Gustavo Ruiz Pascacio, poeta y ensayista

“Es el país de las historias profanas contadas a contraluz en un rincón gótico. Es la bocanada de humo más próxima a la hoguera donde serenan sus almas los errantes y los infaustos. Es el alivio a la seducción de los claroscuros en un instante retinal…” No, no es México ni algún otro país latinoamericano, la poesía de Gustavo Ruiz Pascacio habla de un país interior de memorias y desvelos.

Revisando el archivo de Desmesuradas,  disfrutamos nuevamente la charla con el poeta Gustavo Ruiz Pascacio, autor de los libros “Escenarios y destinos” (Coneculta-Gobierno del Estado de Chiapas 2008) y “La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma” (UNICACH 2010), entre otros, por lo que invitamos a quienes no lo conocen, se acerquen a él y a su trabajo, y a quienes lo conocen, encuentren en esta entrevista realizada en 2003 a un ser de carne, hueso y gran sensibilidad.

El amor, la filosofía y la poesía: ‘son inútiles, pero indispensables’

Leticia Bárcenas González

Gustavo Ruiz Pascacio, con su obra/ Foto:Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio, con su obra/ Foto:Cortesía

Nacido hace 40 años en el Barrio de San Roque, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, Gustavo Ruiz Pascacio, Premio Nacional de Ensayo Luis Cardoza y Aragón 2003 para crítica de artes plásticas, fue galardonado en Monterrey, Nuevo León por su trabajo La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma. El jurado del premio, convocado por el Instituto Nacional de Bellas Ates, estuvo conformado por Paulina Lavista, María Minero y Xavier Moyssén.

Aún bajo los reflectores de este galardón, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, edita y presenta su poemario El amplio broquel de la melancolía, del que el poeta y ensayista dice: “Es un parteaguas en mi trabajo poético. Pasa por cuatro escenarios tangibles de la figura central del poeta que son la casa, la calle, la tumba y, finalmente, el escudo de la melancolía. El escudo de la vida desde el lado sufriente y desde el lado gozoso, ese es el escudo de la melancolía para mí.”

Esta charla, con Expreso Chiapas, se da en su casa, un lugar lleno de luz en el que aún hay huellas de sus fantasmas “los de la carne”, por supuesto, y que, a decir de Gustavo, le acompañan en sus momentos oscuros. Me invita un refrescante y delicioso vaso con agua de papaya, preparada por él, ya que también sabe cocinar y, asegura, lo que mejor le sale son los caldos… de cultivo.

Como buen ariano, dice ser celoso y posesivo aunque reconoce que es menos posesivo de lo que la astrología dice, ya que “lo he sido pero no ha traído buenas cuentas, así que estoy en otro proceso.” En cuanto a las otras características de su signo zodiacal (Inteligentes, ordenados y entregados al trabajo) aclara “Trato de ser ordenado y disciplinado hasta donde puedo. Hasta para mis manías soy disciplinado, las manías son manías y hay que disciplinarse”, afirma entre risas. Al preguntarle cuáles son esas manías, sonríe y hace un gesto como de contarlas, “La principal es el asombro por lo otro y por el otro, y es ese asombro lo que me lleva a explorar las multitudes o la intimidad, de mi mismo que encuentra al otro, y la intimidad del otro amado o del otro desamado, o desarmado”. Reímos.

Sin embargo, al hablar de su trabajo como creador, Gustavo Ruiz Pascacio, se vuelve serio; lo imagino en su salón de clases, en la Unach, como profesor:

–¿La poesía tiene una finalidad? ¿Cuál es?

–Alguien dijo una vez que en esta vida había tres cosas inútiles: el amor, la filosofía y la poesía; inútiles pero indispensables. La finalidad central de la poesía, para los lectores, es de alguna manera detonar todas las posibilidades emotivas que el ser humano tiene inherentemente, y que de una u otra manera, la vida cotidiana de este mundo posmoderno, sobre todo, nos ha dificultado encontrar. En ese sentido la poesía sí tiene una finalidad en términos estrictos de pensar en propósitos utilitarios, corro un riesgo al decir este término. Ahora, si tú me preguntaras para mí qué es la poesía, te diría que es revelación. Revela no sólo el interior humano sino lo que está más allá de nuestra realidad, que no alcanzamos a palpar pero que eso no implica, y no significa, que no esté ahí. Uno de esos elementos centrales que no palpamos es el interior de nuestra sensibilidad y la capacidad humana que tenemos de asombrarnos, de maravillarnos, de sufrir y de gozar.

–¿Y es cierto que en poesía lo más importante es la forma y no la anécdota?

–Es una conjunción, el poeta, por sobre todas las cosas, aun cuando estemos en un periodo donde las teorías de interpretación históricas están en un colapso y en donde, incluso, hay teóricos que niegan a la historia como disciplina, como ciencia, en donde hay una negación también del sentido de lo humano, considero que independientemente de todo ello, la poesía debe volver al canto, eso implica volver a una conjunción de lo que tú llamas anécdota, y yo llamaría contenido, y evidentemente, la forma. ¿Por qué? Porque en la poesía todo es diálogo. En la poesía se produce un detonante que es el ritmo y la sincronía. Todo el proceso cósmico, todo el proceso universal es eso, ritmo y sincronía, y si no lo encontramos en el poema, entonces, no encontramos el poema.

–Cuándo has terminado un poema y lo lees ¿te sorprendes?

–Me sorprendo desde el momento en que tengo la posibilidad de construir y de encontrar el poema, porque, pienso, el poema no sólo se escribe en términos llanos, el poema se encuentra, el poema se construye. El poema es un ente, un ser más, que está y no está porque finalmente está hecho de lenguaje. El lenguaje es lo que somos pero lo que somos es sólo lo que podemos reducir a conceptos y a formas.

–¿Cómo eliges el título de un poema?

–Por lo regular elijo títulos de poemarios. Generalmente no escribo poemas aislados, escribo más bien, o pretendo escribir, siempre un poema de largo aliento: lo que ocurre es que lo voy dividiendo en partes, o el poema se va manifestando y se va dando en partes. Entonces, lo que escribo son poemarios en términos de un largo aliento. Y el título se revela, llega y al llegar lo que uno decide es si accede a la posibilidad de desarrollar todo lo que ese título implica o si lo deshecha; en ese sentido, cuando el título me llega y me asalta, trato de llevarlo al plano de mi racionalidad y entonces empiezo a trabajar los posibles escenarios en los cuales pueda cantar ese título y ese poema. De ahí, defino si va a tener tres o cuatro partes, qué tanto de extensión puede tener, cuáles son los temas que va a tocar, con qué aliento lo va a hacer, desde que voz tonal lo va a desarrollar, en fin, tiene que llevar un proceso previo a la escritura. Ya el acto de la escritura es diferente. Pero el proceso previo a la escritura, pienso, debe pasar por ello, porque no sólo pasa por el tamiz de la inspiración en términos casi dionisiacos, sino que también, y sobre todo, tiene que pasar por el tamiz de la reflexión.

–Entonces, ¿los títulos surgen primero y después el poema?

–En mi caso, los títulos del poemario surgen primero y ya después se va atando y se va construyendo el poema en sus diferentes facetas.

–¿Te preocupa que los lectores de tu poesía la comprendan de una manera distinta a como tú la pensaste?

Gustavo Ruiz Pascacio visitando Puebla/ Foto: Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio visitando Puebla/ Foto: Cortesía

–No, Al contrario, me anima mucho que así sea, porque la poesía, como toda manifestación artística, tiene una multiplicidad de sentidos y aunque nosotros, los escritores, y los poetas en particular, quizá tenemos un público hipotético, cuando estamos escribiendo de alguna manera dialogamos con nuestros fantasmas, dialogamos con un desconocido que es nuestro lector, y aunque existe un lector hipotético, existe también un lector inesperado y ese lector inesperado puede estar en consonancia con nuestros estados anímicos que resolvieron la emotividad del poema, pero también pueden no estarlo y eso finalmente me lleva a la sorpresa.

–En algún lugar leí que un poeta decía que la poesía es la aventura de la libertad ¿Qué opinas?

–Sí, así es, en el sentido de que nos hace más capaces de poder integrarnos y a la vez de poder disgregarnos. La poesía tiene un doble andamiaje, un doble motor, por así decirlo: integra todo aquello que el ser humano encuentra emotivamente pero a su vez lo disgrega porque lo transmuta, lo convierte en algo más allá del poema, en ese sentido, pienso que esa capacidad de integrar y disgregar, es decir, de asociar y volver a disasociar, sólo lo puede dar el espíritu de la libertad.

–¿Escribir te angustia?

–Depende de lo que escriba. Hay temas, situaciones, anécdotas, circunstancias que angustian, pero hay circunstancias también que relajan, te vuelven de pronto más luminoso. Todo depende, hay momentos oscuros, hay otros lumínicos, en uno y otro puede estar presente la angustia, el dolor, pero también la festiva posibilidad de amar.

–¿Eres una persona pasional?

–¡Sí, por supuesto que lo soy! ¡Uno tiene que vivir con pasión! Con pasión tiene uno que angustiarse, con pasión tienes que animar los sentimientos más sublimes que puedas encontrarte en el camino, eso sólo lo da la pasión. Hay un verso que me fascina mucho, está en ese gran libro llamado Biblia, que se llama El Cantar de los cantares: “Tan fuerte como la muerte es el amor y la pasión, tenaz como el infierno”.

–¿Qué despierta tu pasión?

–En términos generales la literatura. Decidí tener un proyecto de vida que es la literatura, y estrictamente, digamos, en términos de género, obviamente el efecto más importante en este camino es la poesía, pero también escribo ensayo. Me apasiona mucho la investigación literaria.

¡Me apasiona la vida! La vida tiene que ser apasionante en todo momento y en todas sus circunstancias; me apasiona desde una caminata en la madrugada hasta un partido de futbol, soy un apasionado del futbol. El futbol no es una actividad para mentes pequeñas como alguien alguna vez lo definió. Creo que el futbol es la capacidad masiva, universal, que nos devuelve al origen tribal de lo que somos, en ese contexto es fundamental; cuando uno entra a un estadio de futbol, cuando uno ve a la masa, cuando uno, de pronto, intenta entrar al interior de  esa masa y descubrir sus motivos, sus encuentros, sus desencuentros, sus agonías, sus necesidades, sus efectos, es mágico, es extraordinariamente mágico. Y de pronto ver a esos veintidos tipos que están ahí horadando entre una y otra forma, esos aspectos tribales te hace encontrar que ese es el origen de lo que somos finalmente. ¡Eso es pasional! ¡Eso es simple y sencillamente apasionante!

Gustavo Ruiz Pascacio en su casa/ Foto: Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio en su casa/ Foto: Cortesía

Gustavo dice que en su tiempo libre practica futbol y el frontenis de cancha chica, le emociona hablar del tema, pero irremediablemente regresa a su pasión primera, la escritura. “Le voy a las Chivas del Guadalajara. No sé si por un efecto nacionalista o nacionalero. ¡No! Es más por una especie de tradición familiar. Te lo platico. En el Tuxtla de finales de los 70, la única posibilidad de comunicación con el exterior era el cine, la radio y las charlas que podías tener con los familiares mayores, tus tíos o tus abuelos. Recuerdo que mi padre se sentaba conmigo y escuchábamos los partidos de futbol que transmitía la XEW, entonces, para mí, esa posibilidad de encontrarme con la radio y con esa masa que no veía pero que estaba ahí, con el alarido que estaba de pronto ahí, de la emoción que era transmitida solo por una voz; para mí fue importantísimo para detonar ciertos aspectos de mi imaginación, ya lo demás lo detona el libro y lo detona la experiencia de lectura, pero esas circunstancias, esa anécdotas, esas posibilidades de encuentro con aquello que es lo maravilloso de lo que está ahí, pero que sabes que hay una invención, que además no está ahí. Eso para mí fue extraordinario.

–¿Qué leías de niño?

–Empecé leyendo cómics, como todos. Leía Kaliman, y me da mucho gusto que un amigo cercano, Arturo Guichard,que es doctor en filología clásica, catedrático en la Universidad de Salamanca, en España, tenga en su biblioteca la colección de Kaliman. Para mi es interesantísimo porque da una posibilidad de lectura del  comic más allá de lo que usualmente pensamos. Yo empecé leyendo Kaliman y Memín Pinguín. En una ocasión, cuando tenía ocho o nueve años, mi padre llegó con una gran caja de libros y nos llamó, a mi hermana y a  mí, y nos dijo que acababa de adquirir esa colección, que él no nos iba a dejar dinero, que la única posibilidad de herencia era la educación y que si alguien quería acercase a los libros, allí estaban. Entonces, a los nueve años estaba leyendo La Divina Comedia, Orlando Furioso (de Ariosto), Jerusalén libertada (de Tasso), obviamente, no entendía algo, pero que bueno que no entendí porque ahí es donde me di cuenta que la literatura no es lo que piensas, la literatura lo que te deja es la comprensión de la sensibilidad humana. Finalmente, a mi me dio esta posibilidad de comprender una sensibilidad humana y me dio un detonante para la imaginación, extraordinario. Con eso me di cuenta que uno sí puede dialogar con los libros, que uno sí puede dialogar con los autores, que uno sí puede debatir con los autores, que uno sí puede encontrar su propio libro en cada obra.

–¿Cuándo o a qué edad empezase a escribir poesía?

–Bueno, primero escribía canciones. En la prepa escribía canciones y leía, leía bastante. Quería estudiar literatura pero se me atravesó en el camino una sicóloga, en la prepa, y me dijo que para qué iba a estudiar literatura, me iba a morir de hambre, que yo lo que debería estudiar era derecho, entonces, le hice caso; me fui a estudiar derecho y fue verdaderamente atroz, terrible, deleznable, pero me tuve que aguantar porque no tenía otra posibilidad en ese momento, entonces, terminé la carrera, vine a la casa y le dije a mi papá: aquí está (el título), me voy a estudiar literatura. Bueno, me fui a trabajar un año y ya después de haber trabajado ese año, decidí estudiar literatura. Entonces, empecé a escribir, de manera más formal, por así decirlo, integrándome a talleres, aproximadamente en 1985. Desde esa fecha he estado ya de lleno en el trabajo literario y prácticamente desde 1987 a la fecha, vivo y como de la literatura. No me preguntes cómo vivo y cómo como, ¿verdad?, pero vivo y como de la literatura.

–Dice el poeta argentino Jorge Santiago Perednik que en poesía, la pasión es una de las reglas del juego, ¿cuáles serían las otras?

–Las otras son, pienso: una, el asombro, otra, la certeza de que lo que estamos cantando y escribiendo es algo que está ahí y que no está ahí, es lo inasible. Otra posibilidad más es la conjunción con lo que somos. La conjunción con lo que somos es una regla, la conjunción con lo que somos es el lenguaje, la conjunción con lo que somos nos lleva a, lo que te decía inicialmente, el ritmo y la sincronía. El ritmo y la sincronía creo que serían las últimas y las primeras reglas, a la vez, de la poesía. ¿Por qué las últimas y las primeras? Las primeras porque todo deviene de un ritmo y de una sincronía, en la vida y en el cosmos, y segundo, las últimas, porque dependiendo de esa capacidad de ritmo y de sincronía vas a tener le resultado final que es el poema. El resultado final que es el poema, es también parte de un proceso sincrónico que sigue más allá de ese poema, entonces, resumiría en esas: el asombro, la certeza de lo inasible, la conjunción del lenguaje y el ritmo y la sincronía de un todo.

–¿Cuál es tu opinión sobre la poesía que se realiza actualmente en México?

–Creo que a raíz de la desaparición física de Octavio Paz, hay un reacomodo en la poesía mexicana. Un reacomodo en cuanto a las variantes, a las posibilidades temáticas, a la forma de concebir la poesía, como género y como modo de vida. Desde ese punto de vista, hay una generación encabezada por gente como José Emilio Pacheco, como Eduardo Lizalde, que, de alguna u otra manera, son ya las voces consolidadas en la poesía mexicana, y de ahí tendríamos una generación inmediata, de entre una década posterior o de quince años posteriores en nacimiento a ello, que estaría encabezada, tal vez, por Antonio Del Toro, por Fabio Moranto, por David Huerta, fundamentalmente, esto a nivel nacional.

–¿Y en Chiapas?

–En Chiapas hay un problema central que es creernos esa conseja popular que dice que quien levante una piedra encuentra un poeta. En Chiapas no somos los vástagos de la piedra, no. Los vástagos de la piedra es una invención jocosa y “faciloide”, no. En Chiapas la poesía requiere una revisión fundamental y, pienso, ya hay algunos poetas que sí están ejerciendo esa revisión fundamental a la poesía como acto de lenguaje; esos poetas los podemos contar con los dedos de una mano.

El poeta disfrutando el paisaje/ Foto:Cortesía
El poeta disfrutando el paisaje/ Foto:Cortesía

–¿Quiénes son?

–A nivel nacional, evidentemente, Efraín Bartolomé, que es un parteaguas porque es el retorno al sentido ministerial de la poesía, y eso, en Chiapas al menos, no se había ejercido antes de él. Y ya desde nuestro estado hacia el exterior, pensaría en las voces de Roberto Rico, de Luis Arturo Guichard, de Carlos Gutiérrez, y de un poeta nacido aquí, en Chiapas, poco conocido en el estado porque su trabajo lo ha realizado más al exterior pero que es un joven muy talentoso, Ignacio Ruiz Pérez, y completaría este grupo con el trabajo de Marco Fons. Creo que son los poetas que han decidido creer en una poética, es decir, creer en la posibilidad de una consonancia del lenguaje a través de la palabra, con sus diferentes posibilidades, con sus variantes, cada uno dentro de sus escenarios, cada uno dentro de sus temáticas, pero fundamentalmente estaríamos hablando de ellos.

–¿Se ha superado la sombra del poeta Jaime Sabines?

–Creo que estas voces que he mencionado apuestan a ello, desafortunadamente sigue existiendo un modo sabiniano de escribir. El problema no es parecerse a Sabines, ese no es un problema, porque la poesía de Sabines tiene momentos puntuales muy importantes y fundamentales de la poesía hispanoamericana. El problema es asumir a Sabines como el eje rector de las voces de la poesía en Chiapas, ese sí es un problema. Y no nos hemos querido dar cuenta, quienes estamos inmiscuidos dentro del ejercicio de la poesía, que una cosa es que la poesía de Sabines sea adoptada por la colectividad y por los lectores múltiples que tiene, y otra es que la poesía de Sabines decida y genere los elementos rectores del lenguaje poético en Chiapas, hacia eso sí se debe ejercer, desde mi punto de vista, una actitud critica.

–¿Crees que la poesía actual perdurará en el tiempo?

–No lo sé, tendría que regresar dentro de cien años y tal vez, por efecto de alguna doctrina esotérica lo podría realizar pero en términos de la tangebilidad no lo creo.

Al fotógrafo y a mí nos sorprende su respuesta, Gustavo se da cuenta y ríe, nos ofrece más agua y retoma la respuesta: “No lo sé. Si la poesía actual tiene una vocación de lenguaje que va más allá de la temporalidad, del tiempo histórico que nos toca vivir, creo que sí, porque como decía Borges: si dentro de 300 años en alguna biblioteca de viejo, alguien encuentra un libro mío, lo abre, se emociona y empieza a dialogar conmigo, entonces quiere decir que soy inmortal. Ese es el sentido de inmortalidad precisamente, eso, no hay nada más, y eso es lo que hace tangible y válido que podamos seguir leyendo hoy en día a Dante, que podamos seguir leyendo El Cantar de los cantares, eso es lo que lo hace válido, es su intemporalidad.

–¿En poesía es posible la reproducción de un texto en otro idioma, es decir, existe la traducción o es una mera reescritura? ¿Es válido leer traducciones?

–Es un problema acercarse a las traducciones de literatura porque lo más recomendable es que esa traducción sea una versión a una segunda lengua. Si nos acercamos con los ojos de ser unos lectores que estamos leyendo una versión a una segunda lengua de una obra escrita no en nuestra lengua materna, así sí es recomendable, pero si nos acercamos pensando que es una traducción literal entonces estamos equivocados, porque cada lengua tiene su forma de ver el mundo, cada lengua tiene su forma de expresar, incluso, figurativamente el mundo.

La imaginación es universal y eso ya es una garantía pero las posibilidades semánticas y sintácticas de cada lengua son completamente diferentes entre unas y otras, aún en lenguas que tengan un mismo tronco lingüístico como las lenguas romance, la traducción que se pueda hacer del italiano de la Divina comedia al español, no debe ser una traducción literal, que no nos lleva nada, no implica nada, no implica un proceso de aprehensión de la intencionalidad de esa lengua; no hablo de la intencionalidad del autor, sino de la intencionalidad comunicativa de la lengua que es una cuestión diferente.

Leer traducciones sí es importante, porque debemos estar en contacto con todas las manifestaciones artísticas, y en el caso de literatura, con mucha mayor razón, pero con el tiempo los lectores se van volviendo más agudos y más críticos, esto va siendo parte de la astucia y maña, así como creo que hay una astucia y maña periodística, y hay astucia y maña fotográfica, creo que hay una astucia y maña de lectura, entonces ya logras identificar a estas editoras “patito”, que tienen malas traducciones, de las que tienen traducciones confiables por la tradición que tienen como empresa, por el prestigio que tienen sus traductores, en fin, todo esto es importante.

Ruiz Pascacio, también hace referencia a las editoriales que se preocupan porque el autor, si está vivo y si conoce la lengua a la que

Gustavo Ruiz Pascacio, leyendo su obra/ Foto:Cortesía
Gustavo Ruiz Pascacio, leyendo su obra/ Foto:Cortesía

va a ser traducido, coteje, se comunique con los traductores, les dé su punto de vista. O que cuando están traduciendo textos, incluso antiguos, buscan especialistas filológicamente en ellos, ya que “No es el mismo inglés en el que escribió (William) Shakespeare que el inglés con que escribe (Arthur) Conan Doyle, por ejemplo, es decir hay serie de variantes socioculturales, históricas, lingüísticas, en fin. Y eso mismo lo vemos en nuestra lengua, es decir, concretamente, en la tradición chiapaneca, no es el mismo lenguaje que encontramos en Efraín Bartolomé que el que vamos a encontrar en Jaime Sabines. Los dos pueden abordar el contexto amoroso, los dos pueden abordar el problema de la cotidianidad, pero desde dónde va a ser abordado, con qué elementos lingüísticos, bajo qué recursos figurativos, con qué bagaje imaginativo. Sus espacios geográficos, sus espacios poéticos y sus espacios lingüísticos son diferentes, si esto ocurre en una literatura que podemos regionalizar en la literatura chiapaneca, escrita en lengua castellana, ahora imagínate si esto lo extendemos a todo el mundo.”

Gustavo habla emocionado, irradia vitalidad, asegura que en su vida hay amor “Siempre debe haberlo.” Y que en ese sentido,

también trata de llevar a la práctica lo del ritmo y la sincronía, “trato de serlo y de hacerlo.” Reímos, la charla ha llegado a su fin, antes de despedirnos toma su guitarra y nos canta una hermosa canción.

Gustavo Ruiz Pascacio nos recuerda que “La palabra no es retorno a la vida sino retorno a los que somos.”

 

*Entrevista publicada en dos partes en el diario Expreso Chiapas, 14 y 15 de noviembre 2003.

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