de la noche. Fuera del Centro Deportivo Roma la gente esperaba impaciente la llegada de esos seres humanos, tan comunes y tan mortales como usted y como yo, pero que esta noche se transforman en héroes y en villanos para ayudarnos a vivir nuestra oculta fantasía: demostrar al mundo que somos verdaderamente rudos, salvajes, pasionales.

Algunas personas se forman para entrar; otras, la mayoría jovencitas y niños, fingen observar las máscaras, las playeras o los muñecos que se venden a un lado de la banqueta, mientras esperan ver descender de un taxi a los luchadores que por primera vez vienen a Tuxtla Gutiérrez: Alebrije con Cuije, Monster con Chucky, Alan Stone y, por supuesto, al galán de telenovelas y ex streeper, Intocable.

luchador
El luchador Intocable / Foto tomada de Internet

¡Intocable! ¡Intocable! Aaaaah, gritan las mujeres al verlo llegar. Corren a su encuentro. Las más rápidas y atrevidas lo abrazan, lo besan en las mejillas; las otras, se conforman con tocar su mano, su brazo o ya de perdida su hombro. El cabello, ni pensarlo, viene cubierto de pies a cabeza. Sonríe. Saluda. Besa la mejilla de algunas chicas. Se deja desear. Se deja querer.

A los pocos minutos aparece su enemigo, sí, su enemigo, porque en el cuadrilátero no existen los rivales, existen los enemigos, y como tal asoma Alan Stone —el usurpador de la imagen de Intocable, lo llaman. Él no permite que las chicas se acerquen mucho aunque algunas gritan y suspiran al verlo. Apresura el paso, sólo acepta el beso de una niña y la foto. Entra al deportivo. Sus admiradoras quedan desilusionadas: ¡Mmm, se cree mucho!

En el ring, como en la telenovela en que actuó Intocable, se dará el eterno enfrentamiento del bien contra el mal, es decir, de los luchadores técnicos frente a los luchadores rudos. Los primeros representan, obviamente, al bien porque se “someten” a las reglas mientras que los rudos se valen de todas las trampas posibles para vencer a los otros, aunque esta noche al rudo Alan Stone los técnicos Alebrije con Cuije le hayan bajado los pantalones en dos ocasiones, dejando ver sus nalgas y la diminuta tanga beige que cubría lo necesario. ¿Necesario?

Intocable se quita el sombrero, baila, mueve la cadera eróticamente, se despoja la playera y sin dejar de bailar la pasa entre sus piernas, la monta. Las mujeres suspiran, gritan, llegan a la catarsis. Los hombres se ríen, lo admiran, en el fondo quisieran atreverse a hacer lo mismo, parecerse a él. En diciembre va a salir mi calendario a la venta en todos los puestos de periódicos, anuncia Intocable a los periodistas. El cuerpo se vuelve un territorio de afirmación de la identidad; se es lo que se ve y si se es hermoso, mejor. Lo importante es que el cuerpo forme parte de la compleja construcción de un lenguaje personal que sirve para agredir y anular al enemigo, por ello las contorsiones, los saltos mortales, las llaves, los gritos, las amenazas —¡Quiero la cabellera de Alan Stone en la Guerra de Titanes!—, la sangre (real o ficticia) y el baile mismo. Lo neto es, entonces, exponerse al daño, sufrirlo y superarlo: Todo en la vida es un riesgo y vale la pena por la gente correr ese riesgo, dice Intocable al hablar de su lesión de columna sufrida al enfrentar a Sicosis.

Y sí, el público merece que sus gladiadores corran todos los riesgos, porque viven lo que ven en el ring; gritan y se ríen, pero también se angustian y se encabronan si ven la posibilidad de que sus héroes pierdan —referi vendido, mala leche, gritan sus seguidores— porque entonces, no sólo está perdiendo el luchador sino también ellos, que se ven reflejados en él y que a través del personaje que representa viven la ilusión de vivir por un momento una vida que no es la suya. Claro, si pierde la máscara o la cabellera lloran pero le siguen siendo leales, esa es una verdadera prueba de fidelidad a su gladiador.

¡Intocable, Intocable, Intocable! Gritan sus “fans” cuando Alan Stone o el Monster lo golpean y corren en su ayuda si lo tiran del ring: ven, papito, yo te sobo, grita la señora que está a mi lado, mientras un joven pregunta a otro: ¿cómo cuántos años tendrá ese güey? Tal vez no sabe que quien compite con el nombre de Intocable nació el 9 de septiembre de 1976, en la ciudad de México, ni que empezó a luchar profesionalmente a los 19 años.

— En los inicios de tu carrera usaste el nombre de Valentino, ¿por valiente?
— Porque Valentino era un personaje italiano que era muy galán.

— ¿Y Randi?
—Me gustaba porque ese era el nombre con que bailaba de streeper.

— ¿Por qué ahora eres Intocable?
— Por el concepto vaquero, sexy. A parte de que me gusta el grupo.

— ¿Qué tan intocable eres?
— Tendrías que checar. (Risas.)

— ¿Qué te toquen en grupo, en banda o en solitario?
— De cualquier forma. (Risas.)

— ¿Y tú que tocas?
— ¡Todo lo bueno!

— ¿Duelo de pasiones o pasión por los duelos?
— Pasión por los duelos.

— ¿Muñequitas inflables o mujeres de carne y hueso?
— (Risas.) Una combinación de ambas.

— ¿Bailas por un sueño o te da sueño bailar?
— Bailo por los sueños.

— ¿En el amor te han bailado?
— (Risas.) Noo. No me han bailado hasta hoy.

— ¿Casado, soltero o arrejuntado?
— Arrejuntado.

— ¿Tienes algún rito antes de subir al ring?
— No, no tengo.

luchador del df
Perteneció a la Triple A / Foto tomada de Internet

Quiero seguir preguntando y al mismo tiempo ver sus hermosos ojos, complacerme con su sonrisa, pero el público lo demanda: ¡Intocable, Intocable, Intocable! Los gritos impiden la comunicación. Me conformo, como muchas otras, con abrazarlo y besar su mejilla al despedirme, percibir su olor. De lejos lo veo luchar, coquetear con su público, dar autógrafos a los niños, besos a las jovencitas y sonreír, siempre sonreír. Todos bajan de la lona. La lucha, el espectáculo de hoy, ha terminado. Las luces se apagan y en el imaginario de muchas personas quedará grabada para siempre esta noche. ¿Ganó? ¿Perdió? No me importa, lo que lamento es no haberme tomado una foto con él.

 

Crónica publicada en el diario El Heraldo de Chiapas, en 2006.