Melómanos

Fernando / El País Semanal

Amo a Natasha, hay un antes y un después de ella. Me ha enseñado amar a los perros y a conocerlos un poco más. Toda mi vida he estado rodeada de caninos, pero con ella es con la primera que me he sentido más unida. Estamos juntas casi todo el día, se duerme a mi lado mientras trabajo y si me muevo de la oficina me sigue donde esté, escucha mi música y baila conmigo.

Sin embargo, no me he detenido a observarla si gusta o no de la música o si cuando baila conmigo, moviendo la cola y saltando, es por las melodías que escuchamos. Hasta que hace unos meses que encontré, en mi acostumbrado recorrido por el diario La Jornada, con una pequeña nota escrita en julio y que se refiere a lo que hizo un canino durante el concierto de la Orquesta de Cámara de Viena en Turquía:

“el perro sube al escenario, aparentemente atraído por la música. Camina lentamente por la tarima, antes de acurrucarse a los pies de un violinista que no logra reprimir una sonrisa. La aparición del animal provoca risas y aplausos en el público. Se difundió rápidamente en las redes sociales en Turquía, donde la gente suele tratar con respeto a los perros y gatos callejeros, y en el resto del mundo”.

Eso me hizo recordar una lectura de El País Semanal, de hace 18 años, en la columna de Luis Sepúlveda “Historias Marginales”, es el relato de un famoso perro melómano llamado Fernando, quien vivió en la Provincia del Chaco en Argentina. Me pareció una historia increíble que supuse era la invención del escritor; la curiosidad me llevó a buscar en la web y vi que era verídica; claro, Sepúlveda le puso tintes literarios  y me encantó su versión más que la de la web, así que quiero compartirla, espero la disfruten tanto como yo:

Algún día perdido en la memoria de los vecinos de Resistencia, en el Chaco, por sus calurosas y húmedas calles se vio caminar a un forastero que cargaba una guitarra mientras charlaba amigablemente con un perro de raza desconocida que le acompañaba con fidelidad de sombra. El desconocido llamó a la puerta de una pensión y, tras presentarse como artista ambulante, cantor de boleros para mayor precisión, preguntó si él y su perro podían hospedarse.

-Siempre y cuando respeten las horas de siesta. Vos no cantás y el perro no ladra-, le respondieron.

La siesta es larga en Chaco. Las horas de reposo pasan lentas y apacibles como las aguas del Paraná. Bajo el rigor canicular no canta el hornillo, el surubí reposa en el fondo del río, y las gentes se abandonan a un sopor profundo y benéfico.

A los pocos días de llegar, el cantor se durmió para siempre en una siesta, y al descubrir el triste suceso, el dueño de la pensión y los vecinos comprobaron que sabían muy poco, casi nada, de aquel hombre.

-Uno de los dos obedece al nombre de Fernando, pero no sé si él o el perro – comentó alguno.

Luego de sepultar al cantor, y como una forma de respetar su memoria, los vecinos de Resistencia decidieron adoptar al perro, lo llamaron Fernando y le organizaron la vida: el dueño de un boliche se comprometió a darle cada mañana un tazón de leche y dos medias lunas. El perro Fernando desayunó durante 12 años en la misma mesa. Un matarife decidió servirle cada mediodía un trozo de carne con hueso. El perro Fernando acudió puntualmente a la cita durante toda su vida. Los artistas del Fogón de los Arrieros, una casa sin puertas en la que todavía los caminantes encuentran lugar de reposo y mate, aceptaron al perro Fernando como socio de la institución, donde destacó como implacable crítico musical. Tal vez heredado de su primer amo, el perro poseía un agudo sentido de la armonía, y cada vez que un músico desafinaba debía soportar la reprimenda de los aullidos de Fernando. Mempo Giardinelli me contó que, durante un concierto de un prestigioso violinista polaco en gira por el noreste argentino, el perro Fernando escuchó atentamente desde su lugar en primera fila, con los ojos cerrados y las orejas atentas, hasta que una pifia del músico le hizo proferir un desgarrador aullido. El violinista suspendió la interpretación y exigió que sacaran de la sala al perro. La respuesta de los chaqueños fue rotunda:

-Fernando sabe lo que hace. O tocás bien o te vas vos.

Durante 12 años, el perro Fernando se paseó a sus anchas por Resistencia. No había boda sin los alegres ladridos de Fernando mientras los recién casados bailaban un chamamé. Si Fernando faltaba a algún velorio, era todo un desprestigio tanto para el muerto como para los deudos.

La vida de los perros es por desgracia breve, y la de Fernando no fue una excepción. Su funeral fue el más concurrido que se recuerda en Resistencia. Los caciques de la política cantaron loas a sus virtudes ciudadanas, los poetas leyeron versos en su honor, y una suscripción popular financió su monumento, que se levanta frente a la casa de Gobierno, pero dándole la espalda, es decir, mostrándole el culo al poder.

Hace un par de semanas, con mi hijo Sebastián que se inicia en los senderos que amo, salimos de Resistencia para cruzar el Chaco Impenetrable. En el límite de la ciudad leímos por última vez el letrero que dice:

“Bienvenidos a Resistencia, ciudad del perro Fernando”.

 

Fuentes: Periódico La Jornada. Sábado 1º de julio de 2017, p. 7

Luis Sepúlveda / Historias Marginales XXV / El País Semanal No. 1,198. Domingo 12 de septiembre de 1999.

One thought on “Melómanos

  1. Hermosa historia… Digna de citarse y hacerse leyenda… Queda demostrado que La cultura y el buen gusto no es exclusivo de algunos pocos humanos….!!!

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