Dr. Jesús Gilberto Gómez Maza, ganador del Premio Chiapas 2008

Parte 1 de 2

Entrevista por: Leticia Bárcenas y Gabriela G. Barrios

“No me gustan los niños enfermos, precisamente por eso soy médico” -Dr. Gilberto Gómez Maza

La infancia debe ser felicidad, crecimiento y desarrollo.

Jesús Gilberto Gómez Maza, es un chiapaneco al que le apasiona la política, la cual ejerció con verticalidad y visión social, pero quizá su mayor legado sea el que proviene de su profesión como médico pediatra, quehacer que le fue reconocido con el Premio Chiapas 2008 por su labor científica en el estado.

 

Nos recibe en su casa cobijado por sus libros, las fotos sepia que le recuerdan sus orígenes, las imágenes a color de su esposa, hijos y nietos que lo impulsan a seguir luchando por la vida, la computadora que se ha vuelto su aliada para decir, como siempre, lo que piensa, así como el aroma a café recién hecho. Con la amabilidad que lo caracteriza, nos invita a sentarnos e iniciamos la charla.

 

El doctor Gómez Maza, con 38 años de experiencia y quien asegura que volvería a ser pediatra si tuviera que volver a elegir, nos cuenta en esta primera parte de la entrevista de sus inicios en la medicina, de por qué elige la pediatría y sus vivencias médicas, de su tenacidad para que en Chiapas se implementara un programa en el que nadie creía y que ha salvado la vida de muchos niños, así como de las enfermedades más recurrentes en la entidad.

– ¿Qué le sugiere la infancia?

Felicidad, crecimiento y desarrollo.

 

– ¿Qué lo llevó a elegir la medicina y, en particular, la pediatría?

La medicina, la necesidad de ver todos los días un amanecer, el amor por la vida, las flores, las plantas y por supuesto por el ser humano. Y la pediatría al ver que en el penúltimo año de la carrera se morían muchos niños por carencia de pediatras.

 

Terminé mi sexto año de Medicina en el Hospital Civil de Oaxaca, había un solo pediatra calificado que era cirujano, un pediatra que llegaba a apoyar y dos “hechizos”; la responsabilidad como estudiantes del sexto año de la carrera recaía sobre nosotros y se nos morían como pollitos.

 

La lucha ha sido permanente en mi vida, nos fuimos a la huelga de hambre los internos, que éramos diez para un hospital que tenía 110 camas, pidiendo aumento de salario y un hospital pediátrico; la primera demanda se logró al momento, tres años después se cumplió con el cometido de un hospital pediátrico. Posteriormente, en la ciudad de México estuve en hospitales infantiles y ya la orientación fue mucho más directa.

 

– ¿Alguna anécdota que recuerde de sus primeras consultas?

Cuando llegué como interno a Oaxaca no pude dormir la primera noche; “aquí llegan en la madrugada muchos macheteados”, me dijeron. Mi primera consulta fue una apendicitis, difícil por la experiencia nula, porque ni siquiera eres pasante de servicio social, eres estudiante de sexto año.

 

Otra experiencia maravillosa fue atender un parto al estilo indígena; la señora no podía dar a luz en la mesa acostumbrada, tuvo que hincarse viendo hacia el lavabo donde se higienizaban los instrumentos y dio la espalda, ¡recibir al bebé por atrás, sin una gota de agua! Fue un parto maravilloso, de lo más limpio, fisiológico cien por ciento. Dije: así deberían ser las salas de parto.

 

Ya en el periodo de residencia hubo muchísimas anécdotas, como atender un parto en un camión de segunda viniendo de la ciudad de México (risas).

 

– ¿Cuál es la clave para ser un buen pediatra?

Amar a los niños. Soy muy intolerante con los papás que no ayudan pero con los niños no porque son los que están sufriendo.

 

– ¿Han llegado a su consultorio padres que creen saber más que usted?

Todos saben más que yo o creen saber más; muchas veces saben más que uno porque tienen al niño diario, lo que pasa es que el conocimiento no lo tienen sistematizado, en cuanto lo tienen pueden ser una gran ayuda; más si uno acostumbra hacer puericultura, a que los papás aprendan, pero hay quienes no hacen lo que les digo a pesar de que lo estén apuntando. La mejor enfermera es la mamá, pero tiene que ser primero buena mamá para que sea buena enfermera o buena pediatra. (Risas).

 

– ¿Cuáles son las recompensas del trabajo con los niños?

La sonrisa de ellos.

 

– ¿Quiénes son más fáciles de convencer, los niños o sus madres?

Los niños. (Risas).

 

– ¿Alguna vez, una mamá o un papá lo sacaron de sus casillas?

¡Muchas! Anécdotas hay pero son cosas que mejor no tocar. Es muy frecuente que uno les dice una cosa y la entienden al revés o tardan mucho en que le expliquen a uno cómo están las cosas con el paciente.

 

– ¿Y muchos papás mienten?

Sí. Mienten porque no saben lo que está ocurriendo o quieren ocultar su descuido en el manejo de sus hijos o son mitómanos; a veces se da un enfrentamiento entre el papá y la mamá, él dice una cosa y ella dice otra, entonces les digo: pónganse de acuerdo porque necesito saber qué sucede. Por eso le creo más al niño, muchas veces.

 

– La medicina y la familia, ¿se complementan o compiten?

En mi caso, las dos cosas. Siempre traté de separar mis tiempos, dedicarle el cien por ciento al consultorio, cien por ciento a la política o al partido o al sindicato cuando estaba en actividades de los mismos, el cien por ciento a la casa cuando estoy en la casa.

 

Tan molesto es que por haraganería o por necesidad los mismos compañeros lleguen a la junta sindical con un paciente, como que llegue un sindicalista o un miembro del partido al consultorio a querer ver asuntos del partido o de consulta, o que a la casa hablen por cualquiera de las tres cosas; es molesto porque te sacan de la concentración en la que estás.

 

Sin embargo, cuando mi esposa y yo estábamos por salir con mis hijos, y llegaba justamente una persona con su niño enfermo, aunque era molesto, no me podía negar porque soy médico las 24 horas del día.

 

– ¿Qué opina de la medicina homeopática o alternativa?

Son cosas distintas. La medicina homeopática es una vieja ciencia, efectiva en su momento. Tiene cosas que no comparto; se presta mucho a la charlatanería.

 

Conozco homeópatas en Chiapas que son profesores, ministros de religión o médicos que no encontraron más que su tabla de salvación recetando homeopatía, pero sólo hicieron un cursito, eso no es ser homeópata.

 

Con la medicina alternativa pasa lo mismo. Cuando se abrió China al mundo occidental, fue un médico de la UNAM a China a ver acupuntura, estuvo un mes y escribió un libro; otro doctor, de lo más irónico, de lo más preciso en sus comentarios, después de que lo presenta delante de todos, le dice: doctor, lo felicito, usted fue a China un mes a ver acupuntura y nos regala un libro, si hubiera tenido el privilegio de estar tres años le aseguro que hubiera usted escrito un artículo. Ese es el problema, también se presta a la charlatanería.

 

A raíz de mi situación física, mis hijos me insistieron que viera algo de medicina oriental, tuve una experiencia con un grupo de ozonoterapia en la ciudad de México y había médicos ahí acupunturistas chinos, vietnamitas, haciendo una maestría; estudian 10 años para ser acupunturistas no un cursito de tres meses para aprender a poner balines o agujitas, esa es charlatanería, es mentira.

 

Hay otro caso, con una maquinita que inventa. La computadora apenas empieza a procesar algunas cosas, los datos de laboratorio deben de confirmar lo que se sospecha clínicamente, cómo entonces una mugre máquina va a darte un diagnóstico de páncreas, esófago, hígado; son charlatanes.

 

También en la medicina alopática habemos charlatanes y muy pesados, que le damos vitaminas a todos, también lo sabemos, se presta para todo, pero aquello más porque es medicina que va por el lado mágico, místico, la respuesta tiene más que ver con nuestra sicología.

 

La medicina que llamo alternativa es otra, por ejemplo, el agua de sal en el oído cuando duele, es una alternativa para la mamá y no es un medicamento, pero le quita el dolor, como cuando desinflama los pies o cuando ayuda con un absceso que está a punto de drenar; es medicina alternativa el lavado de ojos con agua de manzanilla, es herbolaria real y existe y se vale y tiene su base científica, no es magia, lo mágico es que el niño diga ¡ay, ya se me quitó el dolor! ¡Oh, es mágico el doctor, se me deshinchó el dedo con la uña encarnada después de ponerla en agua de sal caliente!

 

Esa es la verdadera medicina alternativa, lo otro, los imanes, es charlatanería pura; pero existe la electrostática, sí, la telepatía entre padres e hijos, entre parejas, entre amigos muy cercanos, “estaba pensando en ti”, eso es telepatía pero no se puede controlar, hay quien lo intenta y no es cierto.

 

– ¿Cuáles son los avances de la medicina más importantes que ha vivido para mejorar la salud infantil?

El descubrimiento del suero oral. Fue el descubrimiento del siglo según la revista The Lancet, antes de 1986, por supuesto. Con las epidemias de cólera en Bangladesh empezaron a probar y llegaron a la conclusión de que el suero que viene en sobrecito, vida suero oral, fue el descubrimiento del siglo pues vino a cambiarle la vida a los niños, a evitar la venoclisis; el dolor que provoca esa agujita, aparentemente insignificante, es espantoso para los niños.

 

– Se ha dicho que ser médico es ante todo una actitud frente a la vida ¿qué opina?

Así es, somos médicos de niños vivos y queremos seguir manteniéndolos vivos. No me gustan los niños enfermos, precisamente por eso soy médico.

 

– ¿Qué consejo da a los jóvenes pediatras?

Que amen a sus niños, que lleven su historia clínica completa y que se acuerden que un buen interrogatorio y una buena exploración hacen un buen diagnóstico, que un mal interrogatorio y una mala exploración hacen un mal diagnóstico y un pésimo tratamiento.

 

– ¿Qué aconsejaría para no enfermarse?

Primero, comer bien; estar tranquilos, tratar de dar en lugar de esperar recibir siempre. Es más satisfactorio dar que recibir, te da más placer y ese placer te da más salud mental y más salud física como consecuencia.

 

– ¿Cuáles son las enfermedades más recurrentes en los niños chiapanecos, según su experiencia?

La diarrea, los problemas respiratorios y la desnutrición como desencadenante de muchas de ellas; niños desnutridos son presa fácil de todo y el diarreico se puede volver desnutrido porque muchas veces lo mantienen en ayuno.

 

– ¿Cuál es el principio más alto que le ha tratado de inculcar a sus alumnos en la Escuela de Medicina?

Que sepan servir, que el que no sirve no sirve y que el que sirve sirve.

 

– ¿En qué condiciones trae el Programa Nacional de Control de Enfermedades Diarreicas e Hidratación Oral a Chiapas?

A mediados de la década de los ochenta, el estado tenía el primer lugar en muertes por diarrea. Me invitaron a un curso en 1986, fui con una enfermera del Hospital Materno-infantil, mujer capaz, generosa. Tomamos el curso y regresamos dispuestos a todo. Entonces a ella la cambiaron de servicio, perdiéndose el recurso humano; peleé durante varios meses para que me dieran espacio, recursos para comprar unas jarras y unos vasos, pedí prestadas las cunitas que nunca se usaron en Urgencias, unas sillas, una báscula pesabebés, una báscula de pie, cucharas, tazas y personal, pero sólo facilitaron en la mañana una interna y una enfermera.

 

Funcionó (el Programa) prácticamente sólo en la mañana y con trabas; me decían ¿para qué quieres estar? O me respondían no, no, espérate, espérate y espérate. Tuve que comprar las jarras con mi propio dinero, los vasos, etcétera. Los sueros, que venían por miles, nos los dosificaban absurdamente, por eso creo que cayeron tres secretarios de Salud (del estado), porque al secretario de Salud federal, Dr. Jesús Kumate (Rodríguez), impulsor del Programa de Hidratación Oral de siempre –a quien estimo mucho por su calidad científica y humana—, le decían ya no me mande más suero que aquí tengo. ¿Qué quiere decir?, que no lo están repartiendo, entonces van pa’juárez (risas). Luego me echaban la culpa a mí.

 

A mí me preguntaban ¿cómo vas?, pues mal, ¿tienes apoyo?, ninguno; tenía que decir –yo que no tengo pelos en la lengua— la verdad de lo que sucedía, sin embargo, logramos mantener el programa.

 

Había que capacitar personal y la primera persona fue una médico general muy capaz y generosa, la doctora Carmen Garzón. Dábamos capacitación por distritos, quisimos organizar los servicios, se logró poco, se burlaban de nosotros en el hospital: “está dando su pozolito Gómez Maza, su agüita”; pero surgió una epidemia de cólera y no les quedó de otra más que entrarle al suero oral.

 

El suero oral tiene su fundamento en el manejo del cólera, que es una enfermedad con vómito y diarrea terribles, donde el paciente emite hasta 100 evacuaciones por día; se deshidrata en una hora, en dos horas se está muriendo y en cuatro horas se muere; por más que le pongan suero en las venas no se recupera el volumen que está perdiendo, pero por la vía oral sí, entonces haces que tome un vaso de suero con cada evacuación, en la que pierden aproximadamente 250 mililitros, se le da un antibiótico y en 48 horas el paciente anda afuera.

 

Se logró que entrara en la “cabecita” de los médicos el uso del suero y ahora creo que lo usan más las mamás que los médicos en general; muchos pediatras han vuelto a las andadas de recetar caolin pectina, antibióticos sin ton ni son, y respecto al suero no son precisos en cómo debe darse, parece mentira pero muchos están regresando al uso de la venoclisis porque en tiempo de crisis la hospitalización justifica más el cobro que el agüita. Yo habré internado en estos 20 años no más de 10 pacientes con venoclisis por deshidratación y muchos manejados en el pasillo, en la sala de espera, porque es tan noble el método pero a veces los que no ayudan son los papás.

 

Las condiciones en que se trae el Programa fueron muy pesadas, no fue ni es nada fácil; da tristeza ver que salen de las unidades médicas con las indicaciones para un niño con diarrea: bonadoxina para el vómito, que está prohibida y la siguen usando, caolín pectina que ya no se debe usar, antibiótico y por no dejar, su suero, como lo quiera.

 

– ¿Qué representó para usted esa labor?

El romper con todo lo viejo, sospechábamos que se podía, pero no sabíamos cómo. Hacíamos un suero oral muy casero, que muchas mamás lo conocieron: tehuacán con sidral y agua azucarada con sal y limón, que funcionaban con amor.

 

– ¿Alguna vez imaginó que su trabajo fuera reconocido con el Premio Chiapas?

No, pero además me lo dan en la categoría de ciencias porque no pueden darme el reconocimiento como luchador social, sería como ponerse la soga al cuello.

 

– Algunos de los que conocen su postura ideológica se han sorprendido de que usted aceptara dicho Premio, ¿qué opina al respecto?

Se sorprenden los que no me conocen. La retribución económica es poca. De hecho, no pensaba aceptar pero mis hijos me dijeron: no es sólo un reconocimiento a tu trabajo como científico, como médico, sino un foro para decir lo que no te dejan decir. Y había que aprovecharlo. Es la última tribuna, el último momento, hasta ahorita, que he tenido a nivel estatal.

 

Continúa…

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