Corazones Gitanos (quinta parte)

Parte 5 de 6

Enlace a la cuarta parte

Texto: Leticia Bárcenas y Gabriela G. Barrios

Y yo soy el Pipiripau,

y aunque no tengo

mucho pegue

yo no sé porqué será

que a mí me siguen las mujeres.

“El Pipiripau”/ Los Plebeyos

 

Historia de amor no.5

Tomás. 51 años. Casado desde hace más de 25 años. Padre de 4 señoritas.

Elefante
Elefante ilustración de Luis Villatoro

El amor es una sed incontenible de abrevar en las aguas de la paz, de la tranquilidad, del bienestar para que el hombre alcance su objeto: la felicidad. Es algo muy vasto, que se encuentra en muchas cosas. Pero el amor intenso, tal cual, no tiene una permanencia y menos en los estilos de vida de los mexicanos.

 

Se inicia la relación de casados con un patrón de conducta en el que “se incluye” a la pareja, aunque muchas veces conservas algunos de tus comportamientos como soltero y te lo permite tu esposa, entonces, a veces, no asumes toda tu responsabilidad en esa relación de dos. Después, con la llegada de los hijos el rol cambia y el amor hacia la pareja se divide, se fracciona o de alguna manera se enfoca hacia otros aspectos; cambia entonces la forma de relación y en el devenir se va convirtiendo en algo cotidiano, rutinario, incluso como que ya hasta sientes una obligación, ya no te parece como algo gozoso, algo que se busca, que se desea y a veces eso genera una cierta frialdad o una relación de compromiso, ya no se alimenta. En cada aniversario o los cumpleaños das tarjetas, un regalo, flores; está el detalle pero, si comparas, las tarjetas vienen diciendo lo mismo año con año, es decir, se convierte en rutina.

 

En la aspiración de seguir siendo feliz tú buscas una aventura. Más con la mentalidad que desde niño te meten, sobre todo la mamá, de que tú no eres sólo para una mujer sino que eres para muchas, e incluso socialmente es válido y en algún tiempo fue hasta signo de reconocimiento que lucieras muchas mujeres, era signo de hombría, te volvías un personaje destacado en lo social; aunque en ciertos núcleos era reprobable, pero sucedía.

 

Entonces, es esa mentalidad la que te lleva a esa búsqueda, a lo mejor hasta te impulsa, o puede ser que también se dé la ocasión para que tengas flirteos en tu trabajo, en tus relaciones sociales, hasta en tu relación de familia. Muchas veces las mismas mujeres cercanas a ti, a lo mejor se sienten atraídas, a lo mejor les gusta la manera como tratas a tu esposa, no sé, eso te abre oportunidades que tú ni siquiera las esperas. Pero esa mentalidad de que tú, hombre, eres para muchas mujeres, con ellas no sucede así. Entonces, uno se permite esa libertad, procurando no lastimar a la pareja, es decir haciéndolo con discreción.

 

A las esposas siempre les toca la parte difícil, la parte de las responsabilidades de la casa; a las amantes la parte “padre”, la de vivir los momentos de felicidad, de dicha, de relación de pareja sin ninguna obligación y más cuando ambos amantes no son libres, pues es cuando más se cuidan los encuentros. Esos encuentros encerrados en cuatro paredes en donde te entregas a la pasión, porque es sólo ese espacio, no hay otro, y en él haces tu mundo. Pero para que no se rompa la armonía en toda la relación global de ambas partes, se tiene que respetar esa privacidad, mientras no se exceda ese límite la relación puede durar mucho tiempo. Incluso eso permite muchas veces que la relación de costumbre que se tiene con la esposa mantenga un buen equilibrio, ya que cuando la esposa se convierte en la madre de tus hijos, la relación cambia porque le tomas cierto respeto que no te permite muchas cosas en lo sexual, en cambio con la amante realizas muchas de tus fantasías.

 

Si en esas cuatro paredes mantienes la pasión y todos los aspectos bellos de la relación, no hay ningún problema, pero, en el momento en que ya te piden responsabilidades, por ejemplo el gasto, la ropa, el regalo caro, el viaje o cosas que también tienes como obligación en la relación con tu esposa, eso se convierte en otra cosa y empieza a complicarse como si fuera un matrimonio; es decir, deja de ser la amante para convertirse en una segunda mujer, que lógicamente trae consigo todos los problemas que rompen la magia de esa relación de amantes.

 

No puede hablarse del estándar de una amante ideal, cada quien tiene su ideal. A mí en principio me agrada que tengan gustos afines a los míos, obvio que si le gusta ir al cine o ir a conciertos no lo podemos hacer juntos, pero si podemos hablar de los mismos temas. Me interesa que tengan cierto nivel de cultura que por lo menos me permita disertar con ellas o que me oigan y sepan de qué hablo. Segundo, que exista un entendimiento en lo sexual; que ella, como yo, se sienta satisfecha, completa, plena, para que realmente sea una relación de gozo. Obvio es que tiene que haber la posibilidad económica de ese espacio de cuatro paredes, que a veces es muy caro, y que si es muy frecuente, es todo un gasto.

 

El tener un departamento es incursionar en la vida de la segunda pareja y eso rompe con todo, porque ya es una obligación. Siento que para que la pareja tenga una relación de amantes exclusivamente debe frecuentar hoteles, porque entonces no hay una obligatoriedad, se va cuando se puede, se tiene y se quiere.

 

De alguna manera tienes que tener una rutina diaria, en la que tienes que darte el espacio para la otra persona, que ese tiempo sea una entrega total, absoluta, exclusiva. Para eso tienes que mentir en tu casa, aduciendo que son horas de trabajo u horas que pasas fuera de manera regular, realizando actividades que, con otro nombre, obvio, marcas en tu agenda, para que al momento no tengas que estar inventando pretextos que es lo que termina poniéndote nervioso.

 

En general creo que muchas mujeres sí se dan cuenta cuando su esposo tiene una aventura, lo difícil es cuando éste ya tiene una amante fija, porque ella puede sentirse con derecho de reclamar un patrimonio u otros derechos. Ahora, los flirteos ocasionales, que se presentan muy cotidianamente, incluso en la misma familia o con las amistades o las comadres, generan muchas veces sospechas en la esposa, y aunque no tenga la seguridad, reclama y surgen los problemas. En más de 25 años de matrimonio varias veces he estado a punto del divorcio por esa razón, sin embargo, siempre alguno de los dos tiene más cordura y llegamos a un arreglo en el que, claro, nunca acepto que esté lesionando “el honor” de la familia, es decir, el engaño. Incluso, en este momento mi matrimonio se encuentra en un periodo de mayor estabilidad, más tranquilo, más reposado.

 

Mi esposa me ha preguntado: ¿si yo te hiciera lo mismo qué harías? De labios para fuera le digo: me largo y te dejo para siempre o te mato. Pero, ya reflexionándolo detenidamente, pienso, si yo lo hago por qué ella no puede hacerlo; si he estado con mujeres que son casadas, ella podría hacer lo mismo. Y creo que si tiene una oportunidad y lo hace con discreción, sin escándalo, sería válido, porque yo lo hago así. No tendría ningún argumento o base moral para cuestionarla. Aunque, por supuesto, no se lo digo.

 

Ha habido muchos casos en que la pareja se separa porque él se va con la otra; en mi caso no, porque no ha habido la permanencia con ninguna mujer y porque prefiero los flirteos que se dan de manera casual, que no me generan ningún conflicto más que al interior; además, mi imagen social, de respeto, sigue intacta; estoy tranquilo, vivo bien, a gusto. Me siento satisfecho.

 

Mi primer contacto con una mujer fue con una prostituta, porque así se acostumbraba en mi época de joven, y eso me marcó de por vida, de tal manera que no mantengo ninguna relación pagada; además, para estar con alguien necesito sentir, no amor, pero si una atracción. A veces, cuando te acorralan –que se dan casos— para no dejar en duda tu hombría, lo haces, pero al terminar el acto lo que quieres es retirarte, dejar de lado a esa mujer; en cambio, cuando te gusta, disfrutas después de hacer el amor de un momento de relax, de paz, de abrazos que te comunican sin palabras, lo que hace la relación menos carnal. Y eso hace que esa relación de amantes funcione.

 

No creo que haya edades ideales para las amantes. Para mí lo mejor es que tengan experiencia. De nada me sirve tener contacto con una chica súperbella si en la cama es un tronco, obvio es que no me satisface. En cambio, con una mujer que tiene experiencia, que sabe cómo complacerme, no importa la edad, puede tener 15, 30 ó 50 años. Siempre y cuando me guste algo de ella.

Continúa…

* El presente artículo lo publicamos también en la edición impresa de El Heraldo de Chiapas en dos partes, 1 y 2 de marzo del 2005.

 

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