Eros y los arrechos

Foto: Ira Chernova
Foto: Ira Chernova

 

Por Leticia Bárcenas González

Arrecho, según consta en Nuestro modo. Un acercamiento al habla de Tuxtla Gutiérrez, de Enrique A. García Cuéllar, “Es una persona de fuerte erotismo, proclive a lograr los favores del objeto de su arrechura”, o sea, de su lujuria, cachondez, voluptuosidad o como quieras llamarle.

¿Y quién no es arrecho, por lo menos en alguna etapa de su vida? ¿Quién no ha vivido una pasión de amor?, pero de amor sensual, ese que tiene que ver con el cuerpo: el olor, las manos, la boca, la piel, el sudor, los ojos, el cabello, la voz, un lunar, un movimiento.

Y si como dicen los diccionarios, lo erótico es lo perteneciente o relativo al amor sensual, es lógico que en algún momento -o muchos- nos quedemos extasiados frente a un elemento que nos provoque, nos sorprenda, nos haga vibrar sutilmente, porque lo erótico no es evidente, nos sorprenda, nos haga vibrar sutilmente, porque lo erótico no es evidente, es un enigma que nos invita a descifrarlo, por eso nos provoca deseo.

Lo amoroso atraviesa lo erótico, pero no lo abarca… lo erótico va más allá, es pasional y transgresivo, porque en nuestra sociedad está prohibido disfrutar el cuerpo, propio o ajeno. La sexualidad es secreta. Y es precisamente esa tensión entre la prohibición y la transgresión la esencia del erotismo, que aunque sea un invento cultural nos hace más placentero el sexo.

En cuanto a lo pasional, ya lo ha señalado P. Aulagnier en Los destinos del placer, el objeto del deseo se convierte “para el yo de otro en la fuente exclusiva de todo placer, y ha sido desplazado por él en el registro de las necesidades (…) El placer se ha tornado una necesidad”. Entonces, lo que nos da placer pasa a primer plano y cuando esa necesidad es compartida por el otro, una simple caricia, el roce de una pluma sobre el papel, una melodía, la textura de un cuadro o la sintaxis con la que ha sido escrita una carta de amor pueden producir el mismo efecto: siempre los cuerpos estarán implicados.

Pero, ojo, no es el objeto del deseo en su totalidad lo que nos lleva al placer sino la disolución de los otros objetos, la sensación de “perderse del todo” en la fusión del yo con el otro, la “disolución relativa del ser” diría George Bataille.

Y en ese espacio, lleno de significantes lingüísticos y no lingüísticos, de procesos de resignificación, el cuerpo entero es el instrumento erótico por excelencia, es lo que despierta nuestras “bajas” pasiones (¿será por el lugar en el que más se avivan?). Es la iconografía de nuestra libido que busca la desnudez del otro pero también la propia, para así desentrañar en el encuentro de los cuerpos lo más “verdadero” del propio ser, la razón de ser de su deseo.

El erotismo es entonces el refugio desde donde la sexualidad se resiste a ser incluida en los discursos que intentan aprehenderla, normalizarla, negativizarla mediante la prohibición. Lo perverso, obsceno, depravado o indecente es otro asunto, ello va a depender de cada cultura, de la moral que se haya acordado en un determinado espacio y tiempo, de las normas que se hayan creado para la parte de la sexualidad que repercute en la sociedad… en lo íntimo las cosas son diferentes, es un asunto personal, allá cada quien con su arrechura.

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El cuerpo en el arte

El erotismo y la sexualidad siempre despiertan un interés muy especial en las personas, tal vez por ello mucho se ha escrito, dibujado, filmado y fotografiado sobre la sensualidad, el cuerpo y las pasiones. Pero no siempre ha sido así.

En el antiguo Egipto el cuerpo era un modelo de quietud, de estática eternidad, en cambio para los griegos, no sólo el cuerpo sino la belleza misma responden a una búsqueda de perfección que se encuentra en el orden y las medidas, de ahí la naturalidad de sus esculturas, la perfección de sus modelos.

Después con la llegada del cristianismo llega la oscuridad para el cuerpo, que se vuelve pecado; el desnudo no tiene cabida en esa visión. La imagen del cristo crucificado será la única referencia, lo más cercano al desnudo humano lo veremos en los querubines.

Cuando la sociedad se seculariza el panorama plástico se abrfe a nuevas manifestaciones del arte, se inicia una “nueva libertad” para el artista y el cuerpo sale de su letargo, renace como tema y no vuelve a dormir.

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