Los ojos del árbol

Árbol / Foto: Leticia Bárcenas

Presentación Los ojos del árbol (La novela de R.A.). Editorial Tifón, Primera edición 2016.

He venido a presentar la novela de una autora que no está aquí. Sí, no está entre nosotros. ¿Sorprendidos? Así es, porque “Los Ojos del Árbol” no es de Héctor Cortés Mandujano sino de Rosa Alhelí, la personaja de la novela: En Memoria de las que hemos sido desdichadas.

Y en esta novela, R.A. escribe sobre sus sueños, sobre sus miedos, sobre la instantaneidad de su vida; eso es lógico dirán, ¿qué obra no contiene elementos de carácter autobiográfico?

Pero la magia de R.A. radica en su capacidad de escribir la novela como a veces se lee, con la intención de soñar otras vidas y evadir la propia, esa que transcurre en un mundo arbitrario, violento, embrutecedor; un mundo que nos va mutilando el sentido estético, la sensibilidad y nuestra capacidad de creer en lo mágico.

La autora crea y nos presenta un mundo que podemos calificar como onírico, en el que hay que encontrar tesoros, pedir ayuda a duendes, hablar con árboles y conocer la vida de una bruja blanca, que obvio, es buena. Y digo, obvio, porque R.A. maneja algunos estereotipos que nos parecen tan naturales, hasta que tomamos algún taller de narrativa. Pero ella no lo hizo, escribe en la cárcel, no cursó taller alguno, ni consultó a Héctor y entonces su bruja, como es blanca es buena, aunque los habitantes del pueblo no lo saben y…

¿Se puede ser del todo buena? Parece que una maldición persigue a esta mujer-bruja-sanadora, con tristes consecuencias para la gente que la rodea, como en la vida “real” de la autora, a quien lastiman agrediendo a sus afectos.

“Hay que creer en lo ilógico, en lo improbable, en lo imposible, pues ésta es la única posibilidad de que el mundo se salve”, nos dice R.A. y a pesar de su dolor, de sus pérdidas, de su injusto encarcelamiento, nos habla del amor, de la creación de los príncipes azules, de la maternidad y la paternidad no lograda sino a través de un niño ajeno e invidente, que para la bruja no sólo se vuelve el centro de su afecto, se vuelve también el instrumento para rebelarse contra sus propias condicionantes y romper por medio de él los límites de su entorno más próximo.

La ceguera, limitación física que lejos de ser un problema cobra una dimensión trascendente en la vida ordinaria de los personajes: Eloísa, la bruja; Arcadio, su marido y Joel, el niño. Y es, gracias a esa falta de visión, que los objetos son deconstruidos para dotarlos de un nuevo significado, que les permite escapar de la rutina inherente a su naturaleza y ser transgresores, desbordando su uso, con voz propia y en este caso, hasta de recuerdos.

Así, las máquinas de escribir y los pianos cobran vida y hablan ante los oídos del niño invidente, adquiriendo un poder evocador de un mundo simbólico y de paz, de una paz familiar que trasciende la vida ordinaria de los personajes, que a su vez crecen y se extienden cual árboles llenos de savia, de hojas-ojos, de ramas-brazos, de luz y sombra, de espiritualidad.

Y entonces tuve ganas de ser árbol también y recordé las fotos que he tomado de algunos que he encontrado en mi andar y de cómo su belleza me cautiva, pero luego me retracté porque me atraen más las ramas casi desnudas de hojas, y recordé la escena de una película, en la que la chica cuenta que su papá la llevó a un bosque en invierno y le dijo que observara: “Son las almas de los árboles las que vemos en invierno. Almas locas, retorcidas”. Y yo no saldría bien librada en invierno.

Creo que Rosa Alhelí es afortunada por poder escribir sin preocuparse por las convenciones literarias, aun teniendo a su lado a Héctor, quien como un inmenso árbol la cobija bajo su sombra, la escucha, la ve y la deja hablar, hablar, hablar.

Felicidades Héctor.

Por Leticia Bárcenas González

“La gente normal, pobre o rica, ignorante o letrada, es decir, casi toda, no hace caso de las señales que no tengan rango científico o que no sean avaladas por lo que se llama “sentido común”. Hay excepciones, por fortuna. Si así no fuera no existirían inventos ni arte, seguiríamos atados a la vulgaridad de lo posible. Hay que creer en lo ilógico, en lo improbable, en lo imposible, pues esta es la única posibilidad de que el mundo se salve”. Quise leer esta cita ya que considero que describe en su totalidad, la esencia del libro Los ojos del árbol.

El autor
En la literatura, como en los sueños existen mundos posibles, muchas veces, alejados del campo de la lógica, es por eso que estamos reunidos hoy en este espacio, seducidos por esas palabras que forman una historia, donde la realidad es inasible.

Al comenzar a leer las primeras líneas del libro, estaba preparada, por así decirlo, para reconocer la forma de escribir de Héctor, pero no, no lo reconocí en lo absoluto, porque no tiene nada que ver con los demás que he leído de él, entonces recordé que estaba frente a un libro apócrifo y me encontré ante algo que aún no sabía bien qué era.

La novela fue escrita al margen de lo que es Héctor, es un salto fuera de él, ya que no recorre su biografía literaria. Es un libro donde logra el desprendimiento para darle voz a Rosa Alhelí, mejor conocida como R.A. personaje principal del libro “En memoria de las que hemos sido desdichadas”, presentado el pasado mes de noviembre.

R.A. inicia la escritura de la novela durante su estancia en la cárcel, en el que tuvo tiempo para leer, reflexionar y desarrollar la idea que tenía desde tiempo atrás sobre un niño ciego y su relación con un piano y una máquina de escribir; realizó la historia como ejercicio de sublimación; plasma sus vivencias y anotaciones de sus lecturas, sin marcar en lo más mínimo una queja de su situación y no busca defender una causa; se vuelca en la escritura como una catarsis, escribe con pasión, quizá con poco dominio de la técnica pero como dijera Carlos Monsivaís:

“Escribir por ejemplo obras caudalosas o muy breves; escribir desde la autobiografía desbordada o desde las revelaciones que desdeñan la confesión y le entregan a la escritura la pena de perderse o la dicha de hallarse (o al revés); escribir desde la ironía, la jactancia, el ánimo clásico; escribir a partir de los temas nacionales o de las experiencias comunes a todos; escribir desde la pasión por la técnica o, no sin precauciones, desde el arrebato de la inspiración…Escribir, por ejemplo…”

Héctor con su escritora, logra la comunión entre lo masculino y lo femenino, como lo sugiere Virginia Woolf: “es funesto para todo aquel que escribe el pensar en su sexo. Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser “mujer con algo de hombre” u “hombre con algo de mujer”… Alguna clase de colaboración debe operarse en la mente entre la mujer y el hombre para que el arte de la creación pueda realizarse”.

El Lector
Las novelas En memoria de las que hemos sido desdichadas y Los ojos del árbol son autónomas, pero comparten la fórmula que consigue que la lectora y el lector se concentren, y que el mundo que los rodea se esfume, provocan la adicción momentánea de no desprender los ojos de las páginas hasta saber el desenlace de cada historia.

Los ojos del árbol incluye tres historias completas, que dicen lo que debían decir y a los que no hay que añadirles nada, textos que se hubieran podido publicar por separado como cuentos. Los cuales disfruté de principio a fin, por lo cual surgió en mí la inquietud de compartirlos con tres niños cercanos a mi pensamiento y corazón, con el único fin de contagiarles el amor por la lectura.

“El tesoro del duende” es la tierna historia de Luisa, quien preocupada por la situación económica y emocional de su padre y atenta escucha de las leyendas de su pueblo, decide emprender acciones que la llevarán a entablar una amistad con un árbol de hormiguillo y un duende. Cuento que me gustaría leersélo a Santiago, de 6 años de edad, ya que Luisa me hizo recordarlo, por su nobleza y actitud solidaria para con su familia.

“Corazón con la punta de un cuchillo” se lo leeré dentro de unos años a Genaro, quien a pesar de su corta edad (8 meses) ha demostrado ser amoroso y decidido ante la vida; el cuento narra la historia de Javier, quien encontró no sólo el cobijo y consuelo en su duelo de amor fallido en un árbol de benjamina. Javier a la sombra de éste experimenta también una entrañable amistad con el árbol, cariño que le dio el empuje para realizar acciones de manera decidida defendiendo con su vida sus ideales, moviendo conciencias.

El lector para el cuento “La historia de Rots”, e incluso para la novela completa, es para Ángel, de 10 años de edad, quien disfruta de las historias fantásticas, dibuja seres nacidos de su imaginación y se dedica a inventar artefactos con lo que tiene a su alcance, como Artemisa que se entretiene en la invención de cosas y seres fantásticos, cuyo resultado cambia la historia del lugar donde habita; que la diferencía además de las mujeres que sueñan y les dan formas convenientes y perfectas a sus príncipes azules.

El mito
Conforme fui adentrándome en los sucesos que acontecen en el pueblo donde arranca la historia, me hizo recordar el Uróboros, que es un símbolo ancestral que muestra un gusano, una serpiente o un dragón alado engullendo su propia cola y formando así un círculo. En alquimia esto se entiende como vida, muerte y resurrección. La emblemática imagen expresa la unidad de todas las cosas, las materiales y las espirituales, que nunca desaparecen sino cambian de forma perpetua en un ciclo eterno de destrucción y nueva creación. En Los ojos del árbol la repetición de los fenómenos transcurren cada cierto tiempo donde el porvenir se une con el pasado sin que nada ni nadie pueda detener el ciclo.

Los sueños
Nunca es tarde para vivir, nunca es tarde para soñar. Soñamos despiertos, soñamos dormidos, soñamos. Los sueños nos otorgan vivencias que en la realidad son imposibles y donde damos rienda suelta a nuestros deseos más recónditos. Muchas veces nos detenemos por impulso a analizar los sueños que nos despiertan a la mitad de la noche o que nos hacen tener miedo como si fueran presagios. Los sueños en la novela juegan un papel importante ya que no son sólo la guía para la toma de decisiones de algunos personajes sino también son el puente de comunicación donde los seres fantásticos se comunican con ellos. Incluso, algunos sueños llegan a convertirse en pesadillas y malos presagios. Prosperidad, vida, muerte y tragedia son los temas recurrentes en los sueños de las historias contenidas en el libro.

Los árboles
Mi bisabuelo Eliseo decía que no hay mejor amigo que un árbol, es el único a quien puedes tenerle confianza plena para contarle tus penas, abrazarlo para encontrar consuelo y que si buscas a Dios te acerques a un árbol para dialogar con él. La lectura nos invita a escuchar con los ojos a los árboles que poseen las emociones y sentimientos más hermosos del ser humano, son amorosos, compasivos y cómplices; con sus ramas sanan los dolores de quienes acuden a ellos. Los árboles siguen hablándonos a través de las hojas de los libros.

Los árboles están llenos de sonidos: es una melodía hermosa escuchar a los pájaros que los habitan cuando despiertan en ellos y al atardecer cuando buscan su cobijo para pasar la noche, si uno se acerca más se puede escuchar el sonido casi imperceptible de los otros pequeños seres que habitan en ellos, el viento los mueve y las ramas junto con sus hojas nos acompañan con su sonido; así también tienen los silencios del tiempo y del pensamiento, como las veces que con C.E. nos acercábamos a los árboles que encontrábamos a nuestro paso para abrazarlos en silencio, en absoluta complicidad amorosa.

Los sonidos
Todo empieza con un sonido. Los sonidos existen cuando las moléculas de aire se mueven unas con otras sin importar qué los genere. Estamos inmersos en ellos. El oído llega a lugares donde la vista no alcanza y carecemos de una especie de parpado auditivo que nos haga dejar de escuchar. Al escuchar un sonido el cerebro lo descodifica fonéticamente y lo analiza con una facilidad irracional. Cada sonido es único e irrepetible y la interpretación que le damos, depende de nuestro contexto y experiencia de vida, incluso un sonido puede llegar a ser el detonante de nuestras más intensas emociones.

Joel, protagonista de la novela, es un niño ciego que ha desarrollado el sentido del oído de tal forma que interpreta los sonidos de manera peculiar, diferente a como lo hacen sus padres Arcadio y Eloisa. El piano, más allá de las características que le son otorgadas en la historia, es descrito de tal manera que no sólo lo vemos en su forma sino que podemos imaginar el sonido suave de las melodías que sale de sus cuerdas a través del golpeteo de las teclas negras y blancas; así también se puede escuchar el sonido del metal de la máquina de escribir, cuya descripción me produjo una especie de nostalgia al recordar mi pesada máquina gris olivetti que cargaba trabajosamente a la secundaria.

Agradecimiento
Agradezco a Héctor que haya abordado el tema de los sonidos porque nos hace detenernos no sólo a imaginarlos sino que nos lleva de la mano a la remembranza y a la comprensión, cuya importancia radica no en qué o quien lo produce sino en el significado que le damos en nuestra vida. ¿Qué sabemos a través del oído?

Quiero terminar con una cita de António Lobo Antunes, “La literatura y los libros, como los cuadros y la pintura, o como la música y el cine, son la única manera que tenemos de vencer a la muerte. De vencer al tiempo. De volver a nosotros una dignidad que las mujeres y los hombres merecemos y que tantas veces no tenemos”.

Gracias Héctor por el libro y por la invitación.

Gracias a ustedes por escuchar.

Por Gabriela G. Barrios García

Los ojos del árbol / Foto: Gabriela Barrios

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