Cumple un siglo la Policía en la Ciudad de México

Mujeres policías/ Foto: Laura Castañeda
Autora: Laura Castañeda Salcedo

La Policía de Investigación de la Ciudad de México cumplió 100 años este cuatro de noviembre. Cabe señalar que en sus inicios se le llamó Policía Judicial.

Con fundamento en el artículo 21 de la Constitución de 1917, se crea la Policía Judicial bajo el mando del Procurador General de Justicia, quien nombra como primer Jefe de la Policía Judicial, al licenciado Victoriano Morelos Zaragoza.

Él y cinco agentes formaron la primera institución policial adscrita al Ministerio Público; su primer encargo fue localizar y recuperar un vehículo reportado como robado; tarea que realizaron de manera exitosa.

Fue hasta 1974 cuando se integraron las primeras tres mujeres a esa corporación policíaca, sin duda tres mujeres desmesuradas y valientes.

Celebración de Muertos en la Ciudad de México

Para conmemorar la tradición con mayor arraigo entre los mexicanos, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 2003, se llevará a cabo el desfile de Día de Muertos, el sábado 27 de octubre próximo, el cual partirá de la Estela de Luz a la Plaza de la Constitución, en donde estará la Gran Ofrenda en el Zócalo de la Ciudad de México.

Texto y fotos: Laura Castañeda Salcedo

El desfile, en su tercera edición, girará en torno al tema Migraciones, ya que se pretende consolidar el mensaje de la capital del país como Ciudad Refugio y reconocer a los migrantes dentro y fuera del territorio. La Constitución de la Ciudad de México prevé como Ciudad Refugio la protección y acompañamiento de las personas que vienen en calidad de refugiadas o migrantes; además, se incluye el reconocimiento de la diversidad pluricultural que tenemos en el territorio.

En el desfile participan los gobiernos federal (Secretaría de Turismo) y local (Secretaría de Cultura), y en su tercera edición, contará por primera vez con la participación de cuatro entidades federativas invitadas: Aguascalientes, Michoacán, Oaxaca y San Luis Potosí.

La cultura prehispánica estará representada en más de un kilómetro de longitud con alegorías a la gran Tenochtitlán, su fundación en el lago del Valle de México, las nueve regiones del Mictlán y a otros elementos como el xoloitzcuintle. En otros tramos estará presente el Virreinato, la historia migratoria de la capital, la crítica a los muros actuales en fronteras y terminará con la recreación de la herencia festiva de Guadalupe Posada y el homenaje a figuras como Frida Kahlo.

Luego de la llegada del Desfile a la Plaza de la Constitución, la Gran Ofrenda del Zócalo capitalino será inaugurada como el homenaje que rinde la Ciudad de México a los migrantes que han perdido la vida en su búsqueda de mejores oportunidades.

Recordemos que el primer desfile incluyó figuras que fueron utilizadas en la película Spectre, de ahí se derivó una polémica que destacó el toque comercial; sin embargo, otras voces señalan que la cultura no es estática y se resignifica constantemente… con el tiempo se verá.

 

 

 

Reminiscencias de La Garbancera

En México no se teme a la muerte, se vive con ella. Y en noviembre se hace presente de manera festiva al preparar los altares para recibir, por unas horas, las almas de nuestros difuntos.

Se les preparan sus platillos preferidos, sus bebidas acostumbradas, se les muestra el camino a casa con flor de cempasúchil, veladoras e incienso.

Se colocan sus fotografías para que no los olvidemos o para que sus descendientes los conozcan.

En 1910, el grabador, ilustrador y caricaturista mexicano José Guadalupe Posada  (Aguascalientes, febrero 2 de 1852 – Ciudad de México, enero 20 de 1913), creó La Calavera Garbancera, una caricatura con la que criticaba a la clase alta y el gran rezago social y económico que existía en México, la cual fue retomada años después por el muralista mexicano Diego Rivera (Guanajuato, diciembre 8 de 1886 – Ciudad de México, noviembre 24 de 1957)​, quien la vistió con ropa elegante, ya que la Garbancera sólo portaba un sombrero con plumas de pavorreal, y la llamó La Catrina.

Actualmente, La Catrina forma parte de esta festividad del Día de muertos, tanto como las calaveritas de azúcar y los otros elementos de los altares.

Desmesuradas comparte con ustedes, algunas imágenes capturadas por nuestra colaboradora Laura Castañeda Salcedo, en la Ciudad de México.

La Catrina acompañada

 

A la Catrina le han robado el Sí

 

La Catrina también viaja en metro

 

La Catrina y los Pachucos

 

La calavera me pela los dientes

 

Las rezanderas

 

Altar al escritor Eusebio Ruvalcaba

 

La calaca descansando

 

El guía de los muertos en el más allá

Cataclismo

Porque viste el primero,
esperas el segundo.
Y aquí sigues.
Donde la tierra se abre
y la gente se junta.

Juan Villoro

Foto: Carla Morales

Por Leticia Bárcenas González y Gabriela Guadalupe Barrios García

Después de los terremotos sufridos en nuestro país, nada es igual. 7 y 19 de septiembre de 2017 son fechas que están ancladas entre nuestros recuerdos más próximos. A poco más de un mes del último terremoto, falta el consuelo ante la pérdida de un ser amado, del hogar, del trabajo, del único patrimonio. Damnificados, rescatistas y voluntarios llevan tatuado en su memoria el sufrimiento vivido por horas en la caótica realidad.

Pero están también las personas que sin pérdidas humanas y materiales que lamentar, han perdido la tranquilidad de sentirse a salvo del todo; existe un miedo latente en la memoria colectiva.

Y a pesar de ser los fenómenos que todos quisiéramos olvidar, sus efectos en nuestras emociones vuelven una y otra vez durante las réplicas, que a veces sentimos o sólo sabemos de ellas porque escuchamos las alarmas sísmicas que, aunque no sintamos movimiento alguno, nos ponen alertas, tensos, angustiados.

Los testimonios que a continuación compartimos, no pretenden más que construir un relato colectivo de esos eternos segundos, en el que el miedo y la sensación de fragilidad se apoderó de nuestro cuerpo y pensamiento. Es a través de estas narraciones que buscamos conocer diversas experiencias, diversas perspectivas y maneras de afrontar un mismo hecho, lo que quizá nos ayude a comprender más al otro.

Gracias a las niñas, niños, mujeres y hombres, que sin inhibiciones nos compartieron su experiencia.

Entre la tierra y el olvido

“¡Hola, Dios enojado!” exclamó sonriendo una pequeña que al salir a la calle, levantó la vista y se encontró con el inquisidor ojo de luna que se asomaba en el cielo, luego de aquel furioso movimiento que sacudiera la tierra, el sueño, el miedo y la serenidad que desde aquel día no volvería más.

Fue la ira de Dios ante los ojos de una niña que, sin duda, fue la primera en obtener una respuesta para lo ocurrido y, al mismo tiempo, fue la primera en contagiar sonrisas de aprobación, temor y desconcierto entre el resto de las personas que apenas alcanzaban a formularse las preguntas para cuestionar eso que los había hecho huir de sus hogares.

Y es que no era fácil encontrar una explicación porque era casi media noche y estaban “a salvo” en casa cuando ocurrió lo impredecible y el miedo buscó escaparse a través de todos los sentidos. Fue entonces cuando el corazón acelerado debió luchar para conservar la calma, la mente cansada debió ser ágil, los ojos adormitados debieron despertar lúcidos, las piernas cansadas debieron caminar a prisa, las manos temblorosas debieron ser firmes, los oídos debieron ignorar los rugidos de la tierra y atender los llamados de ayuda, la boca a punto de explotar debió ser presta y precisa con las palabras. La relatividad del tiempo fue manifiesta, no parecía haber suficientes segundos para salir de casa, pero la espera mientras la tierra calmaba sus ansias fue una eternidad.

El suelo convulso dio una pausa y en medio de la oscuridad y el caos, unos a otros se reconocieron, cada uno había librado una descomunal batalla contra el miedo; el saldo mostraba vencedores y vencidos, pero todos en el mismo bando cuidándose unos a otros.

El paso de las horas y los días vinieron de mano de la duda, ¿Fue Dios, la naturaleza, los seres humanos o el destino? La información daba cuenta de un terremoto, réplicas, derrumbes… muertos; la desesperación por la certeza en medio de lo impredecible parió la desinformación que trajo consigo el pánico, cayendo de golpe palabras como “mega terremoto” y “fin del mundo”; las preguntas sin respuestas definitivas arrojaron la incertidumbre que inmediatamente transformó la cotidianidad. La zozobra, la angustia, el miedo, el insomnio se sentaron a la mesa cada día. Cocinar, darse un baño, dormir pasaron a ser verdaderas proezas.

Pero la verdadera batalla la peleaban quienes lo perdieron todo y despertaron en una pesadilla. Para ellos el miedo fue el menor de los problemas, pues ahora enfrentaban la intemperie, el hambre, la inseguridad, el abandono. La solidaridad llegó poco a poco, intermitente, unos ayudaron, otros pocos continúan la tarea.

Doce días después, la calma parecía volver cuando nuevamente la tierra se estremeció en el centro del país abriendo viejas heridas y mostrando la vulnerabilidad de hombres, mujeres y niños, pero también lo inquebrantable de su espíritu, virtud -con precedentes- que atrajo los ojos del mundo. El miedo, el grandísimo miedo, no fue obstáculo para mostrar los valores que sorprenden sólo a quienes no conocen a los habitantes del ombligo de la luna. Ese ejemplo de unidad dejó postales que quedarán grabadas en la historia y en la memoria ¿Cómo olvidar ese puño en alto conteniendo toda la esperanza en una sola mano?

Fueron vistas las dos caras de la moneda, el caos también sacó a flote témpanos de hielo, máquinas insensibles ante el sufrimiento, impávidos gobernantes y líderes religiosos reaccionando lentamente ante la tragedia, no es posible empatizar con lo que resulta ajeno. Sin embargo, el alma del pueblo dio cátedra de humanidad, y para actuar no fue necesario declarar el estado de emergencia, lo dictó el sentido común.

Hoy, con el transcurso de los días la emoción languidece. El ciclo tiende a repetirse y la esperanza es para el pasado lo que el olvido es para el presente y el futuro. La histeria es fugaz y la conmoción efímera. Lo que se avanza a pasos agigantados se retrocede en pequeñas pisadas.

La mayor tragedia es el olvido, vivir en el olvido, lo cotidiano hecho de olvido. El desafío no es levantarse sino sostenerse, el reto es recordar. No olvides la tierra, la que te alimenta, la que removió sus entrañas; no olvides el agua, la que rodó por tus mejillas, la que ansiabas; no olvides el silencio, en el que orabas, en el que gritabas; no olvides el tiempo, el que era eterno, el que se acababa; no olvides el corazón, el que entregabas, el que lloraba; no olvides los brazos, los que sostenían, los que se cansaban; no olvides los ojos, los que lloraban, los que encontraban; no olvides el miedo, el que te paralizaba, el que derrotabas; no olvides la compasión, por la que sufrías, por la que auxiliabas; no olvides la voz, con la agradecías, con la que buscabas; no olvides la fuerza, la que te abandonaba, la que regresaba; no olvides el dolor, el que te conmovía, el que te dominaba; no olvides el llanto, el que te animaba, el que te desgarraba; no olvides la angustia, la que vivías, la que consolabas; no olvides que un día te importó tanto alguien, a quien desconocías, a quien ayudabas.

Si existe un mensaje cifrado en la naturaleza, si la historia no está condenada a repetirse o si hay un Dios enojado, pequeña, no olvides lo que viviste hoy, no lo olvides nunca.

Indira Trujillo / 36 años / Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Más amor por la vida

Hubo mucho susto. Salir corriendo a la calle con todos los vecinos y no poder dormir me causó inestabilidad emocional.

Analizándolo bien (con el temblor), aprendí a tomar decisiones para mi bienestar; tengo que vivir feliz. Me nació más amor por la vida.

Roxana Velasco / 40 años /  Comitán de Domínguez, Chiapas

Foto: San Cristóbal 7-S / Carla Morales

Que Dios nos protegiera

El día del terremoto, estábamos durmiendo como la mayoría de los mexicanos y pues el estruendo comenzó. El movimiento fue muy fuerte. Abracé a mi esposa fuertemente, le dije que se calmara, que ya iba a pasar; pero en verdad se me hizo eterno. En mi mente le pedía a Dios que cuidara de mi familia, que nos protegiera. Cuando al fin todo terminó, inmediatamente no pararon los mensajes por whatsapp.

Jorge Esteban / 28 años / Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Tengo miedo aún

Ese día sentía que se me iba a salir el corazón. Estaba muy asustada y quería llorar, tenía muchas emociones juntas y desde ese día no puedo dormir bien. Siento que como a las 12:00 pasará otro, así todos los días. Quedé traumada.

Ahora me siento cansada ya que no puedo dormir bien ni descansar; tengo miedo aún. Creo que hasta el cuerpo te queda temblando porque cuando duermo siento que tiemblo y ya no sé si soy yo o de verdad está temblando.

Cecilia Moreno / 17 años / Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Se detuvo dejando henchida nuestras almas de miedo

Cuando era pequeña en Tuxtla hubo un sismo muy fuerte, recuerdo que mi padre se quedó con mi hermano y conmigo adentro de la casa, no pudimos salir, tampoco teníamos luz. Sólo escuchaba las cosas caer y a mi padre gritándole a mi madre que no entrara. Aun así no le temo a los temblores, no suelo salir de casa cuando está ocurriendo uno. Pero esa noche fue inusual.

Estaba por dormir, mi hermanita, con quien comparto dormitorio, estaba ya (dirían aquí) en su quinto sueño. Sentí el primer movimiento telúrico, lo que provocó que me sentara en la cama, no pretendía salir. Escuché a mis padres afligidos por salir de casa, imaginé que me pedirían que saliera con ellos, razón por la que desperté a mi hermana, le expliqué que estaba temblando, que debíamos bajar y salir. Mi hermano bajó antes que nosotras, tomé a mi hermana del brazo y descendimos con cuidado las escaleras mientras la casa se movía, a mi mente llegaron las historias del terremoto del 85.

Los temblores no suelen durar tanto, éste era diferente.

Logramos bajar y nos que damos un segundo en el marco de la puerta del baño, al vernos mi padre nos pidió que saliéramos con cuidado, la casa tiene tejas y por el movimiento podían caer sobre nosotras. Estábamos los cinco fuera de casa, ahora, el terremoto no dejaba de sacudir nuestros cuerpos y espíritus.

El ruido tan impresionante del crujir de la tierra, me hizo creer por un momento que ésta se abriría, del mismo modo que en muchas películas hollywoodenses, con sus muchos efectos especiales describen. Poco a poco el meneo se detuvo dejando henchida nuestras almas de miedo, de llanto que no corrió el cause de nuestras mejillas, de los abrazos y los ya pasó, ya pasó.

Comenzaron las reuniones informales de los vecinos, contando de manera relajada lo sucedido, con risas nerviosas y aliviadas de que terminara todo. Regresó a nosotros la memoria de los familiares que tenemos en la ciudad, junto a la pregunta ¿cómo lo habrán pasado? Y esa necesidad desesperada de poder contactarlos en medio de la noche.

Mientras mis padres intentaban comunicarse con nuestros familiares, yo quería saber por los noticiarios, qué tan cerca de nosotros había sido el epicentro y cuánto daño pudo haber causado en la ciudad, de qué magnitud había sido, habría réplicas, etc. Prendí la computadora de escritorio que tenemos, ahí estaba toda la información, la advertencia de tsunami, el enorme 8.2, la palabra terremoto, las entidades que fueron afectadas. A las dos de la mañana, después de llenar mi cabeza con tonterías de facebook, decidí dormir. Puedo decir que, más que miedo, tengo respeto hacia el planeta que habitamos. Que no podemos controlar, ni mucho menos predecir. Pero sí ayudar a las personas que no les fue, por así decirlo, mejor que a nosotros.

Estefanía Coutiño Hernández / 27 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Foto: Portada Periódico Milenio. Septiembre 20 2017

Sí, sentí mucho miedo

Todo transcurría normalmente, sin poder evitar que ese día tuviera impregnado un toque de nostalgia, recordé mi niñez, cuando tenía once años; el tema en el desayuno fue el sismo del 85 y cómo nos había marcado a cada uno de nosotros aquella amarga experiencia.

Los relatos entre los que estábamos sonaban como un hecho histórico.

Poco después nos preparamos para el «macro simulacro». Nadie, incluyéndome a mí, teníamos idea de lo que ocurriría dos horas después.

El tiempo siguió corriendo.

13:40, hora de la Ciudad de México. Volvió a sonar la alerta sísmica.

No tuve tiempo en notar la diferencia entre aquel sonido escalofriante y el movimiento que comencé a sentir.

Salí de la oficina de Dirección, del colegio en el que trabajo, en el centro de Coyoacán. Era el momento preciso; alumnos, compañeros docentes y administrativos se concentraban en los patios centrales.

Sí, sentí mucho miedo.

Corriendo llegué al primer grupo de alumnos; había miedo en los rostros de todos nosotros.

Las horas pasaron y nadie regresó a su salón. La comunicación se interrumpió así como la energía eléctrica. Poco a poco comenzaron a llegar los padres de familia. Tuve que disimular mi terror y reír contando uno que otro chiste para transmitir un poco de la tranquilidad, que obviamente carecía.

Cinco de la tarde, el último niño fue recogido por su padre angustiado y agradecido por haber resguardado a su hijo, agradecido ya que «Gracias a Dios» no había pasado nada en el colegio.

Y como es común en estos casos, las noticias corrían como pólvora, la tienda de autoservicio se había desplomado, un colegio perteneciente a la misma delegación había corrido con la misma suerte. Los medios de comunicación no funcionaban, salí rumbo a casa con un nudo en la garganta.

Calles vacías, sin transporte.

Yo, con incertidumbre hasta que mi pareja, familia y amigos lograron comunicarse conmigo. Todos ellos preocupados por mi integridad física: «Se había caído una escuela en Coyoacán».

Desde ese día volvió a surgir en mí esa angustia que había dejado de sentir, ya hace mucho tiempo.

Y las noticias daban los reportes de otro día trágico en mi amada Ciudad de México.

Miguel Ángel / 43 años / Ciudad de México

Pasó una replica y sentí mucho miedo

Estaba durmiendo bien rico en mi cama y entonces empieza todo  a moverse y en eso me levanto, me había quedado en la puerta cuando me llegó a traer mi papá y me dijo que nos pusiéramos en una columna cerca del lavadero. Recuerdo que mi mamá estaba llorando y rezando, llorando por mi hermana, por mi padrino, por Santiago, por Genaro, por mi madrina. En eso vi que el árbol se movía de un lado a otro y la lámina de arriba a abajo. Entonces en eso se va la luz, nos quedamos en el poste todavía y mi mamá seguía llorando y rezando. Cuando acabó el temblor entré a mi cuarto y ahí encontré un afocador, lo saqué y nos pusimos a buscar más linternas, mi mamá prendió velas y se puso a rezar en el altar. Se sentó, tomó un té y mi papá y yo salimos. En eso llega mi madrina Edith con Genarito y ella abraza a mi mamá. Salimos otra vez y llega mi padrino Coqui y mi abuelo. Mi padrino Coqui nos abrazó y nos dijo que iba a ir a ver a mi hermana. Mi mamá nos dijo que nosotros también fuéramos a ver a mi hermana para ver cómo estaba. Después volvimos y pasó una replica y sentí mucho miedo. Tuve mucho miedo y pensé que toda la casa se iba a caer y me iba a morir.

Ángel / 10 años / Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Una nueva oportunidad de disfrutar nuestro aquí y ahora

Hace tiempo no se sentía una removida como la del 7 de septiembre, recuerdo la noche del ’95, cuando el crujir de la tierra me hacía pensar en aquellas películas de acción donde la tierra se separaba, y era más realista aun cuando escuchaba los gritos de quienes se encontraban en la escuela que se ubicaba frente a la casa de mi abuela, donde yo estaba en ese momento.

Ésta vez no fue igual, parecía que la tierra decidió brindar un gran espectáculo, largo, intenso, que incluyó un espectáculo de luces de colores el cual había sido anticipado por la lluvia.

Cada uno lo vivió de diferente manera, hubo quienes decidieron sentirlo a la primera, otros se tomaron su tiempo, en mi caso sólo pensaba en que ya iba a pasar. Me dio tiempo de ponerme mi mejor atuendo, de implorar a todos los santos con un intento de rezo que más bien parecía una mezcla de las pocas oraciones que recuerdo.

Entre decidir salir o quedarme, me daba tiempo de observar todo lo que me rodeaba, en un intento de fotografiar con mi mente cada espacio de mi casa, por si no permanecía igual. Mis pasos inseguros me hicieron caer y a la vez levantarme. Y fue así que cuando decidí salir, la gran sacudida había terminado.

Han pasado los días y entre lluvias y temblores, entre fisuras y formas, estoy tratando de olvidar lo sucedido; sin embargo, parece que la tierra se encarga de que recordemos en nuestro día a día que nos brindó una nueva oportunidad de disfrutar nuestro aquí y ahora.

Carla Morales / 38 años/ San Cristóbal de Las Casas, Chiapas

Él nos da prestada la vida y en cualquier momento nos la quita

El día del terremoto prácticamente todos ya estaban durmiendo. Yo estaba revisando unas cosas en el cel, cuando de repente se comenzaron a mover unas cosas, supuse que sería algo leve. Al momento de ver que no paraba, salimos mi abuelito, mi hermanito y yo. Pero pues aún faltaban mis papás y una tía. Fue allí donde nos preocupamos más.

Mi hermanito tuvo mucho valor y entro a la casa a sacar a mi tía, que estaba muy asustada y no sabía qué hacer, según ella, quería meterse abajo de la cama.

Mi hermanito también fue por mis papás al ver que ellos no salían, porque entraron en pánico. Salimos todos de la casa, al igual que unos tíos vecinos y nos quedamos en el patio. Fue un día lleno de angustias, llantos y oraciones

Fue triste ver que prácticamente la casa se quería caer, tantos años viviendo allí y que de repente todo termine así. Todos estábamos muy nerviosos por la réplica que aun pasaría. Nadie pudo conciliar el sueño, lo único que hicimos fue pedirle a Dios. Si ya era su decisión que ese día fuera el último para nosotros, lo entendíamos, ya que él nos da prestada la vida y en cualquier momento nos la quita.

Como nuestra casa es de adobe pensamos que se caería, los postes tronaban bien feo, algunas paredes están lacradas pero, gracias a Dios, no pasó a mayores, como en otros lugares.

Paola Cristel / 21 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Foto: Xochimilco 19-S / Antar Hernández

Ansiedad en las manos por ayudar

Del terremoto del 19 de septiembre me enteré en Tuxtla Gutiérrez (Chiapas) y no lo sentí. Mi madre me habló por teléfono y me dijo que tembló, que ella lo sintió, y que el epicentro había sido cerca de Puebla. Rápidamente me comuniqué con una amiga que vive en esa ciudad, me comentó que fue sólo el susto, que el hospital donde trabaja fue desalojado pero que todo estaba bien. En eso me empezaron a llegar mensajes de un grupo de Facebook que tengo con compañeros de la universidad, donde muchos de ellos estaban tomando clases, otros saliendo; comentaron que vieron explosiones, que uno de ellos pasó por el Soriana que se derrumbó cerca de Taxqueña, nos envió fotos y a partir de ahí empecé a dimensionar la magnitud del desastre que había ocurrido.

Traté de comunicarme con todos mis conocidos y compañeros que viven en el Distrito Federal; no pude contactarme al instante con todos, de hecho con una amiga que vive en Xochimilco, una de las zonas más afectadas, me pude comunicar hasta el jueves por la tarde. Con otros compañeros también se me dificultó localizarlos porque no había señal de internet, no había línea telefónica, no había luz.

Entré a internet a buscar información; pronto aparecieron los comentarios: se cayó tal edificio en tal lado, se necesita ayuda, y empecé a replicar los mensajes en Facebook. Así estuve martes y miércoles, y seguía tratando de comunicarme con mis amigos hasta que los localicé. El jueves por la tarde salí de Tuxtla Gutiérrez para llegar al Distrito Federal el viernes por la mañana. No tuve ningún contratiempo, el viaje fue normal.

Apenas llegué, fui a checar una zona de desastre que estaba por mi casa, en el metro Lomas Estrella, se derrumbaron dos edificios. Ya no había personas con vida, al parecer, sólo faltaba rescatar dos cuerpos y ya el Ejército estaba tomando el control de la zona, entonces me moví por la tarde hacia la colonia Obrera.

Esa noche del 22 de septiembre entré a los escombros de la fábrica textil que se ubicaba en Bolívar y Chimalpopoca. Se dice que aproximadamente 400 costureras asiáticas, sin papeles migratorios, quedaron atrapadas; entonces se puede deducir que cuando llegué todavía faltaba sacar poco menos de 300 cuerpos, digo cuerpos porque no creo que alguien haya sobrevivido a eso, el edificio estaba compactado, no había espacio en donde alguien pudiera refugiarse. Los autos que igual quedaron debajo de los escombros, estaban compactadísimos, destrozados. Fue muy fuerte la impresión y también fue eso lo que me hizo pensar que no habría sobrevivientes.

En el momento en que entré, lo hice con otros 19 compañeros y compañeras. Nos avisaron quienes estaban coordinando el rescate, que había peligro de derrumbe y en el ambiente se podía percibir olor a gas. Nos estuvimos coordinando con brigadistas que ya habían estado ahí desde la noche del sismo, el día 19. Ellos tenían un poco de experiencia, nos organizaron para sacar los escombros con las manos; nos brindaron todo el equipo, yo ya llevaba un casco, un chaleco y mis botas, ellos me dieron el cubrebocas, guantes y la vacuna contra el tétanos.

Estuvimos sacando rocas por casi dos horas, hasta que encontramos un cuerpo. Fue impresionante ver que se trataba de un cuerpo humano, estaba desfigurado prácticamente. Lo sacaron otros compañeros paramédicos.

En ese momento me encabronó el pensar en la corrupción que hay por parte de las autoridades al permitir ese tipo de construcciones, sin seguridad, con materiales de poca calidad y sin atender las normas de protección civil, justo por el riesgo de sismos. Las autoridades y los dueños de la fábrica, que trabajaba para Liverpool, por cierto, sabían que de alguna manera el edificio no era estable, no era seguro, y aun así estaban trabajando allí.

Quién sabe qué habrá pensado, qué habrá dicho el dueño de la fábrica en el momento del sismo, para no permitir que salieran las trabajadoras. Aquí se pone una vez más en evidencia la naturaleza voraz del capital, el máximo beneficio al menor costo, sin importar quién perezca.

Afortunadamente, la gente se organizó, la gente llegó, era la llamada “sociedad civil” –no me gusta mucho ese término–, prefiero decir que la gente, el pueblo, la organización popular se estaba formando para tratar de recuperar gente con vida y también los cuerpos, antes de que entraran las máquinas a llevarse los escombros, llevarse la evidencia de los malos materiales con que estaba construida la fábrica, etcétera.

Se dijo mucho de esta solidaridad aparente de la gente, pero fue increíble recorrer varios puntos de la Ciudad de México, sobre todo de la Roma, Del Valle, la Condesa, donde efectivamente había mucha gente organizada, tanto en los centros de acopio, los albergues, como en las tareas de rescate en Gabriel Mancera y Eugenia, en Álvaro Obregón, etcétera. Pero también fue impactante ver que se desbordaba la ayuda, había más gente, más herramientas, más víveres de los que se necesitaban, según mi consideración; incluso señoras que aspiran a ser parte de la burguesía, tenían cena preparada para todos los voluntarios, tenían por ejemplo lasaña; y fue muy desgarrador contrastar, cuando me fui acercando más al sur, sobre todo al área de Xochimilco, San Gregorio, Santa Cruz y otras zonas de la misma delegación, donde la ayuda, el acopio, llegó seis días después del terremoto. Fue impactante.

En San Gregorio la iglesia sufrió daños, se cayó una barda, se cayó una casa. Cuando llegué ya habían parado las labores de rescate, incluso ya habían demolido la casa que se había caído cerca de la iglesia, ya había paso. Platicando con la gente, me comentaron que los militares llegaron al siguiente día del terremoto, las autoridades empezaron a llegar un día después y que los soldados y los policías entorpecieron los trabajos de rescate, que sólo se quedaban viendo y que traían armas en lugar de palas, que fueron en realidad pocos los que ayudaron en el rescate y que casi nadie apoyó con víveres. Fue la gente, la organización popular la que se encargó de eso.

Definitivamente, esto fue algo que rebasó las instituciones, pues más que ayudar, entorpecieron las labores. Hasta el día 27 de septiembre en varias zonas de Xochimilco, de Tláhuac e Iztapalapa no teníamos agua. Donde yo vivo, hasta el día jueves 28 nos llegó el agua. En Xochimilco hay varias zonas donde no tienen electricidad todavía. Y hay zonas, como la colonia El Paraíso, que es de las más conflictivas de toda la Ciudad de México, a las que apenas les llegó la ayuda ayer, ocho días después del sismo. Y ya ni se diga en Morelos, en Oaxaca, en Chiapas, y eso fue lo triste.

Lo que me repugna de cierta manera es que se habla de que los mexicanos son muy solidarios y bla, bla, pero en realidad se apoya en donde están las cámaras. Creo que esta solidaridad desbordada en la Ciudad de México fue porque tembló en su casa ¿no?, tembló en el patio de su casa, cayó una bomba ahí, entonces era visible. Se apoyó donde estaban las cámaras, la zona “nice” de la ciudad.

En Xochimilco sí llegó gente, sí llegó ayuda, un día después pero empezó a llegar, sobre todo a San Gregorio; Santa Cruz quedó un poco olvidado. La zona de las trajineras, la zona chinampera está muy dañada, se levantó el suelo. Hay lugares en donde se ve el desnivel.

No es que los mexicanos sean solidarios como tal, porque ¿dónde está la ayuda en Oaxaca?, ¿dónde está la ayuda en Chiapas?, ¿dónde está la ayuda en Morelos? Tardaron en llegar, sí es que ya han llegado. Y lo que hay de acopio y brigadistas, es por la misma gente de ahí y no de la Ciudad de México. Aquí se dio un exceso de voluntarios, de herramientas para el rescate, de acopio porque está sobrepoblado y porque es la capital del país. Oaxaca, Morelos, Chiapas, están relegados y eso me encabrona un chingo, porque como ahí no están las cámaras, como ahí no hay nada aparentemente importante, se olvidan de ellos. Entonces, no es que sean solidarios, es simplemente que les golpeó en su casa.

Este tipo de situaciones saca lo mejor de nosotros como humanidad pero también saca lo más mierda. Gente que no le pasó nada se va a formar tres, cuatro veces, para recibir despensa y acopio.

La impresión que me queda de esto es que sí hay una sobrepoblación y en cada punto de la ciudad en que se solicitaba ayuda, llegaban brigadas, se amontonaron, ocasionando tráfico pero ahora llevando solidaridad. Inundamos las calles, se solicitaba ayuda en un punto y se llevaban herramientas, comida. Y luego en las redes aparecía: ya no más, aquí ya no. Pero esto ocurrió en el centro de la ciudad, había mujeres y hombres con guantes, con cascos y con picos, que se movían en todas direcciones. Había ciclistas con palas en la mochila, cajas, grandes bultos, como se dice por acá “ratoneando” entre los autos para mover los víveres de un lugar a otro, las batas blancas que volaban con el viento por la velocidad de la motocicleta. Los servicios médicos de casa por casa, no se compararon con esta movilidad de los brigadistas.

Después, se convocó a estas brigadas que estaban inundando el centro de la ciudad hacia la periferia, hacia los pueblos a los que ni los medios (de comunicación) han querido llegar. Y llegamos, los voluntarios inundamos las calles, como siempre lo hacemos, pero ahora las cajuelas de los autos estaban llenas de víveres, tiendas, y nerviosismo, ansiedad en las manos por ayudar.

Aquí, sándwiches y tortas es lo que más había de ayuda para los rescatistas, para los brigadistas, quizá un plato de arroz. Un gran contraste con las cenas en el centro de la ciudad y en donde cada 48 horas, más o menos, preguntaban que si la comida que sobraba se podía llevar a otro lado. Tristemente, en Xochimilco la ayuda no llegó a ciertas regiones hasta dos días después. En esas fechas los voluntarios empezamos a ir a los estados aledaños, sobre todo al estado de Morelos, llevando víveres y ayudando a levantar los escombros de la casa de otro, que vivía en un lugar del que nunca habíamos escuchado y que incluso nos costaba trabajo pronunciar.

Había que hacerlo nosotros mismos, la gente, el pueblo, porque no confiábamos en el Estado, no había tiempo para su burocracia ni sus simulaciones fantoches. El pueblo como tal fue el que se movilizó, el que sufrió y el que se solidarizó, tomando el control; por eso fue que los militares que llegaron a estos puntos de apoyo, sobre todo los más mediáticos, lo hicieron justo para aparentar que tenían un control, que más que nada, los militares sirvieron para entorpecer las labores de rescate. Porque no hay duda, hicimos las calles nuestras, rebasamos al Estado y a los medios de comunicación oficiales. Y podríamos decir que sí, aparentemente la gente, el pueblo, se movió no sólo por el terremoto, algo se movió en las conciencias; escuché gente que estaba indignada porque Televisa les volvió a mentir, con eso de la niña Frida Sofía. Al parecer movió (el terremoto) algo y no sé qué tanto vaya a volver a la calma. El Estado nos tuvo miedo y eso es lo que no hay que olvidar.

Antar Hernández / 23 años /Ciudad de México

Pensé que me iba a pasar algo

Mi papá me despertó. Pensé que era un ladrón, lo vi y lo conocí. Entonces, se fue la luz y estábamos arriba y mi mamá estaba abajo con Genarito, no podíamos ver, mi papá buscó una lamparita y pudimos bajar. Después nos fuimos corriendo afuera con la lamparita y a salvo. No sentí cuando estaba temblando. Ya había pasado el temblor cuando me despertó. Después sentí miedo porque pensé que se había ido la luz en la calle y no podíamos ver. Sentí miedo porque pensé que me iba a pasar algo. Y después dijeron que iban a suspender las clases y yo grité ¡he he! Dije voy a ir a jugar maquinitas, es mejor jugar maquinitas que ir a la escuela.

Santiago / 7 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Juntarse, es la palabra del mundo

Yo sobreviví el sismo del 85. He sobrevivido el del 2017. Soy, pues, un sobreviviente.

Mientras estaba en Facebook, empezó a temblar. Mi hija, embarazada, lo primero que hizo fue tomar a su hijo Mateo y salir corriendo, yo la detuve, porque pienso que las escaleras son lo primero que se caen en un sismo muy fuerte (no sé de dónde lo sé, pero eso es parte de mi creencia sísmica).

Mi otra hija y mi nieta fueron y volvieron de abajo, rumbo a la calle, porque olvidaron las llaves: ya no las dejé bajar, por aquello de las escaleras. En este lapso, mi yerno se nos unió y nos quedamos en la puerta que da al pasillo rumbo a las escaleras y la calle.

Por experiencia, vi que la fuerza era mayúscula, de pronto pensé que “ahora sí, esto se va a caer”, por duración e intensidad. Mientras mi hija embarazada hablaba a gritos, desesperada, y yo retenía a todos para que no salieran corriendo, volteaba a ver la estructura buscando los primeros indicios de fracturas que precedieran a la debacle, lo que no sucedió.

La luz no se fue, tampoco el internet. En cuanto acabó, bajamos a la calle, donde la gente había salido de sus casas y cada quien manejaba su crisis, casi sin vernos. En cuanto nos sentimos seguros, subimos de regreso, asustados, mi hija embarazada en crisis, lo que me preocupaba.

Ella vive en la Ciudad de México, pero vino a Tuxtla a “desembarazarse”. Pensé que era desafortunado el hecho de venir porque le tocó uno de los peores sismos jamás vividos en Chiapas. Sin embargo, se salvó del sismo trágico del 19 de septiembre que devastó a la Ciudad de México. Una ciudad tan cara a mis recuerdos.

En estos días, un amigo ideó que tomáramos cursos de protección civil y comenzamos a hacer las gestiones y a informarnos. Lo que sé ahora es que debemos capacitarnos en muchos rubros. Algo urgente son los planes familiares, porque luego de estos sismos nada será igual, nunca.

Formé parte temporal de un grupo de ciudadanas y ciudadanos que acopiaron víveres y los han estado entregando en varios municipios. Me tocó el primer fin de semana empaquetar víveres y estar en un centro de acopio. Es esperanzadora la gran solidaridad de las personas. Personas que se preocupan por otras personas que no conocen.

Hemos visto la tragedia, pero hemos comprobado que el alma de la gente de este país es gigante, poderosa, amorosa. Eso me da fuerza.

Estoy consciente que la Naturaleza está viva. Viviendo en su superficie estamos expuestos a sus movimientos y a sus modos. Tenemos que armonizar nuestra vida con la de la Tierra.

Entre estos eventos, cuya tragedia no la he vivido tan descarnadamente como otros seres humanos, he vivido la dicha: nació mi quinto nieto, Gael (cuarto varón). Él sólo duerme y llora por hambre. Mi hija está profundamente estresada y deprimida, pero el amor por sus hijos le dan fuerza y ánimo. Todos procuramos atenderla, pero “no muy se deja”. Este fin de semana todos mis nietos estuvieron juntos. Verlos juntos me dio una gran felicidad.

Por mi familia, es tiempo de juntarse, de ser realmente socios en esta aventura del mundo llamada sobrevivencia.

“Juntarse, es la palabra del mundo”, José Martí.

Francisco Gordillo/ 58 años/ Tuxtla Gutiérrez

Me espanté

Estaba durmiendo y que luego me espanté y ya salimos al patio. Luego vino más fuerte y ya salimos. Sentí miedo. Pensé que se iba a caer mi casa.

Aranza / 8 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Foto: Juchitán 7-S / Alcides Díaz

Dios nunca muere en la tierra de la inmortal sandunga

Actualmente me encuentro radicando en (Santo Domingo) Tehuantepec, Oaxaca; mi mamá con mis dos hermanos, en Matías Romero (Oaxaca), aproximadamente a unos 100 km de Tehuantepec; y el día del terremoto mi papá se encontraba de viaje en Mérida (Yucatán), lugar conocido por su escasa actividad sísmica, pero que en este caso no fue así.

En Tehuantepec vivo con una tía, sus dos hijas y sus dos nietos. Mi tía y una de sus hijas profesan una religión, desconozco cuál sea pero son ajenas a la iglesia católica, y desde mi punto de vista la religión ha cruzado su límite y ha llegado al fanatismo, en ellas.

El 7 de septiembre, después de un “día normal”, eran las 11:20 pm cuando me disponía a descansar, sabedores que antes de dormir uno revisa por última vez su celular para checar redes sociales o culminar charlas e ir a descansar, en esta ocasión no me llevó mucho tiempo, puesto que deje mi teléfono en el buró como a las 11:38 pm.

Apenas estaba logrando conciliar el sueño, se oye un ruido que viene lejos, un temblor supongo (normal en la región), un leve zangoloteo, pero ese leve zangoloteo no paraba e incrementaba su fuerza. Al momento de empezar el sismo el sistema eléctrico se vino abajo dejando a todo Tehuantepec sin energía eléctrica, oscuro y temblando, que pésima combinación; el tiempo se hizo eterno, no paraba el temblor, yo varado en el dintel de la puerta por seguridad, sólo miraba cómo la casa se movía como gelatina. Mi tía intentando abrir la puerta para salir, mi prima con sus hijos en su cuarto intentando pararse.

Por fin se abre la puerta, salimos todos, aterrados, los vecinos afuera; en ese momento no te interesa cómo saliste, algunos descalzos, otros en ropa interior con una media sabana envuelta en el cuerpo, no importa, lo importante es que estamos bien todos. La taquicardia invadió mi cuerpo, nunca en mi vida había sentido un temblor de tal magnitud, además, lejos de mis papás, de mis hermanos, esa sensación de querer comunicarte con tus familiares y que la red telefónica esté sin servicio, ¡es una sensación horrible! Nunca se lo deseo a nadie, a cada rato miraba mi teléfono para ver si ya tenía señal y nada. Varados en el corredor con el temor de otro sismo y de entrar a casa. Mi tía y mi prima empezaron con sus cosas de religión, una imprudencia para ese momento, recuerdo que mi tía decía: “este terremoto lo dijo el hermano fulano, él nos dijo que estuviéramos alerta, porque tuvo una revelación”, mi otra prima exclamando que dejara de aterrar a los niños con sus cosas.

Seguíamos fuera de la casa, sin energía eléctrica, sin telefonía, y con el sonido de las ambulancias de fondo. Yo con la incertidumbre de saber cómo estaban mi mamá y mis hermanos y sin poder hacer nada, ¡aterrador! Mi mente en ese momento pensando cosas malas.

Sentados en el patio sin saber del sismo magnitud, epicentro, nada; de repente llega mi primo, un paramédico, a ver cómo estábamos, y nos trajo todas las malas noticias: “Dos personas muertas hasta ahorita, porque la casa se les vino encima. En Salina Cruz dieron alerta de tsunami, los de la Marina andan alertando”; esas noticias sonaban en la región. De pronto, ¡otro sismo!, todos con miedo de su magnitud. Y así pasamos toda la noche. Sentados en el patio sin dormir, y yo angustiado por no saber algo de mi familia, sólo le pedía al creador que estuvieran bien.

Dieron las seis de la mañana, empezaba a aclarar cuando llegó otro primo con su familia para ver cómo estaba su mamá, y nos dice que toda la carretera Transístmica estaba llena de carros de familias de Salina Cruz; por miedo al tsunami durmieron en sus coches en la carretera. No hay transporte, se respira en el ambiente mucha tensión.

Son las 8:00 horas y mi tía recibe una llamada de sus hijos que viven en Oaxaca; yo enseguida reviso mi celular para poder comunicarme con mi familia, pero no corro con esa suerte, sigo sin servicio. Le pido el teléfono a mi tía para llamarles, entra la llamada: Bueno. ¡¿Flaca están bien?!, ¡bueno!, ¡bueno! La comunicación era pésima. “Sí, estamos bien, ¿y tú?” “¡Sí, lo estoy!, ahorita me voy a Matías (Romero)”, eso fue lo único que pudimos decir.

Transcurrió otra hora, Tehuantepec con un silencio impresionante. Normalmente, a esta hora se oye el murmullo de la gente, los autos que pasan por la carretera Transístmica, los aparatos anunciando vendimias o una fiesta; hoy, están muertos. Con un sentimiento feo, una sensación que ahora que escribo no puedo expresar.

Busco un carro que me dirija a Juchitán, me subo y son pocos los usuarios, todos hablando del temblor, de las noticias locales, es inevitable viajar y ver las afectaciones que causó en Tehuantepec, pero ese no es el problema… el verdadero problema se ve cuando vamos llegando a Juchitán (Oaxaca); desde el famoso Canal 33, una de las entradas a Juchitán, empiezan a notarse las afectaciones, fue impresionante ver cómo tiendas y casas desaparecieron y se transformaron en escombro. Bajo del camión y estoy aproximadamente a una hora de distancia de mi familia, tomo otro carro con dirección a Matías Romero. Ese viaje fue una hora de sueño, mi única hora de sueño. Entrando a Matías, se notan las afectaciones, empiezan a circular imágenes de los daños que ha causado el terremoto y lo más triste, empieza la cuenta ascendente de personas fallecidas.

Llego a casa, veo a mis hermanos y a mi mamá, mi corazón descansa, es un alivio ver que están bien, les pregunto por mi papá, y me dicen que ellos se comunicaron con él desde el terremoto, que se sintió también en Mérida. Mi mamá estaba nerviosa y espantada por no poderse comunicar conmigo o con mi tía o alguna de mi primas; fue una angustia tremenda. Y me empiezan a platicar su experiencia, mi casa es de dos pisos, ellos encerrados en un cuarto de la segunda planta sin poder salir, mi mamá me dijo que tenía mucho miedo, pero tomó valor para que sus hijos no lo notaran y nadie entrara en crisis, solo les decía: “Tranquilos, ya va a pasar, tranquilos, Padre nuestro que estás…”

Me entero que un primo lo perdió todo; en serio no sé cuál fue mi cara cuando me dijeron eso, y pues tenemos que ir a Santo Domingo Petapa, un pueblito pegado a Matías Romero, aproximadamente a unos 15 km, lugar de donde mi madre es originaria, un pueblito muy humilde, lleno de sabor y muchas tradiciones.

Ya eran como a las 3 pm, nos preparamos para ir a visitar y auxiliar a mi primo, en el viaje comentábamos de todas las fotos que circulaban por la red, de lugares, de familias, ¡de todo!

Llegando a Santo Domingo, fuimos a visitar lo que era la casa de mi primo y ver cómo la gente lo ayudaba a sacar las pocas pertenencias que le quedaban, me movió muchas cosas; en serio, ver a jóvenes, señoras y lo que más me conmovió fue ver a un niño de tal vez unos 5 años de edad, ayudando. Sólo saludamos y manos a la obra, a trabajar, a acarrear cosas y acomodarlas en una casa que le prestaron para poder vivir mientras. Llegó la noche, teníamos que regresar a Matías, no hubo platica de cómo fue la tragedia, sólo muchas cosas que acarrear y acomodar.

Llegando a Matías tras un día en el que no dormimos –la verdad tampoco recuerdo haber comido, no tenía estómago para eso-, pero sobre todo tras un día con muchas réplicas, venía la noche y con ella el miedo a que se repitiera, la incertidumbre de entrar a la casa, el temor de que estando dormidos dentro nos agarre otro sismo en la planta alta.

Durmiendo con puertas abiertas y en la sala pasamos la noche, al siguiente día nos dirigimos a Santo Domingo a visitar a mi primo y llevar un poco de víveres, ya estando con ellos platicamos y nos contaron su experiencia sobre el terremoto: “Empezó a temblar, le dije a Lulú, sal, está temblando, yo voy por los niños”, así empezó su narración mi primo, “el pequeño no quería despertar y regresé por él, todos afuera, sin luz, nos abrazamos los cinco y solo deseábamos que parara, y empezamos a escuchar ruidos y más nos abrazábamos, pasó el temblor, sólo escuchábamos ruido de cosas que caían y empezamos a toser por el polvo, en mi mente no imaginaba lo que estaba pasando. Minutos después saco el teléfono y enciendo la lámpara, mi mujer empezó a llorar, también mis hijos, de ver que no teníamos nada, todo estaba destruido”…

Y así pasaron los días en el Istmo, con miedo por las réplicas que aún no paran, ver edificios emblemáticos e históricos que colapsaron. Queda un Matías Romero sin historia, queda un istmo de Tehuantepec dolido por las pérdidas, materiales y humanas, pero ¿sabes algo?, en el istmo la gente es muy unida, porque así como nos vamos a las tan famosas velas donde la mujer porta el hermoso traje regional y el hombre su guayabera y pantalón negro, en la que cooperamos todos para las fiestas, así también saldremos adelante de esto, todos, unidos, apoyándonos unos a los otros. Y como dice una de las canciones características y me atrevo a decir que es el himno de los oaxaqueños, ¡Dios nunca muere, mucho menos en la tierra de la inmortal sandunga!

Alcides Díaz Sosa / 24 años/ Santo DomingoTehuantepec, Oaxaca

Se tambaleaba todo el suelo

Cuando fue el terremoto ya estaba dormido, mi mamá estaba apagando la tele, entonces si no me hubieran despertado ni siquiera lo hubiera sentido literalmente, pero mi mamá se levantó, se levantó también mi papá y mi mamá levantó también a mi hermanita y me andaban grita y grita que me levantara, hasta que me levanté. Cuando me levanté tenía mucho sueño pero empecé a sentir cómo se tambaleaba todo el suelo y las láminas se movían. Estaba prendida la luz, se volvió a apagar y seguía el temblor y después de eso mi papá dijo que ya iba a pasar pero siguió, entonces es cuando nos fuimos afuera y todas las vecinas salieron. Después volvió la luz pero sólo en mi casa. A toda la colonia no volvió la luz y toda la colonia estaba afuera de sus casas. Entonces se sintieron más replicas y como las dos de la mañana empezó a llover fuerte y todas las vecinas se metieron en mi casa para quedarse ahí hasta que terminara la lluvia porque tenían miedo de que hubiera una réplica más fuerte. Entonces a mí no me importó y tendí mi cobijita y me dormí hasta las cuatro de la madrugada que ya se habían ido las vecinas y cuando se fueron mi mamá me levantó para que me fuera a dormir al sillón porque mi mamá tenía miedo de que nos fuéramos a dormir de nuevo a los cuartos porque tenía miedo que tuviera un terremoto más fuerte y se cayera la casa y ya.

Ciro Alberto / 11 años/Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Foto: Sí, todo va a estar bien / Leticia Bárcenas

Parece que fue una eternidad lo que vivimos

Compartir mi experiencia respecto al sismo de 8.2 grados que aconteció en el estado de Chiapas, el 7 de septiembre, me pareció muy interesante e importante, es por ello que se los cuento:

Ya me encontraba durmiendo, por casualidad esa noche dormía junto a mi hija, que ya tiene 16 años. Sentí que empezó a temblar y me despertaron del todo los gritos de mi madre, que vive en el piso de abajo: ¡Chamacos levántense!, ¡Sofi!, ¡Kary! ¡Párense, está temblando!

Párate aquí, Sofiíta, hija, ven. Decía yo, que erróneamente me posicioné en el marco de la puerta de la recámara. Mi madre seguía gritando que bajáramos. Como no paraba de temblar bajamos, lo admito, corriendo. Afuera se escuchaba que tronaban cristales, eran de la casa del vecino de a lado. Nos quedamos cerca de mi madre. Vi a mi hermano salir de una recámara con su hija de tres años, inmediatamente la tomé en mis brazos y busqué la salida; afortunadamente y con la gran bendición de Dios, ese día habían olvidado poner el candado a la puerta principal, jalé el pasador y salimos a la calle, ya que la casa es de dos plantas y no tiene un punto, del todo seguro, para guarecerse.

Mi madre gritaba: ¡la niña está en el cuarto durmiendo! La hija mayor de mi hermano, de nueve años, se había quedado a dormir en la recámara de mi mamá. Mi hermano fue a buscarla, mi cuñada salió de su habitación con su niño, un varón de siete años.

Salí y busqué el lugar menos peligroso para quedarnos, ahora me doy cuenta que la calle tampoco es un lugar adecuado, no esa calle, pero esa noche, en ese momento, era el lugar menos peligroso para quedarnos.

Los postes parecían que se iban a caer, no dejaba de temblar; salieron dos chispas fuertes, eran de los postes de luz que, automáticamente habían “botado” las pastillas, en realidad no sé qué es eso de las pastillas, después comentaron los vecinos, que afortunadamente son automáticas.

Durante el temblor ninguno de ellos salió. Nadie. Sólo nosotros nos encontrábamos afuera. Mi madre gritaba el nombre de una vecina, que tiene 65 años de edad y vive sola, pero no pudo salir porque no encontró las llaves de su casa en ese momento.

Todo pasó tan rápido, pero yo sentía que nunca iba a dejar de temblar, tuve muchísimo miedo. Me da pavor, aunque en esos momentos he sabido controlarme y afortunadamente recuerdo lo poco que he aprendido en protección civil.

Ahora que lo cuento parece que fue una eternidad lo que vivimos; algunos dicen que fue un minuto y segundos, otros que fueron tres minutos, en realidad no lo sé.

Roxy Karina/ 39 años/Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

¡Estaba temblando!

Me acuerdo que estaba a punto de dormirme y de repente empieza a temblar, me paré y todos estábamos en una esquina, como abajo de un avión, en una cadena y todos nos reunimos ahí. Luego mi papá cuando terminó el temblor se fue a buscar a mi abuelita que si estaba bien y a mis tíos, mi tía y de ahí regresó. No dormí, me desvelé. Al siguiente día sólo dormí un poquito, me volví a despertar, hablé con Ángel y ya. Tenía miedo ¡Estaba temblando! Pensé que me iba a morir.

Ángel David / 11 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

En mi interior me invento que este sismo es bueno

Esa noche mi hijo no se quería dormir, tenía tarea pendiente y por no hacerla temprano a penas nos estábamos acostando, eran las 11 cuarenta quizá. Él seguía inquieto, me di la vuelta y le dije: ¡Duerme de una vez! Yo ya tenía sueño y mi hija dormía a mi lado. La cama comenzó con un movimiento leve y me levanté; le dije al niño: «Está temblando» y le pedí que saliera, la intensidad comenzó a ir en aumento y no alcanzaba a mi hija para sacarla de la cama, así que la jalé de los pies sin violencia para no asustarla mientras la fuerza del sismo seguía incrementando. La abracé y mi hermana que estaba cerca abrazó a mi hijo. En medio del patio, mi mamá oraba y ahí nos unimos los cinco. Abrazados veíamos cómo los árboles se sacudían como plumeros y yo pensaba: «De que pase el temblor ¿cómo nos comunicaremos con los demás? Las líneas se bloquean… Todos trataremos de saber si estamos bien… ¿Se caerá nuestra casa? ¿Dónde andan mis hermanos, mi padre? Todo eso pensé mientras la tierra seguía acomodándose y callada abrazaba a mi niña y veía hacia donde estaba mi pequeño.

¡Somos pecadores! – Escuché. ¿Somos pecadores? Me respondí en la mente que sí. Recordé que México está muy sucio, muy cochino por todo lo que no hacemos.

Pobre hombre. Pobres seres minúsculos, indefensos y engreídos. Parece que después de las catástrofes todo cambiará; somos amables, humanitarios por segundos pero, unos segundos más, la voracidad nos vuelve al cuerpo y comienza lo de siempre: La gente roba en las calles y alguno hasta intenta abusar sexualmente de una chica en medio del colapso. Los políticos – los peores – fingen preocupación mientras se soban las manos pensando en cómo robar los recursos destinados a los damnificados. Tiran croquetas al pueblo para sentir que sirven de algo mientras se guardan para sus campañas políticas las donaciones que otros aportan caritativamente.

Durante los temblores, el tiempo es elástico, algunos de pocos segundos te hacen sentir que duran semanas ¿y éste de minuto y medio? Eterno. Siento fascinación de este fenómeno, oigo la tierra rugir y a pesar del miedo siento una poderosa energía transformadora.

No. Nada cambió en el fondo. Somos pecadores. Y yo sola, en mi interior me invento que este sismo es bueno, la tierra se renueva, es bueno porque movió mi cuerpo, sacudió mis hombros para hacerme despertar, es esperanzador, debe serlo, – quiero creer – dentro de mí.

Anaïs Fight / 34 años/ Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Ecos de Monsiváis

Hoy cuatro de mayo se celebra el nacimiento del escritor y periodista mexicano, Carlos Monsiváis, quien falleció en el 2010. Considerado uno de los más destacados cronistas de la Ciudad de México y una de las inteligencias más lúcidas de la cultura de nuestro país. Desmesuradas se une a esa celebración compartiendo de manera íntegra el trabajo realizado por la doctora Nelly Eblin Barrientos Gutiérrez, publicado en el 2002 en el suplemento cultural Ixcanal.

Carlos Monsivais y su gato. Foto tomada del sitio: México es cultura
Carlos Monsivais y su gato. Foto tomada del sitio: México es cultura

 

A sugerencia de los amigos: Ecos de Monsiváis

Nelly Eblin Barrientos Gutiérrez

“Dada mi libertad, puede que sea un tonto al hacer uso de ella, pero sería un canalla si no lo hiciera”
Ezra Pound

Con estilo peculiar, irónico y ameno, Carlos Monsiváis se presentó, muy puntualmente, el pasado 15 de marzo del 2002, a las 19:00 horas, en el auditorio del Centro Cultural Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas) a ofrecer la conferencia titulada “Los desarrollos de la Tolerancia en México”. A lo largo de 50 minutos, más de 30 preguntas y respuestas, el intelectual mexicano se centró en brindar una relatoría sobre la intolerancia religiosa en México, abordando tópicos como moral y buenas costumbres.

Se brinda a continuación, con dedicación especial a todo el público que le fue negado el acceso al auditorio, la transcripción literal de algunas preguntas así como las respuestas dadas por el escritor; las cuales resultaron, al final de cuentas, mucho más ricas en matices que el inicial desarrollo.

Pregunta: Se da la tolerancia al implementar en instituciones estrategias para crear una cultura de tolerancia en México. Si es así, ¿cómo lo haría?
Carlos Monsiváis: No tengo mayores dones pedagógicos. Supongo que tan propositivamente una cultura de tolerancia no se crea. Es decir, no es que quiera proponerse que tiene sentido exigir en la diversidad, que tiene sentido mostrar la diversidad de la Iglesia.

Yo creo que pocos cursos tan intensos, tan sistemáticos, respeto a la diversidad de creencias, hemos tenido como el que se desarrolló el 11 de Septiembre, a partir del mundo musulmán.

Es extraordinario lo que hemos aprendido en meses de algo que desconocíamos por completo. Y pienso que el mejor curso de tolerancia tiene que ver con la comprensión de la variedad, la diversidad, la riqueza de convicciones legítimas que hay en el mundo.

P: Como escritor ¿cuál es su opinión sobre la obra discursiva del sub-comandante Marcos y, específicamente sobre los movimientos de La Lacandona? ¿Qué papel ideológico representa el movimiento del conflicto armado?
CM: Yo estimo muchísimo al comandante Marcos. Como decía antes, he tenido la oportunidad de que me oyera… He tenido la oportunidad, algunas veces, de conversar con él. Creo que es un hombre absolutamente inteligente. Algunos de sus textos son los textos más memorables que ha producido la vida mexicana. Lo admito, me emociona tanto. Tal vez porque mi gusto por la sicología y los cuentos ha disminuido. Tal vez porque lo he visto cuando mis condiciones físicas no han sido muy favorables: después de caerme cuatro veces en el lodo, de probar que mi capacidad como excursionista era nula. Pero me gusta más otra vertiente discursiva de Marcos.

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Foto Heriberto Rodríguez/archivo La Jornada

P: ¿La tolerancia o intolerancia no sería consecuencia de la alineación de las grandes ciudades?
CM: No, porque la alineación no tiene qué ver con la intolerancia. La intolerancia creció cuando eran pequeñas. Y, la tolerancia, tampoco es consecuencia porque la alineación o enajenación de las grandes ciudades es un patrón negativo. Tiene que ver con el desarrollo demográfico, tiene que ver con el desarrollo civilizatorio; con una noción de la modernidad que incluye la noción precisa de lo que son los respetos de los derechos ajenos.

P: ¿Cómo impulsar la tolerancia por parte de los hombres hacia las diferencias de las mujeres; por las desigualdades que han constituido las diferencias genéricas?
CM: Hay que recordar que la derecha se ha opuesto, incluso, al término género. Este hombre, este teórico de la derecha mexicana que llaman el zar de la derecha mexicana -es Jorge Serrano de Provida- se ha opuesto al término género. Dijo: “Dios hizo que naciéramos machos y hembras, no género”. Y eso es muy justo: es género Adán y género Eva. Eso es Jorge Serrano Limón.

Yo creo que no se trata de acotar la tolerancia. No es un asunto de tolerancia, es un asunto de respeto. Los hombres no tienen porqué ser tolerantes. Es decir, la idea de que un jefe sea tolerante con su empleada o que un presidente de la República tiene que ser tolerante con los que no piensan votar por su partido es absolutamente dislocada. Aquí se trata de un problema de respeto y de ejercicio de derechos.

P: ¿Cuál debería ser la tolerancia en cuanto al valor religioso? ¿Y quiénes la aceptarían?
CM: Todo lo que es legítimo y legal debe ser tolerado y debe ser respetado. Y quienes no lo acepten son aquellos que están ejerciendo la intolerancia. Y, desde Voltaire, se sabe que no se puede ser tolerante con los intolerantes y para eso está la ley.

P: ¿La globalización es sinónimo de intolerancia? O, ¿la intolerancia es que la sociedad acepte la globalización que se cierne intolerante?
CM: La globalización es un fenómeno no necesariamente intolerante. La globalización puede ser un hecho extraordinario de promoción de oportunidades, de intensificación de conocimientos, de verdadera mundialización al punto de vista. Y lo vemos, también, a partir de los conocimientos que hemos aprendido desde el 11 de Septiembre.

Lo que pasa es que hay un tipo de globalización que es la que ahora pretende regalar algo a los países pobres en Monterrey, que es absolutamente inaceptable. No es la globalización en sí, que es un fenómeno inevitable y por tanto no sujeta a calificaciones de bueno o malo. Ese modo de esa globalización ha querido, entre la globalización marcada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etcétera, imponerse.

P: ¿Quiénes son los intolerantes: los globalifóbicos o los globalizadores?
CM: Por globalifóbicos, yo entiendo a aquellos que odian al planeta, que están devastando sus recursos, que están negando el derecho de las generaciones siguientes. Estoy pensando en un gobierno como el de Bush, estoy pensando en la situación de las transnacionales, estoy pensando en la falta de respeto a los ecosistemas, estoy pensando en todo eso que estamos viendo en la tala de bosques, el derramamiento en los ríos, etcétera. Esos son los verdaderos globalifóbicos. Los que se pronuncian contra ellos son los verdaderos globalifóbicos estrictos.

P: Entonces, ¿no existe la tolerancia o está disfrazada?
CM: No. La tolerancia no puede disfrazarse. La tolerancia es un hecho que se marca todos los días en la medida que sabemos que el comportamiento de los demás ha dejado de irritarnos, ha dejado de convertirse en una ofensa; una ofensa para nosotros en la medida que es un comportamiento que es legal y que es legítimo.

Foto:Mónica González/archivo de Milenio.com
Foto: Mónica González/archivo Milenio

P: Los perfiles universitarios, con base al desarrollo de la tolerancia, ¿pueden tomar profesionales y creyentes como la base de la sociedad dialéctica progresista que sí detiene las operaciones de nuestra sociedad chiapaneca por esta dualidad?
CM: Completamente de acuerdo… Nunca se falla si se apoya lo que no se entiende.

P: ¿El exceso de la tolerancia llevará a qué tipo de sociedad?
Yo pienso que detrás de la pregunta están las imágenes de las calles convertidas en ríos de wisky y tequila, en donde las parejas desnudas se frotan los codos. No hay exceso de tolerancia. Hay tolerancia, hay respeto a la ley, ejercicio de las libertades, pero no exceso. No creo en palabras como libertinaje. Hay libertad o no la hay.

P: Entonces, ¿podríamos pensar que la tolerancia nos puede llevar a dejar pasar, dejar ser; que no serían necesarios los acuerdos?
CM: Bueno, sí. La tolerancia nos puede llevar a eso. Pero, como no entendí la pregunta, también puedo pensar que fue… Es decir, por poner los acuerdos de San Andrés, son acuerdos, ¿serían interrumpidos por la intolerancia? No creo. El dejar ser, el dejar pasar no es tolerancia. Es la actitud de encogerse de hombros ante la posibilidad que otros se desarrollen.

P: Si partimos de la idea que la moral impide, en cierto grado, la tolerancia, entonces, ¿es necesario un cambio de moral? ¿Cómo lograrlo?
CM: Yo creo que dando aviso al catastro.
La nueva moral y la ética, al contrario, intensifican, declaran legítima, vuelven persuasivas las razones de la tolerancia. No es la moral la que se opone a la tolerancia. Es el moralismo, es la deformación moral, la fijación de la moral desde un criterio que no admite -que nunca admite- que lo de otros pueda ser legítimo. La moral en sí misma tiene que ser un gran apoyo de la tolerancia.

P: El respeto a la individualidad no existe. Entonces, ¿cómo ser tolerante, en ese sentido de aceptación, a la individualidad?
CM: Yo creo que el respeto a la individualidad sí existe. Lo que no existe es el respeto salarial a la individualidad. Lo que no existe es el respeto político a la individualidad, lo que no existe es el respeto ético a la individualidad.

Existe el respeto a la individualidad como la posibilidad de convertir a todos en consumidores.

P: ¿Qué opina acerca de lo que pasa en Palestina? ¿Cree que países con mano de obra barata, como podría ser México, se revelarían o tendrían que hacerlo, contra sus amos judíos?
CM: La pregunta tiene un tono antisemita que no me gusta. Me gusta muchísimo menos lo que está pasando en Palestina. Me parece absolutamente inadmisible que no se devuelvan los territorios palestinos de donde estaban antes de 1967. Me parece inadmisible que un líder como Sharon que fue el ejecutor, el diseñador, el director de la matanza de Sabra y Chatila, sea, hoy, gobernante. Me parece igualmente condenable los palestinos bombas humanas, Y desde luego, la matanza de palestinos.

Creo en el Estado Israelí, que debe persistir el Estado Israelí. Desde luego, creo en el Estado Palestino y pienso que la propuesta árabe, de Arabia Saudita, es, en este momento, la única salida. El que a regañadientes hayan abandonado las fuerzas de ocupación los territorios en estos días, no me dice nada. Si va a haber paz en esa región tiene que reconocerse el Estado Palestino.

P: Entonces, ¿en México existe la tolerancia?
CM: Yo creo que ustedes me han escuchado y se han quejado. Es una muestra de tolerancia. Sí, creo que cada vez hay más tolerancia. Sobre todo, cada vez más se marca como excentricidades aberrantes o patéticas los intolerantes. Y eso es un avance de la tolerancia. No tanto que cada cual se sienta más tolerante sino que los intolerantes profesionales se han aislado.

P: ¿Qué papel ha jugado la educación en nuestro país para el desarrollo de la tolerancia?
CM: Un papel inmenso. Uno nunca puede dejar de estar agradecido con la educación pública; es uno de los grandes factores del desarrollo.

P: ¿Cuál, a criterio suyo, es el nivel de tolerancia de la juventud en México?
CM: Por razones que no debería especificar, pero que tienen que ver con la cronología, mi trato con los jóvenes no es tan reciente como pudo haber sido hace años. Luego entonces, no sé cuál es el nivel de tolerancia. Muy alto, desde luego mucho mayor al que percibí en mi generación. Yo creo que toleran incluso el aspecto de los secretarios de Estado, que es un avance, en ese caso, muy notable.

Creo que el rock y las nuevas formas de convivencia, el saber que la virginidad no es necesariamente un estado de perpetuidad y todo esto que se ha movilizado con tanta fuerza en los años recientes ha implementado una tolerancia social mayor. No digo que las consecuencias con la edad sean más notables, pero sí mucho mayores.

Foto: Francisco Mata Rosas
Foto: Francisco Mata Rosas

P: Eso de Palestina no es más que una vieja rencilla milenaria.
CM: Ninguna vieja rencilla milenaria puede explicar por qué la gente se sigue muriendo. Eso tiene que ver con causas actuales e intolerancias actuales.

P: Big Brother; ¿se aplica tolerancia como desarrollo para el país?
CM: El caso de Big Brother es…bueno… tengo que confesar algo, me da mucha vergüenza: nunca lo he visto. Se supone que hay que ver lo que está pasando, pero Big Brother es algo en donde, creo, intimidad no existe. Creo que la intimidad es algo que hoy ya no deja ver. La intimidad que se muestra dejó de ser intimidad hace mucho en Big Brother. Ahora, peor que Big Brother es el grupo que lo quiere prohibir; eso no tiene la menor duda. No se puede admitir que un grupo decida qué es lo que ve una comunidad. No se puede admitir la censura con razones moraloides. Big Brother será un pésimo programa; el peor programa es aquel que están realizando, en la práctica, los que quieren prohibirlo. Hablando de eso ofende a la familia mexicana. Como si la familia mexicana fuese una entidad perfecta, diseñada para siempre, sin malicias, sin posibilidades de cambio. Yo creo que tanto por familia mexicana se entiende aquella que en lo más profundo de su intimidad se sueña en la televisión.

P: ¿Podría tener algún futuro el zapatismo?
CM: Si el zapatismo no tiene futuro, entonces, tampoco lo tiene muchísimo del desarrollo democrático en México.

P: ¿Cuál es el sector social más afectado por la intolerancia?
CM: Todos. Porque la intolerancia puede recaer con mayor dureza en los protestantes, los gay, las mujeres o los indígenas, pero la intolerancia, como ejercicio del poder, es un hecho que minimiza a las sociedades y que aletarga o inhibe el desarrollo civilizatorio. Por eso afecta a todos.

P: ¿De qué manera podemos combatir la intolerancia en el ámbito familiar?
CM: La más práctica es no dejar hablar al papá.

P: ¿Qué diferencia existe entre tolerancia y corrupción?
CM: Que la tolerancia no puede admitir a la corrupción y la corrupción necesita de la indiferencia. La respuesta es vaga pero la pregunta era imposible.

P: ¿Podría hablar un poco sobre la intolerancia hacia las mujeres y los homosexuales?
CM: La intolerancia hacia la mujer es lo que se llama ahora sexismo hacia las mujeres, porque ya, también, hablar de la mujer como entidad abstracta, única, no tiene mucho caso.

La intolerancia hacia las mujeres es lo que se llama sexismo y más que una intolerancia es una programación de la inferioridad de un género y es inadmisible. Es inadmisible y es triste recordar que las mujeres votan por vez primera en 1955; tan reciente como eso.

Cuando yo estudié en la universidad las mujeres de la UNAM eran el 8% de la población; hoy son el 51% . Hay un cambio y ese cambio no depende de la mayor tolerancia; depende del mayor desarrollo. No es un problema de tolerancia o intolerancia, es un problema de desarrollo.

En cuanto a los homosexuales, recojo, ahora, la expresión muy feliz de un humanista, un gran demócrata, igualmente, una de las figuras libertarias más radicales en México y contemporáneo que es: Diego Fernández de Cevallos. Hace muy poco, hablándole de la pregunta de una militante panista, en una reunión de mujeres panistas, le preguntan al señor Fernández de Cevallos sobre la política de cuotas. Una cosa ya admitida por el COFIPE, una cosa que ya forma parte de la reglamentación electoral, que no está sujeta al criterio de un político individual y le dice: qué piensa de la política de cuotas, de programarse por menos un determinado porcentaje de mujeres que vayan a las posiciones legislativas. Y contesta el señor Cevallos: “Francamente, no. Si le damos a las mujer lo de las cuotas, acabaremos, también, fijando cuotas a los jotos”.

Me parece que este hombre civilizado, humanista, el quijote de la bondad, no puede hablar sino a nombre de su partido. Me preocupa que sea esa la posición intolerante, homofóbica, prejuiciosa de un partido.

P: ¿Qué opina, que un país como el nuestro haya sido gobernado 72 años por el PRI? ¿Fue tolerancia de la sociedad o la oposición?
CM: Lo inerme no es tolerante. Lo inerme es inerme, lo indefenso es indefenso. Lo tolerante tiene opciones, lo inerme no.

Foto: archivo Secretaría de Cultura
Foto: archivo Secretaría de Cultura

P: Usted señala que en la Ciudad de México se dan las grandes oportunidades y mayores niveles de tolerancia. Sin embargo, Guadalajara, Monterrey, ciudades de gran desarrollo, ¿son tolerantes?
CM: Sí y no. Hay sectores absolutamente de vanguardia, modernos, críticos y hay alcaldes.

P: ¿Usted cree que los acontecimientos del 11 de Septiembre son un duro golpe para la tolerancia a nivel mundial?
MC: Es un hecho sin precedentes que mostró el rechazo, justo y necesario, al terrorismo. Y que después se ha visto prolongado por una persecución de lo que considera, el gobierno norteamericano, inadmisible.

P: ¿Por qué tolerar?
CM: La primera respuesta es: Para que nos toleren. Por qué no tolerar: Para que no nos toleren. Por qué tolerar: Porque no nos queda otra. Se trata de respetar las leyes.

P: ¿Cree que sea posible mantener la autonomía de las universidades públicas, a pesar de la presión del gobierno?
CM: Como en el caso del zapatismo, sin la autonomía de las universidades públicas, la educación superior se desmorona. Es un hecho constitutivo.

P: ¿Hasta dónde llegan los límites de la tolerancia cuando llega el gobernador y saca a la gente de su lugar? ¿Hasta dónde se le puede tolerar o tener que poner la otra mejilla?
CM: ¿Es una pregunta de (la Reserva de la Biosfera) Montes Azules  o qué? Es que no sé qué gobernador, no sé qué gente sacó de su lugar. Esta es una pregunta muy interesante para el Gobernador.

P: Si no es indiscreción, ¿de qué religión es?
MC: Si lo digo van a ser intolerantes. Permítame un comentario sobre la tolerancia. Creo que en Chiapas, en pleno siglo XXI, no es dada la tolerancia como debía ser. En los Altos se ve muy claro. Si el gobierno del estado no pone mucho interés en eso, menos lo hará el gobierno federal. Lo transmito a Don Pablo (Salazar Mendiguchía).

P: ¿Cree usted que la intolerancia surge en nuestro pasado histórico desde la conquista o cómo cree que fue?
En nuestros países creo que fue… es un proceso tradicional, que en México se detuvo con todo el atraso mantenido e implantado férreamente. Sin embargo, hemos tenido dos grandes momentos de derrota de la intolerancia: una fue La Reforma y, la otra, La Revolución Mexicana. Y que en términos generales el desarrollo de México, aún con toda la gran intolerancia y fanatismo, es comparativamente más claro que el del resto de Latinoamérica.

P: En lo único que todos somos iguales es en que todos somos distintos. ¿Cómo tolerar al fanatismo? ¿Considera la diversidad de culturas y costumbres de las personas que participan en la cumbre de Monterrey utilizan la tolerancia o es una artimaña orgánica?
CM: El fanatismo no se puede tolerar. Lo intolerable no se puede tolerar. En lo único en lo que todos somos iguales es que todos somos distintos. Pero todos somos iguales en la manera de solicitar el respeto para ser distintos.

Entonces somos iguales y somos distintos. En la cumbre de Monterrey no hay tolerancia. La cumbre de Monterrey es una reunión de verdugos planetarios.

P: ¿Cree que hay tolerancia en este estado?
CM: Es una pregunta que hacérsela a un pobre y triste chilango… me digo que los felices y afortunados chiapanecos tienen que responder.

P: ¿Cree usted que la opresión es educación, tiene algo que ver con la intolerancia?
CM: No admito críticas a las universidades privadas. No admito críticas a las escuelas privadas. No admito críticas a las grandes instituciones educativas de las órdenes religiosas. Si le quieren decir intolerantes, díganselo en su cara, no me utilicen.

P: ¿De qué manera se resuelve la tolerancia en el momento de su gestación con las diferencias raciales? ¿Están ahí sus primeras manifestaciones?
CM: En el caso de México el racismo es real, y más que en otro estado, en el estado de Chiapas, se sabe, el racismo no se presenta bajo la forma de superioridad de la raza blanca. Hay que ver el aspecto de los racistas que difícilmente se podría confundir a Robert Redford. Pero ese racismo, que se manifiesta en Chiapas, tiene que ver con la inferioridad de los indígenas y no con la superioridad de los mestizos. Y ese es un grupo lamentable. Aquí no se trata de la tolerancia. Es algo más.

La respuesta al racismo es el respeto y la asimilación, a través de un proceso educativo de la imbecibilidad, del cretinismo moral, profundo, del racismo.

P: ¿Podrá considerar que hay muchos intolerantes en las altas esferas de gobierno, político y económico?
MC: No me gusta la pregunta. La pregunta es: ¿Podrá considerar que hay algunos tolerantes en las altas esferas de México?

P: ¿Cómo describiría usted la tolerancia que hoy está viviendo México?
CM: La describiría como un proceso que ha costado muchísimo; que involucra cada vez a sectores más amplios; que tiene que ver con el respeto a las conductas ajenas, que me gusten o no están en su derecho de ejercerse, que tienen que ver con un entendimiento de la complejidad, de la diversidad y la riqueza de la vida social.

P: ¿Qué tanta tolerancia podríamos tener o qué tipo de tolerancia le podríamos llamar a preferir que el vecino secuestrador, ratero, matón sea, mejor, mi amigo porque, para entonces, sabría que no me secuestrará, robará, matará, sino que me cuidará?
CM: Es una pregunta perfecta porque te enseño mi caja de caudales para que sepas que no ganas nada secuestrándome. Y qué tal que sí oculto lo que había en la caja de caudales antes de invitar al amigo que es secuestrador, ratero, matón. Qué tal si sospecha que el amigo secuestrador sospecha que él ocultó lo que hay en la caja de caudales.

P: La intolerancia en México ¿sólo se basa en la intolerancia religiosa de acuerdo a lo que usted dijo?
CM: No. La intolerancia es general. Una intolerancia nada más religiosa sería una intolerancia sectorial y eso no suele darse. La intolerancia religiosa me preocupa porque ha tenido una expresión brutal, que es San Juan Chamula (Chiapas, México). Pero la intolerancia es múltiple.

P: Usted interpreta como una falsedad el consenso de Monterrey.
CM: Vale la pena el consenso pero no creo que sea una falsedad. Creo que es una farsa pero no una falsedad. Ni siquiera una farsa porque una farsa tendría un aspecto divertido. Eso es una ocasión burocrática de celebrar el modo de ir aplazando las respuestas vistas a una situación catastrófica en el orden mundial.

P: ¿Toleraría usted participar en un Big Brother para intelectuales?
CM: Hace 40 años hubiera dicho: sólo si me dejan hacer striptease.

P: ¿Por qué la conferencia se tituló los desarrollos y no el desarrollo?
CM: Bueno, lo que pasa es que no es un solo tipo de desarrollo. No es una senda única. Implica retrocesos; implica avances diversos; implica desigualdades en el ritmo.

P: ¿Podría dar los cinco puntos básicos para alcanzar el desarrollo en México?
CM:
1. No tolerarás la intolerancia de tu vecino.
2. Dejarás que pase mucho tiempo antes de que tu vecino se dé cuenta de que no lo toleras.
3. Procurarás ser discreto en la expresión de tus formas de vida, de tal forma que ni siquiera tú lo notes, por consiguiente te toleres.
4. No asistirás a conferencias o reuniones sobre tolerancia.
5. Aprovecharás todas las preguntas para hacérselas luego, a los gobernantes del estado.

P: Usted cree que si aún existe la tolerancia, ¿es bueno que persista la división de clases?
CM: La división de clases sociales no es un asunto de tolerancia. Los empresarios insisten en que la separación de clases sociales es un hecho inherente a la humanidad. Esto es fantástico. Dicen que Dios dividió el mundo en pobres y ricos para que los ricos tuvieran en quién pensar en las noches y para que los pobres tuvieran a quien agradecer en las mañanas.

Yo creo que el asunto de las clases sociales no es un problema de tolerancia. Es un problema de la profunda inequidad, de la profunda desigualdad que se vive. Es un hecho monstruoso en la vida mundial y que no se va a tratar en la cumbre de Monterrey. Declaró ayer la FAO que no están tocando el problema alimenticio, que no están tocando los verdaderos problemas.

P: Se innova de manera recurrente los usos y costumbres en las comunidades para avasallar a las creencias minoritarias, como los evangélicos para manipular la tolerancia. ¿Qué hacer en lo relativo a los usos y costumbres?
CM: Yo tengo un punto de vista. Lo expresé en la reunión de la Ciudad de México, con los comandantes zapatistas y Marcos. Ni doctrinal ni reglamentariamente se puede mantener. Los usos y costumbres tienen que ser un problema voluntario. Dado una categoría normativa es, sencillamente, ignorar el desarrollo, es ignorar la capacidad que tienen la mujeres.

El mejor discurso al respecto lo dijo la comandanta Esther en el Congreso, al oponerse categóricamente a lo que eran los usos y costumbres; cuando habló de los padres que vendían a sus hijas, de la manera en que trataban a las mujeres en las comunidades.

Mantener como una norma estricta lo que han sido los usos y costumbres es codificar y eternizar el retraso.

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Biblioteca personal de Carlos Monsiváis/ Imagen tomada del sitio: www.bibliotecademexico.org.mx