El Tuxtla viejo que se va

Plaza Tuxtla Gutiérrez, tomada de la web

Esta primera semana de diciembre del 2019, inició la demolición de lo que fue el Gran Hotel Brindis, con lo que va muriendo una parte de la ciudad para quedarnos en la pura nostalgia del ayer que fue. Se entiende que es una propiedad privada y sus dueños pueden hacer lo que deseen, siempre que cumplan con las normas establecidas por el Ayuntamiento de la Ciudad, pero no deja de hacernos suspirar a los que de alguna forma tuvimos relación con ese inmueble.

Alfredo Palacios Espinosa*

El hotel Brindis competía en preferencia de huéspedes con el hotel Cano que estaba en la esquina de la 1ª Norte y 2ª Poniente. Surgió a partir de los años 40 (del siglo pasado), en los mismos terrenos en que estuvo el hotel Paco. Don José María Brindis Gómez compró el lugar y construyó el Gran Hotel Brindis. Lo administró hasta 1958 en que lo vendió con el empresario Marcial Zebadúa (el mismo que construyó las plazas de toros de Tapachula y Tuxtla). Durante el tiempo que estuvo bajo la administración de don José María, su esposa doña Isaura Riquelme se hizo cargo del restaurante del hotel y la cocinera fue la famosa tía Nati Gómez, quien después se hizo célebre vendiendo el cochito horneado y que supieron darle continuidad sus hermanas, las tías Elena y Felipa, esta última mamá del ingeniero Gustavo Acuña, hombre conocedor de la escena y que alcanzó el premio nacional como director teatral.

Allá por los años 50 y 60 (del siglo pasado) era el hotel del pueblo en clara rivalidad empresarial con el hotel Bonampak –que también ya cayó-. Éste era para la gente de otro nivel económico. Al Bonampak por lo general llegaban a hospedarse personas ajenas a la entidad o chiapanecos que se consideraban fifís (como los llamaría AMLO) y al hotel Brindis llegaba gente de los municipios chiapanecos, principalmente concordeños, fraylescanos y carrancistas y es, precisamente de mis paisanos concordeños y la relación que tuvieron con este hotel de quienes quiero hablarles.

Eran tiempos de confianza colectiva, las habitaciones que daban sobre la 3ª Oriente tenían puertas a la calle, por eso mis paisanos, que hacían el viaje redondo de La Concordia-Arriaga-Tuxtla-La Concordia en los F8, después de dejar la carga de maíz y frijol en los ferrocarriles, en aquella ciudad airosa, regresaban cargados con bolsas de azúcar, galletas (principalmente de animalitos, serranas o marías) aperos de labranza y cervezas, entre otros artículos encargados por las tiendas de la cabecera municipal, estacionaban sus camiones cargados sobre esta calle. En la capital, hacían la última escala para completar su carga con los paisanos que habían llegado para algún trámite burocrático, de salud o simplemente de compras para algún casorio, bautizo o para la fiesta del Cuarto Viernes o la Navidad o con los que vivíamos en Tuxtla, pero íbamos a visitar a los familiares. En la madrugada nos trepábamos sobre los costales o cajas como sobornal en un largo viaje de casi diez horas a La Concordia.

Las habitaciones más solicitadas por mis paisanos y por los agentes viajeros eran las que daban a la 3ª Oriente por tener acceso directo a las habitaciones, creo que mis paisanos por los camiones cargados y los agentes por otras razones muy humanas. Cuentan que un día, a un buen viejo concordeño que se hospedó y estacionó su camión cargado de diversos artículos de mercancía, sin cubrir, una joven que hacía el aseo en las habitaciones le dijo:
─Tío, tenga usted cuidado con sus cosas, pueden robarlas.
─No te preocupés hijita, están contadas –contestó él.

De niño y joven después, iba al hotel Brindis a ver a alguno de mis abuelos que se hospedaban en él: al paterno, de quien llevo su nombre, cuando vivía todavía en Niños Héroes y venía por gestiones como comisariado fundador de ese ejido o a mi abuelo materno Macario Espinosa, que embarcaba reses en Puerto México (Coatzacoalcos) o traía puercos gordos para el rastro de Tuxtla o simplemente por algún trámite del ejido porque también fue comisariado o simplemente alguno de mis tíos; de ambos recibía alguna ayuda económica, que me caía muy bien, más el apetecido paquete de tasajo para que se retorciera en las brasas o de hueso asado para el tsiguamonte concordeño que es comida de dioses y el consabido costalito de frijol nuevo para la casa.

Algunas veces me invitaban a comer en el restaurante del mismo hotel o me llevaban a botanear a las cantinas que existían a la redonda. Todavía recuerdo una serie de cantinas que había alrededor del hotel: El Palacio Chino, en la 1a Norte y la misma 3a Oriente, que regenteaba don Enrique Villanueva a quien le decían El Chino y que nada tenía de chino; El Cairo en la 4ª Oriente, del Sargento Chanona; El Rinconcito, de Nereo Chanona; El Carijos, en la 1ª Norte y 2ª Oriente; El Melón, de Julián Sánchez en la 3ª Oriente, entre 2ª y 3ª Norte; La Estratosfera y Río Escondido, por mencionar algunas.

Las cantinas que estaban a una cuadra del hotel Brindis merecen párrafo aparte: Las Américas, de don Antonio Moya Gabarrón que estaba sobre la Avenida Central y callejón Oriente, también conocido como el Callejón del Sacrificio (atrás de la hoy Catedral) y La Continental de don Rosario Alfaro que se encontraba en la 2ª Oriente y Avenida Central.

A Las Américas iban por la botana pero más por los artistas que frecuentemente se presentaban, patrocinados por La Corona, de las caravanas que traían a las ferias; a La Continental de don Chayo, los paisanos iban por echar andar la Rokola que estaba de novedad por ser la primera cantina que instaló una y por diez centavos la echaban andar para escuchar a las hermanas Águila y a las Jilguerillas o a los cantantes de moda como Pedro Infante, Jorge Negrete o el Charro Avitia, además de echarse un buen caldo de espinazo bien sazonado que preparaban en esta cantina. También se armaban buenas broncas al calor de las copas que el buen Chayo sabía tranquilizar dándole a la policía buenas mordidas, que luego cobraba a los rijosos con todo y consumo y los destrozos ocasionados.

Lejos quedan los recuerdos del hotel Brindis y de los camiones de los Albores, los López, los Guillén, los Abud, entre otros, cargados de mercancía que, por la madrugada esperaban el sobornal humano para partir a La Concordia. Ese era el Tuxtla de ayer y su relación con otros municipios, que poco a poco va muriendo para dar espacio a una nueva Tuxtla, que ojalá sea para bien de quienes habitamos esta ciudad cada vez más individualizada y menos ciudadana.

*La Concordia, Chiapas, 16 de enero de 1948. Escritor, narrador, docente y dramaturgo mexicano.

Querida Elena, te abraza Chiapas

Elena Poniatowska Amor ha pisado una vez más las tierras chiapanecas para ser condecorada por su máxima casa de estudios, honor que se le confiere por primera vez a una mujer. Vino para recibir homenajes, atenciones oficiales y admiración de sus lectores y los jóvenes estudiantes que la acaban de descubrir.

https://www.archivosonoro.org/archivos/elena-poniatowska-discurso-honoris-causa/

Poniatowska Amor condecoró con olivos, tejidos magistralmente mediante el lenguaje, para demostrar su amor y admiración a esos hombres y mujeres chiapanecos que han caminado en diversas épocas y cada uno desde su oficio, han enaltecido no sólo su origen sino a la humanidad.

Y a nosotros, los chiapanecos de ahora, nos ha dejado todo el amor que es capaz de dar esa mujer que ha vivido cada lágrima, cada piel, cada voz y cada rincón de nuestro país. Nos regaló un himno.

Compatriotas, que Chiapas levante una oliva de paz inmortal… «la herencia Maya es tan fuerte en los chiapanecos de hoy como lo fue en la poetisa muerta (Rosario Castellanos) por accidente en 1975».

Y marchando con paso gigante a la gloria camine triunfal… «Chiapas ha dado grandes poetas y notables escritores. Las mujeres de Chiapas, tanto las llamadas coletas como las indígenas, han dado extraordinarios ejemplos de bravura».

Si es horrible entre extraños la guerra, a la patria es infame acabar… «Chiapas es uno de los estados más pobres y más desgraciados de la República, porque en Chiapas no hay caminos, porque no hay escuelas, no hay periódicos, porque los gobernadores en vez de ocuparse del engrandecimiento y prosperidad del país se dejan cegar por la ambición y sólo se afanan en hacerse ricos a expensas del estado… Esto ha sido la triste historia de Chiapas, esa es su historia actual».

Nuestra condecorada escritora nos habló del doctor Belisario Domínguez…»Pero nadie tan valioso, ningún chiapaneco más reconocido que el Héroe Belisario Domínguez nacido en Comitán el 25 de abril de 1863. Como muchos de los grandes médicos mexicanos Belisario salió a París a estudiar medicina, farmacología; allá vivió 10 años y 5 meses, y regresó a Comitán a ejercer su profesión y a atender gratuitamente a los pobres, sus hermanos, a regalarles medicamentos y atender partos en rancherías y pueblos. En vez de cobrarles repartía su propio dinero, hasta camas de tablas les hacía y en menos de que canta un gallo se ganó la gratitud y el amor de todos los habitantes de Comitán. En París, en pleno invierno, se había quitado su chaleco bajo la nieve y se lo había regalado a un pordiosero. Rublo, su mejor biógrafo, llegó a la conclusión: «No le gusta el dinero, dice que no quiere ser su esclavo que el dinero es un tumor putrefacto».

El 7 de octubre de 1913 -continua- el Senador Belisario Domínguez Palencia fue asesinado en el panteón del pueblo de Xoco en Coyoacán en la ciudad de México, cuatro hombres lo secuestraron en el Hotel Jardín, en el que se hospedaba en México, y entre muchas otras malas noticias se murmura que le cotaron la lengua. Así murió uno de los grandes héroes de la historia de México, un hombre que con sus acciones y sus nobles palabras abrió las puertas de la esperanza, uno que denunció con valentía lo que otros callaban, un hombre que puso los fundamentos de la dignidad de México.

Realizó una semblanza de la vida y obra de Rosario Castellanos… «Aunque Rosario fue una hacendada, una blanca enmedio de indígenas, una privilegiada, una terrateniente, se alió a los más pequeños, y su desasimiento y abandono la conmovieron de por vida. El apellido Castellanos es un apellido de caciques, y de finqueros, es uno de los apellidos del poder y del clan. Al aliarse a los indios, Rosario traicionó su herencia familiar y se descasta, rechazada antes, ahora será doblemente rechazada, los coletos le darán la espalda. A Rosario le importó la suerte de los chamulas, y aunque no aprendió tsotsil su obra entera es de admiración y de defensa.

Mencionó también a su amiga zinacanteca Rosi, como ella la llama… Rosalinda Gómez Velasco nacida el 5 de marzo de 1985 en Chiapas habla español y tseltal, tiene 28 años y 5 hermanos, vivió en una casa con muchas carencias y conoció su primer libro al sacarlo de un estante de su salón de clases en primero de primaria… Rosi no tenía consciencia de esos dos extremos, para ella todos somos iguales y nada dentro de su mente marcaba la diferencia, fue crucial el abrir los ojos, salir del mundo indígena y entrar a la academia, primero en San Cristóbal y más tarde en la UNAM, donde la admitieron hace un mes en agosto de 2014 en la unidad de posgrado de estudios mesoamericanos.

Así podríamos seguir hablando del discurso de Elena Poniatowska, conocer a Elena, va más allá de este discurso, al leer la obra de esta gran escritora es conocer y admirar a esas mujeres y otras, que han transitado en el país como Tina Modotti, Pita Amor, María Izquierdo, Elena Garro, Frida Kahlo, Nahui Ollin, Leonora Carrington, por mencionar algunas: «las mujeres caminan, sudan, aman, son colchón de tripas, dan a luz, se acostumbran a la muerte. Cada una tiene su muerto adentro».

«Muchas gracias por escuchar» (palabras que colocan punto final a sus discursos)

Y ojalá así sea, que sigan resonando en la conciencia de quienes la escucharon, palabras que trascenderán el tiempo y el espacio: 

Querida Elena, gracias por tu admiración a Belisario Domínguez, gracias por tu amor a Rosario Castellanos, gracias por tu valentía, tu coraje y tu entrega, gracias por tus letras, gracias por tu amor a México. Gracias por venir a Chiapas.